Inicio » Content » REGLA DE SAN BASILIO. Traducida al latín por Rufino. Cuestiones 12 y 13

Cuestión 12[1]

Todos tenemos necesidad de la guía del Espíritu Santo.

Jesucristo es “el sol de justicia” que nos ilumina. Y la Sagrada Escritura la norma que debe regir las acciones y las palabras del cristiano.

Siempre hay que hacer y decir aquello que “edifica al prójimo”.

Pregunta: ¿Está permitido a alguno decir por su propia cuenta lo que le parece bueno, prescindiendo del testimonio de las Escrituras[2]?

Respuesta: 1(Cuando) nuestro Señor Jesucristo habla del Espíritu Santo dice: No hablará de sí mismo, sino que lo que ha oído eso hablará (Jn 16,13). Y (cuando habla) de sí: El hijo no puede hacer nada por sí mismo (Jn 5,19), 2y otra vez: No he hablado por mí mismo; el Padre que me ha enviado es quien me mandó lo que he de decir y hablar; y yo sé que su mandamiento es la vida eterna. Las cosas que yo hablo, las hablo según el Padre me ha dicho (Jn 12,49-50). 3¿Quién puede llegar a tal temeridad que se atreva a decir o pensar algo por sí mismo? 4Antes bien, debe saber que todos tenemos necesidad de la guía del Espíritu Santo, para que nos conduzca por la senda de la verdad, en cuanto al pensamiento, a las palabras y a las obras[3]. 5Es ciego y vive en tinieblas[4] todo el que carece del sol de justicia[5], nuestro Señor Jesucristo, cuyos mandamientos, a modo de rayos, nos iluminan. 6El mandamiento del Señor, dice, es luminoso y da luz a los ojos (Sal 18 [19],9).

7Ya que tanto entre los asuntos que tratamos como en las palabras que hablamos, algunos están precisados por un mandamiento de Dios en las Divinas Escrituras, de otros en cambio, nada se dice, 8acerca de las (cosas) que están escritas a nadie le está permitido admitir lo que está prohibido u omitir lo que está prescrito, 9ya que el mismo Señor lo mandó diciendo: Guarda esta palabra que yo te prescribo hoy; no le agregarás nada ni le quitarás nada (Dt 4,2)[6]. 10Pues es terrible la espera del juicio y el ardor del fuego que consumirá a los adversarios y a los que se hayan atrevido a hacer algo similar (Hb 10,27). 11Pero sobre las cosas que la Escritura calla el Apóstol nos dio una regla muy clara diciendo: Todo es lícito, pero no todo es conveniente. Todo es lícito, pero no todo edifica; nadie busque su propia ventaja sino la de los otros (1 Co 10,23-24).

12Por tanto, en cada caso, no debemos hacer lo que nos está permitido sino lo que edifica al prójimo, y no agradarnos a nosotros mismos, sino al prójimo para su edificación; 13pues está escrito: Sométanse unos a otros en el temor de Cristo (Ef 5,21), y agrega el Señor: El que quiera ser el mayor entre ustedes, hágase el último de todos y el servidor de todos[7]. 14El que quiera cumplir esto sin duda suprime sus propias voluntades imitando al mismo Señor que dice: 15He descendido del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió, el Padre (Jn 6,38. 40)[8], y otra vez ordena el Señor: 16Si alguno te quiere obligar a caminar mil pasos, vete con él por otros dos [mil] (Mt 5,41).

 

Cuestión 13[9]

Es necesario obedecer a quienes nos ordenan hacer aquello que concuerda con el mandamiento de Dios y es bueno para el alma.

En cambio, no se debe obediencia a quien nos manda algo contrario a los mandamientos de Dios.

Pregunta: Si hay que obedecer a todos y a cada uno.

