Inicio » Content » REGLA DE SAN BASILIO. Traducida al latín por Rufino. Cuestión 2

Cuestión 2[1]

El desarrollo de este texto puede sintetizarse como sigue:

- Introducción (vv. 1-8)

- El amor de Dios (vv. 9-57)

- El amor al prójimo (vv. 58-69)

- El temor de Dios (vv. 70-73)

- La custodia del corazón y la memoria Dei (vv. 74-81)

- Hacer la voluntad de Dios (vv. 82-93)

- La anacoresis o separación del mundo (vv. 94-112)

 

Pregunta: Puesto que el primer mandamiento trata del amor de Dios, enséñanos éste en primer lugar. Pues hemos oído que hay que amar, pero deseamos aprender cómo se puede cumplir esto.

Desarrollo de la primera parte de la respuesta:

vv. 1-8. Introducción: la unidad de los mandamientos; definición de la virtud y del mal; las buenas fuerzas que Dios ha insertado en el ser humano.

vv. 9-57. Primera parte: el mandamiento del amor a Dios:

vv. 9-13. la fuerza del amor ha sido insertada en el alma por Dios;

vv. 14-19. la gran bondad de Dios; su amor inefable;

vv. 20-24. la belleza del amor de Dios;

vv. 25-34. debemos amar a Dios como a nuestros padres;

vv. 35-41. vivir en continua acción de gracias por los beneficios que Dios nos concede;

vv. 42-44. la gracia, regalo del conocimiento, que Dios concedió al ser humano;

vv. 45-54. Historia de salvación: la redención de la humanidad caída en pecado;

vv. 55-56. por el don de la salvación debemos ser agradecidos;

v. 57. conclusión de la primera parte.

Respuesta: 1Qué bien han escogido al comienzo de esta conversación, de manera muy conveniente a nuestro propósito. Por tanto, con la ayuda de Dios, haremos lo que dicen. 2Ante todo hay que saber que este mandamiento ciertamente parece ser uno solo, pero abarca e incluye en sí la fuerza de todos los mandamientos, como dice el Señor mismo: De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas (Mt 22,40). 3Sin embargo, no nos pongamos a discutir en detalle el orden de los mandamientos, sino parecerá que presentamos toda la obra dividida en partes. 4Antes bien, indaguemos el tema en la medida requerida por nuestro propósito y postulada por el presente ordenamiento, subrayando ante todo que tenemos insertas en nosotros mismos fuerzas que nos capacitan para cumplir todos los mandamientos que hemos recibido de Dios, 5para que no tengamos ninguna dificultad, como si se esperara de nosotros algo nuevo y extraño; 6ni se nos dé ocasión de orgullo pensando que ofrecemos a Dios algo más de lo que de él hemos recibido en nuestra naturaleza creada. 7Por tanto, si lo que ha sido insertado en nosotros (por Dios) lo ponemos por obra, de una manera recta y adecuada, esto es vivir según la virtud; pero si corrompemos los beneficios de la naturaleza, nos inclinamos hacia la malicia. 8Luego, la definición del mal es: no usar rectamente los impulsos del alma insertos en nosotros por Dios; y, a su vez, la definición de la virtud es esta: usar rectamente, es decir según el mandamiento de Dios y según la conciencia del alma, los impulsos insertos por Dios en nosotros.

9Estando así las cosas, esto mismo también podemos constatarlo sobre la caridad. 10Hemos recibido el mandato de amar a Dios: el alma lleva inserta firmemente en ella, desde su primera creación por Dios, la fuerza del amor. 11Acerca de esto no necesitamos ningún testimonio externo. Cada uno de nosotros toma en sí mismo y de sí mismo las pruebas de estas cosas que decimos. 12Todo hombre desea lo que es bueno, y abrazamos con un afecto, por así decir natural, todo lo que juzgamos bueno. 13También abrazamos con amor a nuestros consanguíneos y prójimos según la carne, sin que nadie nos lo enseñe; nos sentimos, por tanto, ligados por gran afecto y gratitud con aquellos de quienes recibimos beneficios.

