INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [95]

7.2. Las comunidades monásticas agustinianas (continuación)

La Regla de san Agustín

La Regula ad servos Dei o Praeceptum (Pr) es un texto rico, denso, pleno de variados matices; es la “desembocadura” de la experiencia y reflexión de Agustín sobre la vida monástica.

Después de los estudios de L. Verheijen parece ya firme que fue escrita para los siervos de Dios. Su composición puede ubicarse a fines del siglo IV, aunque todavía no hay unanimidad en lo que respecta a la fecha exacta[1].

Acertadamente se ha señalado que no faltan “antecedentes” al texto de la Regla. Algunos meses antes de su bautismo, noviembre del 386, hallamos en el diálogo De ordine lo que Verheijen llama la primera regla: una serie de útiles recomendaciones para los jóvenes que aspiran a dedicarse al estudio[2]. En su Regla, Agustín seguirá un ordenamiento semejante, en algunos puntos, al presentado en dicho diálogo. Es más, también es similar la estructura de ambos textos. Aquí nos interesa únicamente señalar la de la Regla[3], que es la siguiente:

-1. prefacio: Pr 1,1;

-2. preceptos para ser observados en el monasterio, son siete:

a) vida común y renuncia a la propiedad privada (Pr 1,2 ss.)

b) oración comunitaria y personal (Pr II)

c) refectorio, lectura durante las comidas, ayuno y pureza de corazón (Pr III)

d) salidas, relaciones con las mujeres y corrección fraterna (Pr IV)

e) servicios comunitarios: ropería y biblioteca (Pr V)

f) el perdón que debe darse y pedirse (Pr VI)

g) el superior del monasterio, sus relaciones con los hermanos (Pr VII);

-3. el espíritu que debe animar las anteriores prescripciones, expuesto en forma de oración (Pr VIII,1);

-4. epilogo: frecuencia de la lectura de la Regla, y espíritu con que debe leerse (Pr VIII,2).

Se trata, pues, de una estructura extremadamente simple: praecepta vivendi, que deben ser observados con el amor de la belleza espiritual.

 

a. Nadie decía que algo era propio

Este es uno de los temas centrales de la Regla. El amor por la belleza espiritual se manifiesta en una vida comunitaria que aspira a la unanimidad de corazón y a compartir todo lo que el monje es y tiene: “No busca las cosas que son suyas, sino las de Jesucristo (Flp 2,21), ha pasado a la caridad de la vida común, para vivir en la sociedad de los que tienen una sola alma y un solo corazón en Dios, de modo que nadie diga que algo es propio, sino que todas las cosas son comunes”[4].

La belleza espiritual se manifiesta asimismo en la alabanza al Creador, en el reconocimiento de su amor y el deseo de establecer con el Padre un profundo diálogo de alegría: “Cuando cantan y salmodian en sus corazones al Señor (Ef 5,19), para que las voces del corazón no disuenen, háganlo todo para gloria de Dios (1 Co 10,31), que obra todo en todos (1 Co 12,6). Y sean fervientes de espíritu (Rm 12,11), para que su alma sea alabada en el Señor (Sal 33 [34],3). Esta es la actividad del camino recto: la que tiene los ojos siempre puestos en el Señor, porque Él libra del lazo nuestros pies (Sal 24 [25],15). Tal acción no se debilita en la acción, ni se enfría en el ocio, no es turbulenta ni floja; ni audaz, ni fugaz; ni precipitada ni lánguida. Esto hagan, y el Dios de la paz estará con ustedes (2 Co 13,11)”[5].

El mismo amor por la belleza espiritual exige de sus cultores la disposición a privarse de ciertas satisfacciones corporales. El ayuno es sin duda un medio apto: “Todo el que ayuna rectamente, o bien busca humillar su alma, desde una fe no fingida, con el gemido de la oración y la mortificación corporal, o bien del placer de la carne con su intención pasa a sentir hambre y sed, pues pobre de algo espiritual su deleite está pendiente de la verdad y de la sabiduría. De ambos géneros de ayuno habló el Señor a quienes le preguntaban por qué sus discípulos no ayunaban... (ver Mt 9,15-17)”[6].

Además del ayuno y de la exigencia de compartir todos los bienes, la Regla supone también la renuncia al matrimonio por parte del monje, su total consagración a Dios por el Reino de los cielos. No se trata sólo de una ascesis corporal, sino que la castidad solicita todo el ser del consagrado, muy especialmente su corazón: “Nadie utiliza impúdicamente el cuerpo si primero el espíritu no concibió la maldad. Así también nadie preserva la pureza del cuerpo, si antes el espíritu no planta la castidad. Si la pureza conyugal, aunque se conserva en la carne, sin embargo, se atribuye al alma, no a la carne, que la preside y la dirige, cuánto más y con cuánta más honra aquella continencia (de la virginidad) debe ser contada entre los bienes del alma: porque se ofrece, consagra y custodia la integridad de la carne al Creador del alma y de la carne”[7].