Respuesta: 1La diferencia o la diversidad de los que mandan no debe impedir el propósito de los que obedecen, porque ni siquiera Moisés despreció a su suegro Jetró cuando le aconsejó cosas útiles y justas[10]. 2Ciertamente no es despreciable la diversidad de las admoniciones: unas parecen contrarias a los mandamientos de Dios, 3otras por el contrario nos conducen a cumplirlo y llevan a la edificación. 4Por tanto, es necesario recordar el precepto del Apóstol que dice: No desprecien las profecías; pruébenlo todo y quédense con lo bueno. Absténganse de toda apariencia de mal (1 Ts 5,20-22). 5y también: Purifiquen los pensamientos y destruyan toda altanería que se levanta contra la ciencia de Dios, sometiendo toda inteligencia a la obediencia de Cristo (2 Co 10,4-5). 6Si, pues, hay algo que concuerda con el mandamiento de Dios y es provechoso para el alma, y esto nos es ordenado por alguno, 7debemos aceptarlo como voluntad de Dios, con prontitud y de buen grado, cumpliendo aquello de: Obedeciéndose mutuamente en el amor de Cristo (Ef 4,2; 5,21)[11].

8Pero si alguien nos manda hacer algo contrario a los mandamientos de Dios, o que parece alterarlos o corromperlos, es tiempo de que digamos: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29), 9recordando lo que dice el Señor: No siguen la voz de un extraño, sino que huyen de él; porque no conocen la voz de los extraños (Jn 10,5). 10Debemos acordarnos también del santo Apóstol, quien a fin de darnos seguridad sin tener miramientos ni siquiera con los ángeles[12], afirma: 11Aunque un ángel del cielo les anunciara otro evangelio diferente del que les hemos anunciado, sea anatema (Ga 1,8). 12Esto nos enseña que aun cuando alguien nos sea muy querido, incluso si se lo considera honorable y aunque sea sumamente ilustre, 13pero nos prohíbe hacer lo que ha sido mandado por el Señor, o manda lo que el Señor ha prohibido, ese tal debe ser considerado execrable por todos los que aman al Señor.

 


[1] Cf. PR 1 (cols. 1080 C-1081 C).

[2] Cf. RBas 203 (Rule, 12, nota 64). “… prescindiendo del”..., el latín dice “absque testimonii scripturarum”.

[3] Cf. Sal 142 (143),10 (de Vogüé); Jn 16,12-13 (de Vogüé). “Guía” es la traducción de “duce itineris”.

[4] Cf. Jn 12,35; Lc 1,79 (Rule, 12, 5).

[5] Cf. Ml 4,2 (3,20) (de Vogüé).

[6] Cf. Mt 5,18; Lc 16,17. Estos dos textos los cita Basilio en el De bapt. II,4 (p. 324): “y para que no suceda que, diciendo alguna cosa de nuestra parte, suscitemos dudas en quien nos escucha, recordamos al mismo Señor que dice...”.

[7] Cf. Mt 20,26-27; Mc 9,34 ss.; 10, 43-44; Lc 22, 26.

[8] Basilio considera que la verdadera anacoresis consiste en el abandono de la voluntad propia; y, además, renunciar a la propia voluntad es realizar el precepto de renegar de sí mismo y el de la templanza. La esencia de la vida monástica es así conducida de nuevo a la dimensión más personal e ineludible de la obediencia total, sin ella incluso los carismas más espectaculares carecen de valor (Neri, p. 403, nota 403). Ver GR 6 (col. 925 C); De iudicio 8 (PG 31,676 B); GR 41 (col. 1021 A); PR 179 (col. 1201 C); De bapt. I,2 (p. 272). Cf. RB 7,31-32 (Rule, 12, nota 65).

[9] Cf. PR 114 (col. 1160 AC).

[10] Cf. Ex 18,19.

[11] Para Basilio la Sagrada Escritura es el único criterio válido a seguir en el tema de la obediencia y, por ende, de la autoridad. Ver PR 98 (cols. 1149 D-1152 A). Es necesario que examine todo, aquel que conoce las Sagradas Escrituras; cf. Mor. 72,1; cols. 845 D-848 B; con referencias a 1 Ts 5,20; Jn 10,5 y Ga 1,8 (Neri, p. 396, nota 357); y que esté dispuesto a obedecerlas (ibid., p. 193, nota 66). Cf. Rule, 13, 7.

[12] El latín dice: “Sed et sancti apostoli memores esse debemus, qui ad nostram cautelam ausus est ne angelis quidem parcere dicens”.