INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [78]

6.3. Los Padres del Jura

Vida de los Padres del Jura

(I.2). Organización de la vida monástica

10. Pues bien, tras hacerse con semillas y con una azada, comenzó aquel santo varón, entre rezos y lecturas frecuentes, a cubrir, con el trabajo de sus manos de acuerdo con la institución monástica, las necesidades más elementales de alimentos; teniendo de todo, porque nada necesitaba, gastando lo suficiente, porque en absoluto sobrepasaba lo que debe gastar un pobre, no avanzando demasiado, ni volviendo sus pasos hacia atrás, oraba sin cesar como eremita y trabajaba como auténtico monje que ha de sustentarse con su propio alimento.

11. Él había conocido en efecto, antes de profesar la vida religiosa a un varón venerable, llamado Sabino, abad de Entrerríos de Lyon[1], y su laboriosa regla y la vida de sus monjes; y ahora, cual una abeja que liba de flor en flor, tras haber tomado de cada flor el líquido más perfecto, estaba recordando lo que antes había aprendido. Incluso de aquel monasterio, sin manifestar previamente cuál era su santa ambición, se llevó pidiéndolos con elegante insistencia, o bien adquirió, comprándolos, un libro de Vidas de santos padres y unas extraordinarias Instituciones de abades[2].

 

(I.3). Incorporación de Lupicino y otros monjes

12. Cuando este imitador del viejo Antonio[3] llevaba ya disfrutando durante mucho tiempo de una vida de ángeles en el citado lugar y no disfrutaba de otra vista, si exceptuamos la contemplación del cielo, la de las fieras y, raramente, la de los cazadores, su venerable hermano Lupicino -abad cuya vida escribiré después-, menor que él por nacimiento, pero no menor, con el paso del tiempo, en santidad, aconsejado de noche en sueños por su hermano, tras dejar por amor a Cristo a la hermana y madre que ya antes había dejado el santo Román, se dirigió a la choza de su hermano y abrazó ardientemente su forma de vida: iba a suceder sin duda, como la realidad de los hechos se encargó después de demostrar, que en aquel pequeño nido, es decir, en aquel rincón retirado del desierto, ellos dos, como un par de tórtolos o dos pichones de palomas (cf. Lc 2,24; Lv 5,7; 12,8), iban a dar a luz en casto alumbramiento, para los monasterios e Iglesias de Cristo, una prole espiritual, concebida en concreto por inspiración del Verbo divino.

13. Entonces, dos jóvenes clérigos del municipio de Nyon, tras llegar a sus oídos la fama y formas de vida de los dos santos, no sin gran peligro, aunque su fe estaba por encima de los peligros, llegan vagando, desde aquella parte intransitable, desorientados aquí y allá por lugares solitarios, al lugar de aquellos santos se dice que el santo abad Román había predicho el día antes a su hermano la llegada inminente de éstos con estas palabras: “Dos jóvenes arrastrados por el deseo de la imitación, van a llegar mañana a nuestro lado, de los cuales, el mayor, tras perder a su esposa, practica la continencia, Y el otro conserva intactos los privilegios de la virginidad”.

Y como aquel, por así decir, vivero de santos apenas podía ya contener a los que se sumaban, no lejos del árbol, en una pequeña colina de suave inclinación, donde actualmente está, como recuerdo, el oratorio privado, construyeron para ellos unos habitáculos y la prepararon para los que vinieran después, cepillando y puliendo cuidadosamente vigas de madera.

 

(I.4). Irradiación de la comunidad monástica

14. En el interín la fama de estos santos se había extendido tanto a lo largo y a lo ancho, que el flagrante olor de esa buena fama animaba a turbas de creyentes a huir del mundo, detestando su hediondez, para ofrecer al señor la gracia de la renuncia y de la perfección.

Algunos llegaban para ver las maravillas de esta institución y llevar a su casa el buen regalo del ejemplo.

15. Otros llevan allí incluso, para que sean curados con la oración de los santos y con su propia fe, a personas aquejadas de demonios y de otros fantasmas diabólicos; también a locos y paralíticos. De ellos, muchos, tras recuperar la salud, volvieron a sus casas, mientras que otros, compungidos al momento, permanecieron en el monasterio ayunando y haciendo vigilia, para después, en un admirable cambio de papeles, expulsar ellos mismos, en menos tiempo del que se tarda en decirlo, al diablo, con sus satélites y servidores, de los poseídos, y para que los que lo veían dijeron aquello: “Este es el auténtico cambio de la Diestra del Supremo” (Sal 76 [77],11).