El monje debe vivir su pobreza, su renuncia a las posesiones, de una forma que dé auténtico testimonio ante sus hermanos en la fe: “Nada superfluo tener, nada que sea un peso poseer, nada que ate, nada que sea un impedimento. Para que se cumpla más auténticamente en este tiempo y en los siervos de Dios aquello del Apóstol: Como quienes nada tienen y todo lo poseen (2 Co 6,10). No tengas nada que puedas llamar tuyo, y todas las cosas serán tuyas; si te adhieres a una parte, pierdes la totalidad; pues para ti lo suficiente es lo mismo, venga de la riqueza o de la pobreza”[8].

 

b. Vivir en comunidad y obedecer a un superior

Estos son temas particularmente arduos en la vida monástica. Exigen una virtud que para todo hombre es difícil poner en práctica: la humildad, puerta del perdón y el amor e inicio de la salvación.

La vida en comunidad se hace difícil cuando descubrimos, siempre primero en los demás parece ser la costumbre, que nuestros hermanos están llenos de defectos y pecados. Es decir, cuando nos damos cuenta de que la comunidad es débil. En ese mismo momento debemos sentirnos perdonados en Cristo y perdonar de igual modo a los que nos parece han ofendido “nuestra dignidad”. ¡Qué tarea difícil!

Escuchemos con cuánto realismo trata Agustín este tema:

“En aquella vida común de los hermanos que están en el monasterio, grandes varones, santos, viven allí cotidianamente en himnos, en oraciones, en alabanzas a Dios, en la lectura. Trabajan con sus manos, se bastan a sí mismos; no piden nada avaramente, todo lo que les ofrecen los piadosos hermanos lo utilizan con moderación y con caridad. Nadie se apropia algo que otro no tenga. Todos se aman, todos se apoyan mutuamente. Alabaste, alabaste; quién no sabe lo que se hace dentro, quién no sabe de qué modo entrando el viento también las naves se chocan entre sí; entra casi esperando en la seguridad, ninguno que deba ser soportado habitará allí. Encuentra allí hermanos malos, los cuales hermanos malos no podrían encontrarse si no se hubieran admitido, y es necesario que primero se toleren para que –tal vez– se corrijan; no fácilmente pueden ser excluidos si no hubiesen sido primero tolerados. Y le sucede no tener paciencia para soportarlos. ¿Quién me llamaba aquí? Yo pensaba que había caridad. E irritado por la molestia de pocos hombres, entonces no persevera en cumplir lo que prometió, se hace desertor de tan santo propósito y reo del voto no cumplido. Al salir de allí, además se hace censor y maldiciente, y dice sólo aquellas cosas que asegura no pudo soportar: y algunas veces son ciertas. Pero las cosas verdaderas de los malos deben tolerarse por la convivencia de los buenos. Dice la Escritura: “¡Ay de aquellos que perdieron la capacidad de tolerar!” (Si 2,14). Y lo que es peor, eructa el mal olor de la indignación, de donde ahuyenta a los que van a entrar; porque habiendo entrado él, no pudo permanecer. ¿Qué son ellos? Envidiosos, peleadores, insoportables, avaros. Aquél hizo esto, y éste aquello otro. ¡Oh malvado! ¿Por qué callas lo de los buenos? Te jactas de los que no pudiste tolerar, pero callas de los que tu maldad toleraron”[9].

Delicada misión la de ser superior. No se trata de ejercer dominio tiránico sobre los hermanos, sino de ayudarlos a profundizar su conocimiento de Dios, para que alcancen la salvación eterna en el día del Señor. En una gran medida es del superior que pende el buen funcionamiento de una comunidad monástica, como también de él depende que los monjes logren establecer verdaderos lazos de amor entre si y con su superior. Este, por tanto, deberá tomar en muy especial consideración que lo suyo no es una cuestión de poder, sino de caridad a imitación de la de Cristo:

“Nada prueba mejor a un varón espiritual que el tratamiento del pecado ajeno. Cuando se obra o practica con él la liberación más que el insulto, se prestan auxilios más que injurias, y en cuanto la autoridad se lo consiente (facultas tribuitur) lo sostiene... ¿De qué modo corregir, sino manteniendo la suavidad en el corazón y alguna dureza medicinal rociar con la palabra de la corrección? No veo que de otro modo deba entenderse lo que en la epístola se escribió: Predica la palabra, insta oportuna e inoportunamente; arguye, exhorta, increpa con toda paciencia y doctrina (2 Tm 4,2). Oportuna e inoportunamente son cosas contrarias, y ningún medicamento cura algo, a no ser que lo apliques en tiempo oportuno...  Insiste oportunamente, y si de esta forma no adelantas, a destiempo. Esto debe comprenderse como que tú no abandones de ningún modo la oportunidad, y así recibas lo que se dijo; inoportunamente, como que aún viéndote inoportuno para el que no oye de buen grado lo que le dicen, tú sepas sin embargo que esto es oportuno para él, y mantengas el amor y la solicitud de su salud con ánimo apacible, modesto y fraterno...

