REGLA DE SAN BASILIO. Traducida al latín por Rufino. Cuestiones 121-130

Cuestión 121[1]

Pregunta: El que consiente en el pecado de otro, ¿es también reo de ese mismo pecado?

Respuesta: 1Esta cuestión es manifiesta por las palabras del Señor que dijo a Pilato: El que me ha entregado a ti es culpable de un pecado más grande (Jn 19,11). 2De esto se deduce que Pilato, dando su consentimiento a los que entregaron al Señor, cometió un pecado, si bien menor que el de ellos. 3Esto se muestra también en el hecho de que Adán accedió y consintió con Eva, que había accedido a la serpiente (cf. Gn 3,6). 4Ninguno de ellos fue juzgado inocente ni quedó impune. Y también lo demuestra la misma indignación que Dios tuvo contra ellos. 5Pues cuando Adán para excusarse alegó: La mujer que me diste por compañera me dio y comí (Gn 3,12). 6Porque oíste, dijo Dios, la voz de tu mujer y comiste del árbol que te había prohibido, el único del que no debías comer, maldita será la tierra en tus trabajos (Gn 3,17)[2].

 

De un modo llamativo, se interrumpen las respuestas en general más bien breves, para dar lugar a un desarrollo bastante amplio. El tema: la corrección de los hermanos que pecan.

Basilio responde con argumentos exclusivamente tomados de la Escritura. Primero del NT, que ordena corregir y enseña cómo hacerlo. Luego del AT, para indicar los males que acarrea la omisión de la corrección. Para concluir recurriendo a la autoridad del apóstol Pablo, que enseña a no pasar por alto la obligación del servicio de la corrección fraterna.

Cuestión 122[3]

Pregunta: Ante los hermanos que pecan, ¿hay que callar y consentir en ello?

Respuesta: 1Que esto no se debe hacer es manifiesto por el precepto mismo del Señor, cuando dice en el Antiguo Testamento: Reprende a tu prójimo, y no cargarás con su pecado (Lv 19,17). 2Y en el Evangelio dice: Si tu hermano pecara contra ti, vé y repréndelo a solas[4]. 3Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Pero si no te escucha, toma contigo a uno o dos, para que por boca de dos o tres testigos se decida todo el asunto (Dt 19,15). 4Pero si tampoco los escucha a ellos, dilo a la Iglesia. Y si ni aun escucha a la Iglesia, sea para ti como un gentil y un publicano (Mt 18,15-17). 5Cuánta es la gravedad de este pecado lo conocemos en primer lugar por la sentencia del Señor que dice: El que no cree en el Hijo no tendrá vida eterna, sino que la ira de Dios permanecerá sobre él (Jn 3,36); 6después, por los hechos narrados ora en el Antiguo ora en el Nuevo Testamento.

7Cuando Acán[5] robó el lingote de oro, la ira de Dios se encendió contra todo el pueblo. Sin embargo, el pueblo no sabía nada de este pecado que él había cometido, hasta que se hizo manifiesto y (Acán) tuvo que soportar con toda su casa aquel horrible y famosísimo castigo (cf. Jos 7,20-26). 8También el sacerdote Helí[6], cuando no calló los pecados de sus hijos, que eran hijos de perdición, antes bien con frecuencia los había amonestado y castigado diciendo: 9No hagan esto, hijos, no oigo cosas buenas de ustedes (1 S 2,24), y lo demás; aunque había reprendido el pecado y les había recordado el juicio de Dios, 10con todo, como no los castigó ni se encolerizó contra ellos movido por un digno celo de Dios, provocó en tal grado la ira de Dios, 11que también todo el pueblo fue destruido junto con sus hijos, y el arca de la alianza fue robada por los extranjeros; y él mismo, después de la ruina de todos, sufrió una muerte miserable (cf. 1 S 2,22—4,18).