14¿Quién otro puede haber tan bueno como Dios? Más aún, ¿quién otro puede ser bueno, sino solo Dios[2]? 15¿Hay (acaso) otra belleza, otro esplendor, otra hermosura que nos incite naturalmente a amar, como la que (sabemos) está, y debemos creer que existe, en Dios? 16¿Dónde (encontraremos) semejante gracia? ¿Qué otra llama de amor encenderá lo más escondido e interior del alma, así como el amor de Dios debe inflamar lo arcano de la mente, 17sobre todo si está purificada de toda mancha, si el alma es pura, y con afecto verdadero dice: Estoy herida por el amor (Ct 2,5)? 18Siento que el amor de Dios es totalmente inefable, y que es más fácil sentirlo que poder expresarlo, es una cierta luz inenarrable; aunque la palabra lo compare con el rayo o con el relámpago, el oído no lo escuchará. 19Si tomas los fulgores del lucero, el esplendor de la luna, la misma luz del sol, con su gloria, todas las cosas son tan obscuras y tenebrosas, como si se comparara la noche más negra y sumergida en la oscuridad de una profunda tiniebla con la luz limpidísima del sol de mediodía.

20Esta hermosura no se puede ver con los ojos corporales, sólo se la percibe con el alma y con la mente; 21si esta hermosura llega acaso a rozar la mente y el alma de los santos, clava en ellos el llameante aguijón de su amor. 22Por eso, consumiéndose como por un fuego de amor y teniendo horror a la vida presente, uno de ellos decía: ¿Cuándo iré y me presentaré ante el rostro de Dios? (Sal 41-42 [42-43],3b), 23y nuevamente decía, inflamado con el fuego de este ardor: Mi alma tiene sed del Dios vivo (Sal Sal 41-42 [42-43],3a), 24y ardiendo con un deseo insaciable, oraba para ver la voluntad del Señor y ser protegido en su templo santo[3]; así, pues, deseamos también naturalmente las cosas que son buenas y las amamos.

25Como ya dijimos, no existe mayor bien que Dios, y de este modo pagamos, como si se tratara de una deuda, aquella caridad que recibimos de él; 26si le negamos este amor y no pagamos (esta deuda) nos hacemos sin ninguna excusa reos de ira. 27Y ¿qué digo reos de ira? ¿Qué ira mayor podría haber, qué venganza más grave que llegar a hacernos extraños al amor de Dios? 28Si en los padres hay un afecto natural hacia aquellos que han engendrado -y esto no sólo se encuentra en los hombres sino también en los animales incapaces de expresarse- 29veamos de no ser hallados más insensatos que los animales y más crueles que las fieras feroces, si ningún afecto nos une estrechamente al Creador. 30Si bien no podemos conocer su naturaleza y su grandeza[4], sin embargo, por el solo hecho de que provenimos de él debemos venerarlo y amarlo con el afecto debido (al propio) padre, estar incesantemente adheridos a su recuerdo, como hacen los niños con respecto a su madre, 31pero mucho más y con mayor prontitud, en cuanto que nos sabemos deudores de beneficios inmensos. 32Pienso que también esto lo tenemos en común con los demás animales, pues hasta ellos se acuerdan de todo aquél que les procura algún bien. 33Si no me creen a mí escuchen al Profeta que dice: El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño (Is 1,3); 34que jamás se diga de nosotros lo que sigue: Israel no me conoce, mi pueblo no me entiende (Is 1,3).

35Si también amamos, sin que nadie nos lo enseñe, a aquellos que nos procuran algún beneficio, y con toda diligencia en cuanto nos es posible nos esforzamos por darles las gracias, 36¿cómo podremos dar gracias suficientemente por los beneficios de Dios, que son tantos y sobrepasan todo número, y (son) tan grandes que uno solo de ellos basta para hacernos deudores de nuestro benefactor durante toda nuestra vida? 37Omito todos los otros (beneficios), que, aunque ciertamente son grandes y patentes, quedan sin embargo eclipsados por los mayores y mejores, así como ciertas estrellas son tapadas por los rayos más luminosos del sol. 38Ya que no tenemos tiempo para prolongar más nuestro discurso de modo de poder enumerar también hasta los más pequeños beneficios divinos para con nosotros, 39pasemos, entonces, en silencio las cotidianas salidas del sol, y el mundo todo iluminado por el fulgor de una sola lámpara. 40Pasemos en silencio las fases de la luna, los cambios y variaciones de la atmósfera, las lluvias (nacidas) de las nubes, los ríos y las fuentes de la tierra, la amplitud y profundidad de los mares, 41toda la extensión de la tierra y el nacimiento de los animales que son engendrados en las aguas, y los que crecen y nacen en la tierra, destinados a nuestro servicio y nuestra utilidad[5].

