LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (87)

Capítulo quincuagésimo séptimo: Los artesanos del monasterio

Los artesanos que pueda haber en el monasterio, ejerzan con humildad sus artes, si el abad se lo permite. Pero si alguno de ellos se engríe por el conocimiento de su oficio, porque le parece que hace algo por el monasterio, sea removido de su oficio, y no vuelva a ejercerlo, a no ser que se humille, y el abad lo autorice de nuevo.

Si hay que vender algo de lo que hacen los artesanos, los encargados de hacerlo no se atrevan a cometer fraude alguno. Acuérdense de Ananías y Safira, no sea que la muerte que ellos padecieron en el cuerpo, la padezcan en el alma éstos, y todos los que cometieren algún fraude con los bienes del monasterio.

En los mismos precios no se insinúe el mal de la avaricia. Véndase más bien, siempre algo más barato de lo que pueden hacerlo los seglares, “para que en todo sea Dios glorificado” (Capítulo 57, versículos 1-9).

Equivalente exacto y apenas más breve de un capítulo del Maestro (RM 85), este fragmento denota nuevas preocupaciones, propias de san Benito. El tema principal y casi único del Maestro era la disminución del precio de venta, a la cual agregaba, para terminar, las precauciones contra la deshonestidad de los vendedores. Estas dos cuestiones son tratadas por Benito en orden inverso, en su segundo y tercer parágrafo. Enteramente nuevo, al contrario, es el primer parágrafo benedictino, con su preocupación característica de la humildad. El conjunto del capítulo recibe una orientación nueva, inscrita en el mismo título: en lugar de tratar sobre la venta de los productos artesanales (RM 85, título), tiene por objeto a “los artesanos del monasterio”. Más que las cosas, a Benito le interesan las personas.

Obediencia y humildad: estas dos virtudes maestras del monje son puestas de relieve, una vez más, en las primeras líneas del texto. Ellas van más allá de todo provecho pecuniario. Primacía de lo espiritual: se perderá dinero de ser necesario, antes que perder un alma. Esta renuncia a la ganancia, adelanta el desinterés con el que será tratado finalmente, el tema de las ventas.

En los monasterios pequeños del Maestro, los artesanos vendían ellos mismos lo que fabricaban. Con dos fórmulas generales que dejan entrever a los intermediarios, Benito dirige sus advertencias a “todos aquellos” a quienes concierne la venta. Él innova también evocando a Ananías y Safira (Hch 5,1-11). El Maestro se contentaba con pedir honestidad e imponerla con medidas prácticas. Omitiendo estas últimas, Benito hace la petición más urgente, fundándola en un ejemplo de la Escritura.

En cuanto a la descripción final, esta rebaja caritativa en los precios supone evidentemente un contexto económico diferente del nuestro. En tiempos del Maestro y de Benito, la abundancia no reinaba como en nuestros días, y la venta a precios de oferta no era un procedimiento para atraer público sino una prueba de generosidad. A este respecto, Benito marca además una ligera diferencia en relación con su predecesor: se disminuye el precio corriente sólo “un poco”.

Aparte de esta restricción, debida sin duda a las dificultades económicas del ese tiempo -los terribles años de la guerra entre Bizancio y los Godos-, la Regla benedictina hace suyo el bello renunciamiento del Maestro. Para la comunidad entera, como para cada uno de sus miembros, lo espiritual es lo primero. La hermosa máxima escriturística con la que Benito cierra su capítulo expresa esa preocupación prioritaria de “glorificar a Dios” (1 P 4,11). A diferencia de los malos monjes descriptos por san Jerónimo, que aprovechaban su estatus religioso para aumentar sus precios (Epístola 22,34,2), los verdaderos servidores de Dios rebajan los suyos porque hay mayor felicidad en dar que en recibir.