12Ahora bien, si tanto se encendió la ira de Dios contra el pueblo ignorante del pecado de uno solo y contra el padre que había reprendido y amonestado a sus hijos por su pecado, 13¿qué puede esperarse de los que conocen los delitos de otros y los callan y no aplican ninguna clase de corrección? 14Respecto a éstos conviene observar lo que el Apóstol dice a los Corintios: ¿Por qué no se han puesto de luto para que fuera quitado de en medio de ustedes al que hizo esta acción? (1 Co 5,2) y lo demás. 15O bien: He aquí lo que ha producido entre ustedes esa tristeza según Dios: ¡qué solicitud, qué disculpas, qué indignación, qué temor, qué deseo, qué emulación, qué castigo! (2 Co 7,11) 16Por lo cual deben temer, no sea que también ellos sufran ahora una muerte parecida a la de los antiguos, los que obran con negligencia semejante y, sin duda, grave, porque es más pernicioso despreciar la ley de Cristo que la ley de Moisés (cf. Hb 10,28 ss.)[7]. 17A éstos se les puede aplicar lo que está escrito: Caín fue vengado siete veces; Lamec, setenta veces (Gn 4,24).

 

Un sintético tratado de vida espiritual en esta breve respuesta: compunción -regalo divino-, deseo, temor de Dios, conocimiento de sí mismo, confesión de las faltas cometidas, la misericordia del Señor. Basilio relaciona todas estas importantes realidades de nuestra existencia cristiana, y nos regala un estupendo itinerario del retorno hacia la Casa del Padre.

Cuestión 123[8]

Pregunta: ¿Por qué a veces el alma, aun cuando no se esfuerce lo suficiente, sin embargo, cae espontáneamente en cierto género de dolor del corazón y en la compunción del temor de Dios; y otras veces, el alma experimenta tanta seguridad e indiferencia que, aunque el hombre se exija, no puede alcanzar ningún dolor o compunción del corazón?

Respuesta: 1Tal compunción proviene de un don de Dios, para provocar el deseo; a fin de que gustando el alma la dulzura de tal compunción y dolor, se vea estimulada e invitada a imitar una gracia semejante[9]. 2Se nos muestra así que si ésta es dada también a los que se esfuerzan lo suficiente, cuánto más se le dará a los que desean y trabajan por estar siempre en la compunción del temor de Dios, 3y para que sean inexcusables los que por negligencia pierden la misma gracia. 4El hecho de que a veces nos exigimos a nosotros mismos y no podemos obtener, indica que en otro tiempo hemos sido muy negligentes. 5Pues no es posible que quien nunca se ejercitó ni en las meditaciones ni en los preceptos divinos, llegue súbitamente a la oración y obtenga de inmediato lo que pide. 6Y con esto se muestra que esa alma está gravada con otros vicios y pasiones que la dominan hasta el punto de no permitirle usar su libertad para lo que quiere, 7según lo que explica el Apóstol diciendo: Yo soy carnal, vendido al pecado: porque no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco (Rm 7,14-15). 8Y de nuevo: Pero no soy yo el que obra eso, sino el pecado que habita en mí (Rm 7,17)[10]. 9Dios permite que nos suceda esto para nuestra utilidad, para que por esas mismas cosas que el alma sufre contra su voluntad, alguna vez se corrija y se convierta a Aquél que la libra de sus cargas[11]; 10y así se conozca a sí misma y vuelva en sí, y comprenda que está retenida en las redes del diablo[12]. 11En ellas cayó por su culpa y ahora cual cautiva, no hace lo que quiere, sino que hace aquello que aborrece[13]. 12Pero si se convierte al Señor que la librará de este cuerpo de muerte, de inmediato hallará misericordia, si hace penitencia íntegramente y de todo corazón[14].

 

Cuestión 124[15]

Pregunta: ¿Cómo nos haremos dignos de ser partícipes del Espíritu Santo[16]?

Respuesta: 1Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó diciendo: Si me aman, guarden mis mandamientos y yo rogaré al Padre, y les dará otro Paráclito, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir (Jn 14,15-16). 2Por tanto, hasta que no observemos todos los mandamientos del Señor y no seamos tales que él mismo dé testimonio de nosotros diciendo: Ustedes no son de este mundo (Jn 15,19), no podemos tener parte en el Espíritu Santo[17].