42Omito todo eso e innumerables otras cosas. Solo una no podemos callar, que ni aun el que lo quisiera podría pasarla por alto; 43a pesar de que no es posible callar esta gracia, es mucho más imposible hablar de ella de modo digno y adecuado: 44esta (gracia) es tan grande que Dios, (por ella), le dio el conocimiento de sí mismo al hombre, constituyéndolo en la tierra como animal racional y concediéndole gozar con el deleite y con la hermosura de un paraíso inefable.

45Y cuando, engañado por la astucia de la serpiente cayó en el pecado, y por el pecado fue precipitado en la muerte, en modo alguno lo despreció, 46sino que le dio la ley como ayuda[6], (le envió) ángeles que lo precedieran, le destinó profetas, por la severidad de sus amenazas reprimió los intentos de la malicia, 47provocó los deseos de los buenos con promesas generosísimas y dio a conocer por anticipado, mediante innumerables imágenes, el fin de uno y otro camino.

48Como después de todo esto persistiéramos en nuestras maldades e incredulidades, no se apartó de nosotros ni nos abandonó la bondad del Señor compasivo, y siendo nosotros ingratos a sus beneficios, no pudimos apartar ni excluir de nosotros su misericordia; 49sino que fuimos llamados de la muerte y vivificados nuevamente por nuestro Señor Jesucristo, 50quien siendo de condición divina no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente; sino que se anonadó a sí mismo tomando la condición de servidor (Flp 2,6-7) 51Y tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y fue herido a causa nuestra, para que fuéramos curados por sus llagas (cf. Is 53,4-5)[7], 52nos redimió de la maldición haciéndose él mismo maldición por nosotros, y fue condenado a una muerte ignominiosa para llamarnos nuevamente a la vida (Ga 3,13; Sb 2,20)[8]. 53Pero no le bastó vivificarnos a nosotros, que estábamos muertos, sino que nos hizo partícipes de su divinidad[9], concediéndonos también misericordiosamente[10] el don de la eternidad, 54y sobre todo lo que podemos pedir o entender, preparó para los que creen en él y le aman, lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre (1 Co 2,9)[11].

55¿Con qué pagaremos al Señor por todo lo que nos ha dado? (Sal 115 [116],12 LXX) Él es tan bueno y clemente que ninguna retribución reclama, sino que por todo lo que nos ha concedido, le basta con que lo amemos. 56¿Quién será tan irremediablemente ingrato, que después de tantos y tan grandes beneficios no ame al donante?

57Acerca del amor de Dios basta con lo dicho: pues no nos proponemos, como dijimos más arriba, decir todo, ya que es imposible, sino recordar breve y sucintamente aquellas cosas que basten para infundir y suscitar el amor de Dios en el alma.

 


[1] Para lo vv. 1-57, ver GR 2; vv. 58-69, ver GR 3; vv. 70-93, ver GR 4-5; vv. 5-1 2 ver GR 6 (cols. 908 ss.). Más que ante una cuestión que ofrece una respuesta improvisada estamos ante una exposición madurada y reflexionada (Histoire, p. 240). Cf. RB 4,1-8.

[2] Cf. Mt 19,17 (Rule, 2,14).

[3] Cf. Sal 26 [27],4.

[4] Literalmente dice el texto: “qualis et quantus sit scire non possumus” (cf. Ef 3,18: “latitudo... longitudo, et sublimitas, et profundum”).

[5] Cf Sal 103 (104),5-15. 19-25 (se trata de una referencia que no traen ni Zelzer en su edición de la RBas ni de Vogüé).

[6] Cf. Is 8,20 LXX (de Vogüé).

[7] Cf. Mt 8,17 (que cita Is 53,5).

[8] El último trozo del v. es una reminiscencia bíblica (cf. Rm 6,4; Tt 3,7; Hb 10,20), y forma parte de esta larga cita que es como un conglomerado de textos que hace Basilio.

[9] Cf. 2 P 1,4 (Rule, 2,53).

[10] El texto dice literalmente “tribuit et munus aeternitatis indulget”.

[11] El verbo pasó corresponde al latín ascendit.