Inicio » Content » REGLA DE SAN BASILIO. Traducida al latín por Rufino. Cuestión 11

Cuestión 11[1]

Estas son las características de la vestimenta del monje que propone san Basilio:

a) que corresponda a su género de vida;

b) que sea suficiente como para cubrir el cuerpo de la desnudez, protegiéndolo del frío y de las inclemencias del tiempo;

c) que evite la variedad excesiva, un único vestido para toda ocasión;

d) que la sola visión del vestido permita reconocer su género de vida;

e) que sea como “un pedagogo”: cuida a quien la usa;

f) que sea decorosa: adaptado al propósito de su vida.

El calzado debe reunir idénticas condiciones. Y el cinturón será el signo externo de la prontitud para toda acción buena, la cual deberá realizarse con fortaleza.

 

Pregunta: ¿Cuál es el vestido digno y decoroso para el cristiano?

Respuesta: 1Dado que el discurso precedente ha enseñado que es necesaria la humildad, de modo que quien quiere vivir religiosa y piadosamente[2] busque siempre lo que es simple y de menor precio, es decir lo que puede adquirirse con poco gasto, 2pienso que esto debe observarse respecto a las necesidades del cuerpo, de manera que este no nos ocasione mayores preocupaciones. Pienso que también hay que aplicar esto en cuanto a los vestidos[3]. 3Si debemos esforzarnos por ser los más pequeños y los últimos de todos, ciertamente también en el vestido debemos considerarnos los últimos de todos[4]. 4Porque si los que aman la gloria buscan obtenerla por el esplendor de sus vestiduras, ambicionando ser admirados al mostrarse vestidos con ropas preciosas y magníficas, 5se sigue de aquí que quien pretenda agradar por su condición de menor y último, es decir por su gran humildad, debe elegir aquello que lo haga aparecer como el último y el menor de todos[5], 6del mismo modo que, por el contrario, aquel otro procura aparecer como ilustre y noble por (las vestiduras) lujosas y preciosas (que lleva).

7Si para los Corintios fue motivo de reproche el que en la cena pública avergonzasen con su abundancia a los que nada tenían[6], 8igualmente si en el modo de vestir simple y común para todos –correspondiente al uso y a la costumbre generales–, un hábito se diferencia del otro o aparece como más precioso, por la misma confrontación avergonzamos a los indigentes. 9Sobre dichos usos el Apóstol estableció una regla breve y satisfactoria, diciendo: Teniendo alimento y vestido, estemos contentos con eso (1 Tm 6,8), 10mostrando que necesitamos el hábito tan sólo para cubrirnos y no para jactarnos con la variedad, el adorno y la belleza de los vestidos[7]. 11Estas cosas son adquisiciones posteriores de la vida humana, logradas por el ingenio artificioso del lujo[8]. 12Aquella primitiva utilidad del vestido se indica cuando se dice que Dios hizo túnicas de pieles para los primeros hombres (Gn 3,21), ya que para cubrir las partes indecorosas tales túnicas bastaban.

13Ciertamente que para nosotros la finalidad del vestido es también la de calentarnos y protegernos, siendo necesario que éste sirva para ambos usos, 14tanto para cubrir la desnudez como para defenderse del rigor del frío y de las inclemencias del clima[9]. 15Pero como algunos vestidos son mejores y otros peores, se sigue que debemos elegir los que permiten un uso más amplio, pero de tal manera que en nada se vea quebrantada la regla de la pobreza voluntaria[10], 16es decir, que no tengamos vestidos especiales para salir y otros para estar en casa, y tampoco otros para un tiempo diferente y otros para la noche; 17sino que el vestido debe ser único y apropiado para toda ocasión, de manera que de día el vestido sea decoroso, y de noche satisfaga las necesidades. 18De aquí se sigue que nuestro hábito debe ser común e igual y de una misma forma para todos, y que con solo verlo se reconozca al cristiano, 19porque las cosas que tienden a un solo fin y a un propósito único deben ser semejantes, más aún, iguales para todos[11].

20También es útil que cada uno sea reconocido por el mismo tenor de su vestido y hábito, quedando patente su profesión por la vida que vive según Dios, 21de modo que sepa que incluso sus actos deben tener la misma naturaleza, de modo que aun aquellos que nos ven (revestidos) de nuestro hábito, nos vean coherentes en los actos. 22No es igualmente vergonzoso que uno cualquiera haga algo deshonesto como que lo realice alguien que, con su mismo hábito, profesa llevar una vida sobria. 23Si alguien ve en la calle que un hombre golpea a otro, o lo azota en público, o grita groseramente, o lleva una vida vergonzosa en las tabernas o en otros lugares, 24no mirará a tal hombre ni le prestará atención alguna, sabiendo que obra de acuerdo con su género de vida. 25Pero si se trata de uno que profesa una vida religiosa y se lo ve hacer algo mínimamente inconveniente, todos lo observan y se lo reprochan, y lo consideran un oprobio para la religión. 26Por tanto, este hábito más apropiado a los religiosos es como un pedagogo para los más débiles, de modo que protege contra las acciones deshonestas y poco decentes, aun contra su voluntad[12].