 

Cuestión 125[18]

Pregunta: ¿Quiénes son los pobres de espíritu (Mt 5,3)?

Respuesta: 1El Señor dice algunas veces: Las palabras que les he dicho son espíritu y vida (Jn 6,63); 2y otras veces: El mismo Espíritu Santo les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho (Jn 14,26). Pues no hablará de sí sino que les hablará sobre todo lo que ha oído (Jn 16,13). 3Estos son los pobres de espíritu, los que no son pobres por otra causa sino por la doctrina del Señor que dice: Ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21). 4Pero si alguien es lo que es porque se lo ha impuesto la pobreza, según la voluntad del Señor, la sobrelleva y obra como Lázaro (cf. Lc 16,19 ss.), tampoco éste será ajeno a la bienaventuranza, 5porque el Señor manda: No estén preocupados por lo que van a comer o beber o por lo que van a ponerse (Mt 6,31)[19].

 

Cuestión 126[20]

Pregunta: ¿Hasta dónde obliga la observancia de un mandamiento, o cómo se lo puede cumplir?

Respuesta: 1La observancia de un mandamiento es hasta la muerte, porque también el Señor se hizo obediente hasta la muerte (Flp 2,8)[21]; y se puede cumplir porque cada uno tiene el deseo y el amor de Dios. 2El Señor cuando excluyó la solicitud por las cosas del mundo, agregó inmediatamente la esperanza de la promesa, diciendo: Su padre sabe de qué tienen necesidad antes que se lo pidan (Mt 6,8; cf. 6,31 ss.). 3Y el Apóstol dice: Nosotros mismos llevamos dentro de nosotros una sentencia de muerte, para que no confiemos en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos (2 Co 1,9). 4Por tanto, según nuestro propósito y la disposición del alma, morimos cada día, pero somos salvados por voluntad de Dios[22]. 5Por eso el Apóstol decía con plena confianza: Como moribundos, pero he aquí que vivimos (2 Co 6,9). 6A este respecto ayuda también, acerca de los mandamientos de Dios, un espíritu más ardiente y un deseo insaciable: el que está urgido por él, no tendrá reposo ni tiempo para ocuparse de las prácticas o actos corporales.

 

Cuestión 127[23]

Pregunta: Por tanto, si no hay que tener solicitud con respecto a los usos necesarios para la vida[24], y hay otro precepto del Señor que dice: Trabajen por el alimento que no perece (Jn 6,27), ¿es superfluo trabajar con las propias manos[25]?

Respuesta: 1El mismo Señor en otro lugar explicó su precepto, pues allí dice que no hay que buscar nada para la vida, cuando afirmó: 2No busquen qué comerán o qué beberán; esto lo buscan todos los paganos de este mundo (Lc 12,29-30), y agregó: Busquen el reino de Dios y su justicia (Mt 6,33). 3E indicó cómo hay que buscar; pues cuando dijo: No trabajen por el alimento que perece, agregó: sino por el que permanece para la vida eternaI (Jn 6,27). 4Y qué significa esto lo muestra en otro lugar diciendo: Mi comida es hacer la voluntad del que me envió, el Padre (Jn 4,34)[26]; la voluntad del Padre es dar alimento a los hambrientos, bebida a los sedientos; cubrir a los desnudos y otras cosas semejantes[27]. 5Además, es necesario imitar al Apóstol que dice: Les he mostrado todas estas cosas porque hay que socorrer a los enfermos con nuestro trabajo (Hch 20,35). 6Y de nuevo enseña: Más bien trabaje cada uno con sus manos en lo que es bueno, a fin de poder dar a los que sufren necesidad (Ef 4,28). 7Por tanto, cuando el Señor, o en el Evangelio o por medio del Apóstol nos enseña esto, es manifiesto que no debemos estar solícitos ni trabajar para nosotros mismos, 8sino que por causa del mandamiento del Señor y la necesidad de nuestros prójimos, debemos estar atentos y trabajar con mayor atención. 9Máxime porque el Señor recibe como hecho a sí mismo lo que hacemos a sus servidores, y promete el reino de los cielos por tal servicio[28].