Todo lo que dijeres con ánimo herido, es movimiento del que castiga, no caridad del que corrige. Ama y di lo que quieras. En ningún modo será afrenta lo que hubiese sonado a especie de ultraje, si te acuerdas y te sientes querer ser liberador del hombre del asedio de los vicios con la espada de la palabra de Dios. Pero si quizás, como muchas veces sucede, por amor inicias tal acción, y te enfrentas a ella con corazón de amor, pero durante la obra se deslizare algo que se te resiste, lo que te aparta de golpear el vicio del hombre y lo perjudicas al hombre mismo, mucho más saludablemente te convendrá recordar, lavándote después con lágrimas el polvo de esta especie, que no debemos ensoberbecernos sobre los pecados de los otros, cuando pecamos en la misma reprensión de ellos, haciéndonos más fácilmente airados a la ira contra los pecadores que misericordiosos con su miseria”[10].

 

c. Amantes de la belleza espiritual

Los preceptos de vida que propone Agustín en su Regla tienen una clara finalidad: la contemplación de Dios. Son normas que se deben cumplir amando esa belleza del corazón y del alma que nos abre las puertas de los insondables misterios de nuestro Padre y Creador: “Cuando el alma se embellece y ordena a sí misma, haciéndose armoniosa y bella, ya puede contemplar a Dios, como la misma fuente de donde mana todo ¡o verdadero y Padre de la misma verdad. ¡Oh gran Dios, cómo serán aquellos ojos! ¡Cuán sanos, bellos, fuertes, constantes; seremos bienaventurados!... Nada más diré, sino que se nos promete la contemplación de la Belleza, por cuya imitación las cosas son bellas, por cuya comparación todas las demás cosas son deformes...”[11]. Y en verdad ya nada más se puede agregar.

 


[1] La obra fundamental de L. Verheijen es: La Règle de Saint Augustin, Paris 1967 (2 vols.). Respecto de la fecha hay quienes optan por una anterior al 397 (hacia el 391), otros la ubican entre el 397 y el 400, y algunos prefieren una fecha más tardía (427-428).

[2] Nouvelle approche de la Règle de Saint Augustin, Bellefontaine 1980, p. 206. El texto es De ordine 2,8,25: BAC 10, pp. 760-761; y 2,19,51: BAC 10, pp. 792-793. Ver Sol. 1,10,17: BAC 10, pp. 522-525.

[3] Para la comparación detallada de las dos obras ver L. Verheijen, Nouvelle... pp. 201 s.

[4] De op. mon. 25,32:  BAC 121, pp. 750-753 (cf. 21,25: BAC 121, pp. 740-743); ver Enarr. in Ps. 131,5-6: BAC 264, pp. 441-443; Ep. 211,2: BAC 99, pp 990-991.

[5] Ep. 48,3 (a Eudosio abad, ¿año 398?): BAC 69, pp. 282-285. Ver Ep. 130 (a Proba, año 411/12): BAC 99, pp. 52-87; De serm. Dom. in monte 2,3,14: BAC 121, pp. 900-903; Enarr. in Ps. 37,13-14: BAC 235, pp. 666-668.

[6] Sermo 210,4: BAC 447, pp. 124-125. Ver De bono vid. 21,26: BAC 121, pp. 274-275; Enarr. in Ps. 31,2,5-8: BAC 235, pp. 390-396; Sermo 88,5-7: BAC 255, pp 264-269; Sol. 10,17-12,21: BAC 10, pp. 522-531; Conf. 10,31,43-47: BAC 11, pp. 428-433.

[7] De sancta virg. 8,8: BAC 121, pp. 146-149. Ver De beata vita 1,4: BAC 10, pp. 626-629; De Gn c. Man. 1,19,29 y 20,30: BAC 168, pp. 464-469; De serm. Dom. in monte 1,15-40-42: BAC 121, pp. 830-835.

[8] Sermo 350 A 4 (Mai 14): BAC 461, pp. 170-171. Ver Sermo 367: BAC 461, pp. 414-417; Sermo 113 B (Mai 13): BAC 95, pp. 528-533; Sermo 113 A (Denis 24): BAC 95, pp. 534-559.

[9] Enarr. in Ps. 99,12: BAC 255, pp. 601-602. Cf. Enarr. in Ps. 78,8-9: BAC 255, pp. 94-97; Enarr. in Ps. 132,4: BAC 264, pp. 466-468; Ep. 78,8-9: BAC 69, pp. 474-479; Sermo 82,4-10: BAC 53, pp. 608-619; Semo 114: BAC 95, pp. 560-567.

[10] Exp. ep. ad Gal. 56-57: BAC 187, pp. 180-184. Ver Ep. 211: BAC 99, pp. 990-993; De civ. Dei 19,14: BAC 171-172, pp. 1400-1403; In Ioann. 124,5: BAC 165, pp. 746-751; In Ioann. ep. 10,7: BAC 187, pp. 355-357.

[11] De ordine 2,19,51: BAC 10, pp. 792-793. Ver Sol. 1,10,17: BAC 10, pp. 522-525.