[Nuevas fundaciones]

16. Y cuando aquella santa comunidad, salida de los dos fundadores, cual mies abundante destinada a llenar el granero del Señor y todavía no manchada con el pecado de la cizaña, creció unida en la fe y en la caridad hasta el punto de que se veía que aquel continente apenas podía ya contener a los allí contenidos[4], empezaron a partir de allí a salir, cual de una colmena llena de abejas, con el soplo del Espíritu Santo, multitud de venerables padres, de manera que, no solo los lugares apartados de los Sequanos, sino también otros muchos territorios apartados entre sí a lo largo y a lo ancho, se llenaron, con la difusión de la gracia de esta divina prole, de monasterios e iglesias, pero quedando claro esto: que en aquella fuente de la cual habían nacido los riachuelos de estas nuevas fundaciones, permaneció, vieja sin duda, pero siempre pura y renovada, la institución de los dos maestros.

[Diferencias entre Román y Lupicino]

17. En efecto, ambos padres se superaban el uno al otro, con cualidades, las de uno y otro, complementarias y necesarias, en el arte de dirigir y gobernar. Y es que, de la misma forma que el santo Román era misericordioso y respetuoso con todos, así el otro se mostraba más severo, en la corrección y dirección, tanto para los demás, como para sí mismo. Román era espontáneamente indulgente con los culpables sin esperar a que pidieran perdón; el otro increpaba con fuerza para que la repetición de faltas leves no llevara al pecado. Román, imponiendo a los hermanos solo las privaciones que su voluntad anímica permitía soportar; Lupicino, ofreciéndose a todos como ejemplo, no permitía que ningún hermano rechazara lo que, con la ayuda de Dios, podía hacer.

 

(I.5). Hilario de Arlés confiere el presbiterado a Román

18. Llegada la fama de los citados padres a san Hilario, obispo de Arlés, éste, enviando clérigos a tal efecto, hizo venir al santo Román a su lado no lejos de la ciudad de Besançon; y ensalzando con muy apropiadas alabanzas la iniciativa y la vida de éste le confirió el honor del presbiterado y le dejó volver, con honor, al monasterio. Bien es sabido que este Hilario, frente al venerable Celedonio, patriarca de la citada metrópolis, con el poderoso apoyo del patricio y del prefecto, reivindicando para sí mismo indebidamente el mando sobre todos los obispos de la Galia, expulsó a dicho Celedonio sin ninguna razón de la sede episcopal[5].

19. Convicto, en audiencia del santo Papa León de Roma, de haber actuado mal restablecido incluso Celedonio en su sede, Hilario fue oficialmente reprendido con la autoridad apostólica por abuso ilícito de poder. Se conserva, en fin, incorporada en los cánones, una carta decretal que, con el examen de los hechos, envió, a raíz de los mismos, el citado y venerable Papa a los obispos de la Galia, en la cual restituyó a los metropolitanos de la Galia su antiguo privilegio, aniquilando las vanas pretensiones de Hilario.

 

(I.6). Humildad de Román

20. Pues bien, vuelto, como dijimos, el santo Román al monasterio, consagrado ya como sacerdote, no se olvidó de su anterior forma de vida, sino que ocultaba, con la humildad de monje, la autoridad del ministerio clerical, de forma que, en el día solemne, a duras penas era obligado por los hermanos a colocarse en lugar superior para presidir el sacrificio. El resto de los días, mostrándose como un monje a los monjes, nada sobresalía en el que tuviera relación con su dignidad sacerdotal.

21. Pero a mí, al recordar esto a propósito de este santo varón, me vienen a los ojos de mi memoria aquellos que, tras iniciarse en la vida monástica, cuando llegan por rabiosa ambición al ministerio clerical, inflados inmediatamente por el coturno de la soberbia, se levantan, perfumados y aseados, no solo por encima de sus iguales en edad, aunque más dignos que ellos, sino por encima incluso de los monjes viejos y ancianos; y sin conocer siquiera los primeros y sencillos rudimentos de la ciencia, pretenden enseñar desde su cátedra o desde su sacerdocio ellos que por la vanidad y levedad de su juventud, tendrían todavía que ser golpeados con varas.

 


[1] Posiblemente algún monasterio de los islotes del Saona, como el de Île-Barbe.

[2] Román murió en el año 463, podría tratarse, por tanto, de las Conferencias e Instituciones de Juan Casiano; o de alguna antigua versión latina de los Apotegmas, desconocida para nosotros. También puede pensarse en alguna de las traducciones de textos monásticos realizadas por Rufino de Aquileya y san Jerónimo. Cf. SCh 142, pp. 252-253, nota 1.

[3] Se trata de san Antonio abad, cuya Vida escribió san Atanasio a mediados del siglo IV.

[4] Vix recepta recipere posse receptos.

[5] Es claro que al autor de la Vida de Román no simpatizaba con san Hilario de Arlés. Y por ello trae al recuerdo el enfrentamiento de este último con el papa León Magno a propósito de la deposición de Celedonio.