 

Cuestión 128[29]

Pregunta: Si uno en su corazón está preocupado por el alimento y luego se da cuenta y se lo reprocha, ¿será juzgado también él como quien piensa en tales cosas[30]?

Respuesta: 1Si esto sucede fuera de los momentos en que naturalmente somos impulsados a buscar alimentos por la necesidad del hambre, es claro que esta es señal de una mente dispersa y de un alma preocupada por las cosas presentes, desidiosa y negligente respecto a la voluntad de Dios. 2Pero tiene cerca la misericordia de Dios, y por lo mismo que se dio cuenta y se lo reprochó es liberada de la mancha de la culpa, pero con tal que tenga cuidado de no recaer en esos pensamientos, 3acordándose de la palabra del Señor que dice: Mira, has sido curado. No peques más, para que no te suceda algo peor (Jn 5,14). 4Pero si es el tiempo en que naturalmente somos impulsados a buscar alimento, y la mente, ocupada en cosas mejores desdeña y desprecia a los inferiores, no habrá que reprocharle el recuerdo de los alimentos, sino alabarle su desprecio.

 

Cuestión 129[31]

Pregunta ¿Es lícito tener otra túnica para la noche, de pelo de cabra o de cualquier otra materia?

Respuesta: 1La túnica de pelo de cabra se usa en tiempos determinados[32], no por la necesidad del cuerpo, sino que ha sido creada como vestido para la aflicción del cuerpo y para humillación del alma. 2Y puesto que la palabra divina prohíbe tener dos túnicas, ¿cómo podremos recibir la segunda, sino para el uso que acabamos de mencionar[33]?

 

Cuestión 130[34]

Pregunta: ¿Le está permitido al que sirve elevar la voz, es decir hablar a gritos[35]?

Respuesta: 1El volumen de la voz debe medirse según la posibilidad del oyente. Si la voz fuera más débil y más baja de lo que requiere el asunto, parecerá más bien un murmullo o un susurro que una palabra. 2Pero si es más fuerte de lo que requiere el asunto, y de lo que puede oír aquel a quien se habla, aunque sea poco lo que se dice, ya no será voz sino grito. 3A menos que tal vez nuestro interlocutor tenga dificultad para oír y la necesidad nos obligue a gritar[36]. 4Por eso también está escrito del Señor: Jesús gritaba diciendo: El que cree en mí no cree en mí sino en aquél que me envió (Jn 12,44). 5Se dice que gritaba por aquellos cuyo oído interior era sordo y estaba cerrado[37].

 


[1] Cf. PR 46 (cols. 1112 C-1113 A).

[2] “El único del que no debías comer”. El agregado de “único” (conforme a la versión de los LXX), subraya la gravedad de la desobediencia (Neri, p. 361, nota 145).

[3] Cf. PR 47 (cols. 1113 A-1116 A).

[4] “El Señor dice en el AT… y en el Evangelio”: la expresión subraya la unidad de los dos Testamentos en la persona del único Revelador; análogamente para la unidad interna del NT, cf. De Bapt. II,7 (pp. 352-355): “Nuestro Señor Jesucristo ha dicho, él mismo, en los Evangelios y mediante el Apóstol”; ver PR 207 (col. 1221A); Neri, p. 361, nota 148.

[5] Akán en la Biblia de Jerusalén.

[6] Cf. Rule, 122, nota 124.

[7] “… En el AT, todo sucedía ‘en forma de tipo’ (en figura); (por ende), los que viven en la ‘manifiesta superioridad’ del NT deben ‘cuidar más atentamente su alma’, sabiendo que las transgresiones cometidas serán castigadas más severamente” (Neri, p. 362, nota 157); ver Mor. 1,1 (col. 700 B); De Bapt. I,2 (pp. 162-165).

[8] Cf. PR 16 (cols. 1092 C-1093 B).

