Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (98)

Capítulo sexagésimo cuarto: La ordenación del abad (segunda parte)

El que ha sido ordenado abad, considere siempre la carga que tomó sobre sí, y a quién ha de rendir cuenta de su administración. Y sepa que debe más servir que mandar.

Debe ser docto en la ley divina, para que sepa y tenga de dónde sacar cosas nuevas y viejas; sea casto, sobrio, misericordioso, y siempre prefiera la misericordia a la justicia, para que él alcance lo mismo. Odie los vicios, pero ame a los hermanos. Aun al corregir, obre con prudencia y no se exceda, no sea que por raspar demasiado la herrumbre se quiebre el recipiente; tenga siempre presente su debilidad, y recuerde que no hay que quebrar la caña hendida. No decimos con esto que deje crecer los vicios, sino que debe cortarlos con prudencia y caridad, según vea que conviene a cada uno, como ya dijimos. Y trate de ser más amado que temido.

No sea turbulento ni ansioso, no sea exagerado ni obstinado, no sea celoso ni demasiado suspicaz, porque nunca tendrá descanso. Sea próvido y considerado en todas sus disposiciones, y ya se trate de cosas de Dios o de cosas del siglo, discierna y modere el trabajo que encomienda, recordando la discreción del santo Jacob que decía: “Si fatigo mis rebaños haciéndolos andar demasiado, morirán todos en un día”. Tomando, pues, este y otros testimonios de discreción, que es madre de virtudes, modere todo de modo que los fuertes deseen más y los débiles no rehúyan.

Sobre todo, guarde íntegramente la presente Regla, para que, habiendo administrado bien, oiga del Señor lo que oyó aquel siervo bueno que distribuyó a su tiempo el trigo entre sus consiervos: “En verdad les digo -dice- que lo establecerá sobre todos sus bienes” (Capítulo 64, versículos 7-22).

Al final de la ordenación abacial, según la Regla del Maestro, el antiguo abad debe entregar al nuevo la regla del monasterio, presentada como la “ley de Dios”, con una breve monición en la cual lo invita a hacerse cargo del cuidado de las almas, de las cuales deberá dar cuenta en el último día (RM 95,15-23). Benito nada dice sobre esta ceremonia de ordenación, pero le dirige, al nuevo superior una monición mucho más larga que la del Maestro. Con lo cual redacta un segundo directorio abacial, muy diferente del primero, que procedía en gran medida de la otra Regla.

Este nuevo retrato del abad está jalonado con máximas agustinianas. Desde la primera frase, Benito se hace eco de la Regla de Agustín, que quiere que el superior siempre piense en las cuentas que deberá rendir a Dios (Praeceptum 8,3). Pero Agustín se refiere a dar cuenta “por las almas” (Hb 13,17). Esta formulación bíblica, Benito la sustituye con la parábola evangélica, en que el ecónomo infiel se prepara para rendir cuentas “de su gestión” (Lc 16,2). Se sabe cómo éste se preparó. El abad también, se verá en seguida, debe ganarse amigos, no apremiando a los deudores del señor.

Pero antes de llegar a ese punto, Benito formula otra consigna tomada de Agustín: “Servir más que regir” (Sermón 340,1). Y luego vuelve a citar el Evangelio evocando al “escriba sabio en el reino de los cielos, que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas” (Mt 13,52). En un monasterio en la Iglesia, el primer servicio del superior es ofrecer la palabra de Dios.

También las Cartas pastorales quieren que el obispo sea “docto” o “doctor”, y de ellas toma Benito dos cualidades de su pequeña lista: “casto” y “sobrio” (1 Tm 3,2; Tt 1,7-9; 2,2-5). A las que añade la misericordia. Esta virtud es objeto de un amplio desarrollo sobre el modo de corregir a los hermanos (RB 64,10-15). Es aquí que se vuelven a encontrar los procedimientos del ecónomo infiel.