27Finalmente, el Apóstol indica cuál debe ser el decoro del obispo, y esto se refiere principalmente al hábito, y acerca de las mujeres, dice que deben tener un traje decoroso[13]; 28se llama decoroso el vestido del cristiano que se reconoce como adaptado a su propósito y profesión. 29Así como el soldado tiene algo característico en su modo de vestir, y el senador tiene algo distinto y por eso se distingue al que es senador y al que es soldado, 30igualmente el cristiano debe tener algo característico en su modo de vestir. 31Lo mismo se observará en el calzado, de modo que se elija lo que es más simple, más fácil de obtener, apto a nuestro propósito y suficiente para nuestras necesidades.

32La necesidad del uso del cinturón la demuestran también los santos que nos han precedido[14]: 33se dice que Juan ceñía su cintura con un cinturón de piel (Mt 3,4; Mc 1,6), y (así había hecho) Elías, ya antes que él, pues se designa al cinturón como hábito propio suyo al decir: Era un hombre hirsuto y con un cinturón de piel en la cintura (cf. 2 R 1,8). 34Y también Pedro muestra que usaba cinturón, según colegimos por las palabras del ángel cuando le dice: Cíñete y cálzate tus sandalias (Hch 12,8). 35Y se muestra que también Pablo usaba cinturón, por la profecía de Agabo, que dice: Así atarán en Jerusalén al hombre a quien pertenece este cinturón (Hch 21,11); y Job escuchó del Señor: Cíñete como un héroe la cintura (Jb 38,3; 40,2 LXX)[15]. 36Porque el uso del cinturón se considera como signo de cierto coraje y de un ánimo preparado para la acción; y vemos que los discípulos acostumbraban usar cinturón, pues se les prohíbe llevar dinero en sus cinturones[16].

37En verdad se considera necesario que quien debe emplear las manos en algún trabajo se halle ceñido y preparado para todas las cosas y sin ningún impedimento, para cumplir cualquier obra buena[17], 38para lo cual necesita un cinturón, de modo que la túnica esté sujeta al cuerpo, y así al mismo tiempo que abriga más, al estar totalmente ceñida, no le impedirá la libertad de movimientos en todo lo que se dispone a realizar.

39En cuanto al número de los vestidos nada debemos decir, porque ya está prescrito con manifiesta precisión cuando dice: 40El que tiene dos túnicas, dé una al que no la tiene (Lc 3,11[18]) de lo cual se deduce sin sombra de duda que es ilícito tener varias. 41Y a los que no les está permitido tener dos túnicas, ¿cómo se les podrán dar preceptos acerca de la diversidad de los vestidos?



[1] Cf. GR 22, para los vv. 1-31 (cols. 977 A-981 A); GR 23, para los vv. 32-41 (col. 981 AC). “El tratamiento de Basilio al tema de la vestimenta es estrictamente práctico, frugal y basado en la Escritura…” (Rule, 11, nota 62).

[2] Cf. 2 Tm 3,12 (de Vogüé). “El discurso precedente”: Cuestión 9,16-22.

[3] Cf. RB 55,1. 7.

[4] Cf. Mc 9, 35. Ver la Cuestión precedente (10,1 ss.).

[5] Cf. Mc 9, 35; y Cuestión 12,13.

[6] 1 Co 11, 22.

[7] Histoire, p. 251, donde se señala que Rufino duplica, respecto del siríaco, al traducir: “con la variedad, el adorno o la belleza de los vestidos” (lo subrayado es la duplicación de Rufino).

[8] El texto latino no es de fácil traducción; para su correcta comprensión se debe recurrir al griego, como lo hace Zelzer en el aparato crítico, de las GR 22: “Estas cosas, en efecto, fueron introducidas después en la vida humana, por medio de los artificios inútiles y vanos” (col. 977 C, hacia el final). Rufino, además, no usa la palabra luxuria sino aquí y en la Cuestión 9,9. En los dos casos, según el contexto, no debe entenderse dicho vocablo en el sentido “sensual”, sino en el de lujo. Así, en 9,9, se tradujo por “intemperancia”, dado el contexto. Ahora, en el caso presente, tratándose de vestidos, lujo parece una versión apropiada.

[9] “De las inclemencias del clima” es la traducción de “omne quod extrinsecus laedit”. Basilio se refiere, pues, a los daños ocasionados por el clima. Ver GR 22, col. 980 A.

[10] «El principio de la pobreza voluntaria, la “no adquisición” o “des-posesión” se basa en Mt 19,16-30; Mc 10,23-31; Lc 18,18-30…» (Rule, 11,15, nota 62).

[11] El texto latino dice: “similia immo eadem esse omnibus debent”, una traducción menos literal sería: “se presenten como semejantes ante todos”.

[12] “Aun contra su voluntad” es la traducción de “ut etiam invitos” (que también podría traducirse: “aun a los que no quieren”).

[13] Cf. 1 Tm 3,2; 2,9. Kosmion y kosmein (de kosmios: decente) solo en estos dos pasajes aparecen en el NT. Rufino los ha traducido por ordinatus. La Vulgata prefiere ornatus (para 1 Tm 3,2 algunos manuscritos de la Vulgata traen pudicum).

[14] Para los vv. 32-41, cf. GR 23, col. 981 AC.

[15] El texto latino dice: Accinge sicut vir lumbos tuos.

[16] Cf. Mt 10,9; Mc 6,8.

[17] 2 Tm 3,17 (de Vogüé). “Para cumplir” es la traducción de “invenire... ministerium”.

[18] Cf. Mt 10,9-10; Mc 6,9.