[9] La dulzura de la compunción y dolor”, se trata de la tristeza según Dios, totalmente diversa de la tristeza mundana. Probablemente san Basilio nos presente aquí uno de los primeros enunciados de la “doctrina de la tristeza (o compunción) gozosa” (Neri, p. 346, nota 67). Ver Juan Clímaco, Escala del paraíso VII,11: “Conserva con todas tus fuerzas esta bienaventurada y alegre tristeza de la santa compunción y nunca ceses de ejercitarte en ella, hasta que elevado por encima de las cosas de este mundo, te presentes puro delante de Cristo” (trad. Isabel Gil Almolda y Mauro Matthei, osb, San Juan Clímaco. La escala espiritual o escala del paraíso, Zamora, Eds. Monte Casino, 1990, p. 122 [Colección Espiritualidad monástica: fuentes y estudios, 22]).

[10] Cf. Mor. 23 (Rm 7,14-20); PG 31,741 C-744 A.

[11] Cf. Ez 18,23; 33,11.

[12] Cf. 1 Tm 3,7; 6,9; 2 Tm 2,26.

[13] Cf. Rm 7,15.

[14] Ver Rm 7,24-25 (de Vogüé). La PR 13 (col. 1089 C) dice: “… No es tiempo de desesperación, sino de reconocimiento de la misericordia y de reprobación de los pecados; puesto que la remisión de los pecados, como está escrito (Mt 26,28), ya ha sido dada en la sangre de Cristo”. “Hace penitencia íntegramente y de todo corazón”, tiene aquí el sentido de convertirse, arrepentirse (ton metanooynton en el texto griego de la PR). “Basilio entiende el término en su sentido integral de conversión interior que se expresa en las obras, o mejor todavía, en los frutos de la penitencia (cf. Lc 3,8 y paralelos)”; Neri, p. 347, nota 73.

[15] Cf. PR 204 (col. 1217 BC).

[16] Cf. Hb 6,4. A. M. Silvas señala que Basilio enfrenta “las pretensiones místicas de los eustacianos y pre-mesalianos” a la “concreta obediencia joánica a los mandamientos” (Rule, 124, nota 125). Cf. RBas 2,2 y 168.

[17] Ver GR 5 (col. 920 D); De spir. sanct. 22,53 (p. 442).

[18] Cf. PR 205 (col. 1217 CD).

[19] Ver PR 262 (col. 1260 C). Esta cita es parte de la introducción a la siguiente Cuestión tanto en el texto griego como en el siríaco. RBas lo ha anexado erróneamente a la Cuestión 125 (Rule, 125, nota 127).

[20] Cf. PR 206 (col. 1220 AB).

[21] “Hasta la muerte”: ver RBas 65.

[22] Cf. 1 Co 15,31.

[23] Cf. PR 207 (cols. 1220 B-1221 A).

[24] Cf. Mt 6,31 (Rule, 127, pregunta).

[25] Los mesalianos abogaban por una forma de vida que no exigiera la dependencia del trabajo manual. Basilio ataca el error subrayando con realismo la necesidad del servicio a los pobres (Rule, 127, nota 128).

[26] Cf. Jn 6,38 ss.; Mt 25,35; De bapt. I,1 (pp. 124-127): “Es costumbre del Señor transmitir con claridad, mediante lo que ha dicho en otros lugares, lo que en un cierto pasaje es prescrito de modo definitivo”.

[27] Cf. Mt 25,35-36 (Rule, 127, v. 4).

[28] Cf. Mt 25,40. “Servidores”: parece referirse especialmente a los bautizados, ver PR 302 (col. 1296 C).

[29] Cf. PR 17 (col. 1093 BC).

[30] Cf. Mt 6,25 (Rule, 128, pregunta).

[31] PR 90 (col. 1145 AB).

[32] Cf. Casiano, Instituciones 1,2 (Rule, 129, nota 129).

[33] Cf. Mt 10,10; Mc 6,9. “Se trata del acostumbrado procedimiento basiliano: una vez que ha citado la Escritura en la clara enunciación de un precepto, no queda más espacio para la libre determinación del arbitrio del hombre” (Neri, p. 385, nota 302). Ver RBas 98; 185; PR 101 (col. 1153 A).

[34] PR 151 (col. 1181 BC).

[35] Cf. Ef 4,31.

[36] Ibid.

[37] Ver Sal 94 [95],8.