En efecto, siguiendo un texto de  Santiago (St 2,13), que recuerda una de las bienaventuranzas (Mt 5,7), el abad debe ser más misericordioso que justo, para ser juzgado él también con misericordia. Agustín decía: “Odiar los vicios, amar los hombres” (Praceptum 5,10). El amor así mostrado a los hermanos volverá a aquel que lo dona: como también dice Agustín, el superior debe “ser más amado que temido” (Praeceptum 8,3).

Entre estas dos máximas de caridad, Benito recomienda dos veces corregir prudentemente, añadiendo a este adverbio una expresión proverbial: sin exagerar (que no se exceda). Este si quid nimis atribuido al ateniense Solón (cf. Sidonio Apolinar, Carmina 15,47), en todo caso había recibido una formulación latina de parte de Terencio (Andria I,1,34). A esta frase profana Benito le adjunta una cita de la Escritura que evoca al Servidor de Isaías y a Cristo:evitando quebrar la caña cascada (Is 42,3; Mt 12,20), el abad imitará al Misericordioso por excelencia. En cuanto a cortar los vicios según el carácter de cada individuo, Benito dando ese consejo se refiere a lo que ya él mismo decía decía en su primer directorio abacial (RB 2,26-29 y 32).

Con este desarrollo sobre la misericordia en las correcciones se termina el comentario de la última de las cualidades positivas enumeradas más arriba. Ahora Benito advierte al abad sobre seis defectos, unidos de dos en dos. El primero lo toma del retrato del Servidor (Is 42,4). Por medio de ese non turbulentus (no agitado) se puede entrever de nuevo a Cristo y su paz. Como Él, su representante debe hallar para sí mismo y procurar para los demás el reposo.

Por medio de la mención de dos nuevas cualidades, de las cuales la primera ya se requería del abad en el capítulo sobre el consejo (RB 3,6: “ser previsor”), se entra en el segundo desarrollo sobre las órdenes dadas a los hermanos. La palabra clave de sus indicaciones es: “discreción”, entendida en el sentido de “medida” o moderación. “Madre de virtudes”, como ya lo decía Casiano (Conferencias 2,4,4), esta cualidad consiste en mantener el justo medio, a idéntica distancia de dos excesos opuestos, lo mucho y lo poco. Pero como entre los que buscan a Dios, el primero de estos excesos es más frecuente que el segundo, discretio se ha convertido unilateralmente en la ausencia de austeridades intemperantes, de exigencias carentes de moderación, de celo excesivo.

Es en este sentido restringido que Benito, como ya Casiano al final de la segunda Conferencia, recomienda aquí la discreción. Y la coloca bajo el patronato de un santo del Antiguo Testamento, el astuto Jacob, cuya respuesta a Esaú es citada muy libremente (cf. Gn 33,13). Esta preocupación benedictina por los débiles, que no “deben huir”, se expresa desde el mismo inicio de Regla (RB Prol. 46) y la caracteriza por completo.

Para terminar, Benito recomienda observar la Regla. Como en el Maestro, el antiguo abad la entregaba al nuevo, aquí su autor encomienda al superior observarla. Una regla no existe sin un superior que la interprete y la aplique, pero este a su vez no puede actuar sin la rectitud y la firmeza de esa ley, fundada sobre el Evangelio.

En la conclusión, como el buen servidor de la parábola (cf. Mt 25,21), el abad, después de haber servido bien (cf. 1 Tm 3,13), se verá recompensado por el Señor (Mt 24,45-47). Aunque Benito tenga especialmente presente el primer texto evangélico mencionado, la mención del “trigo” procede del texto de Lucas (12,42) y recuerda el inicio del capítulo (RB 64,5). Pero es sobre todo al final del primer directorio abacial (RB 2) que hace pensar esta conclusión escatológica. Allí Benito, siguiendo al Maestro, hacía esperar para el abad un provecho espiritual obtenido ya en esta vida: la corrección de sus defectos. En tanto que aquí le abre las puertas de la eternidad.