INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [68]

6.1. San Martín de Tours (+ 397)

Traducción de la Vida de San Martín de Tours escrita por Sulpicio Severo

 

VII. Los engaños del diablo

(Lucha contra las ilusiones de Satán)

1. Festín en la casa del emperador Máximo

20,1. Añadamos todavía algún relato de menor importancia. En nuestros tiempos la depravación y la corrupción son tales que es excepcional que un obispo no trate de quedar bien con el rey. Sucedió pues que alrededor del emperador Máximo, hombre de temperamento feroz, exacerbado aún más por su triunfo en las guerras civiles, se habían congregado muchos obispos venidos de diversas partes del mundo. Era visible la torpe adulación de todos hacia el príncipe, posponiendo, por falta de valor, la dignidad sacerdotal a la condición de clientes del soberano. Solamente en Martín subsistía la dignidad de los apóstoles, 20,2. de modo que cuando tuvo que interceder por algunas personas lo hizo más exigiendo que rogando. A pesar de las frecuentes invitaciones a comer con él que le hacía el príncipe, se negaba alegando que no podía participar de la mesa de aquel que había quitado a un emperador el reino, y a otro, la vida. 20,3. Por último Máximo afirmó que él no había asumido el poder por su propia voluntad, sino que se había visto obligado a defender con las armas el reino que por designio divino le había sido impuesto por los soldados; que le parecía que la voluntad de Dios no podía oponerse a un hombre que había obtenido una victoria tan increíble; y que ninguno de sus enemigos había muerto fuera de los campos de batalla. Martín se dejó convencer por sus razones y ruegos y asistió a una comida-con gran alegría del rey que había conseguido que fuera. 20,4. Como si se tratara de un día de fiesta, estaban invitadas allí ilustres personalidades: el prefecto y cónsul Evodio, varón justo como ninguno, dos condes investidos de los más altos poderes, y el hermano y el tío del rey. Entre estos se había ubicado el presbítero que acompañaba a Martín, y él ocupaba un lugar al lado del rey. 20,5. Hacia la mitad del banquete un servidor, como es costumbre, presentó una copa al rey. Este mandó dársela al obispo, esperando y deseando recibir la copa de su mano. 20,6. Pero Martín, después de beber, entregó la copa a su presbítero, estimando que nadie era más digno que éste de beber después de él, y que no hubiera estado bien dársela primero al rey en persona o a alguno de los personajes que estaban a su lado. 20,7. Semejante gesto admiró tanto al emperador y a los presentes, que se sintieron complacidos por aquel mismo acto que los había desairado. Y fue muy notorio en todo el palacio que Martín había hecho en un banquete real lo que ningún obispo se hubiera animado a hacer en una comida de modestos magistrados.

20,8. A este mismo Máximo, Martín le previno con mucha anticipación que, si se dirigía a Italia, adonde quería ir para hacer la guerra al emperador Valentiniano, debía saber que en un primer tiempo sería vencedor, mas que poco después moriría. 20,9. Y eso fue lo que vimos que sucedió. Pues a la llegada de Máximo, Valentiniano fue puesto en fuga, pero más o menos un año más tarde rehízo sus fuerzas y apresó a Máximo dentro de los muros de Aquilea y lo ejecutó.

 

2. Satanás hostiga a Martín

21,3. Está fuera de duda que en muchas ocasiones Martín recibía la visita de ángeles y conversaba con ellos. También el diablo era patente y visible a sus ojos, y lo descubría bajo cualquier forma que se presentara, ya fuera con su propio aspecto, ya fuera transformado en diversas apariencias de maldad. 21,2. Sabiendo el diablo que no podía escapar, lo hostigaba a menudo con injurias, pues no podía engañarlo con sus trampas.

En cierta ocasión el demonio hizo irrupción en su celda con gran estrépito, teniendo en la mano un cuerno de buey empapado en sangre. Luego mostrando su diestra ensangrentada y festejando el crimen que acababa de cometer, le dijo: “¿Dónde está, Martín, tu poder? Acabo de matar a uno de los tuyos”. 21,3. Entonces Martín llamó a los hermanos y les contó lo que le había dicho el diablo, y les mandó que se fijaran con diligencia para ver quién había sido la víctima. Le avisaron que no faltaba ninguno de los monjes, sino sólo un campesino que habían contratado para que trajera leña con el carro y que había ido al bosque. Martín manda a algunos a buscarlo. 21,4. No lejos del monasterio lo hallan casi muerto. Ya a punto de morir cuenta a los hermanos la causa de su herida mortal. Los bueyes estaban uncidos, y él ajustaba las correas que estaban flojas, cuando un buey sacudió la cabeza y le clavó un cuerno en la ingle. Poco después entregó su alma- Ustedes sabrán por qué el Señor dio este poder al diablo, 21,5. pero lo extraordinario es que Martín preveía mucho antes de que acontecieran, no sólo este que acabamos de narrar, sino muchos otros sucesos semejantes, y refería a sus hermanos lo que a él le había sido revelado.

 

3. Disfraces politeístas y controversias teológicas

22,1. Frecuentemente el diablo intentaba engañar al santo con mil artificios y se presentaba ante él bajo aspectos muy diversos. A veces lo hacía con la apariencia de Júpiter, otras con la de Mercurio, y otras también, presentaba el aspecto de Venus o de Minerva. De él Martín, siempre impávido, se protegía con la señal de la cruz y el auxilio de la oración. 22,2. Muchas veces se oían las invectivas con las que la turba de los demonios lo increpaban a grandes voces. Pero sabiendo él que todo aquello era falso y vano, no hacía caso a lo que decían.

22,3. Algunos hermanos afirmaban haber oído al demonio acusar a Martín con palabras y gritos perversos, por recibir en el monasterio a hermanos que en otro tiempo habían perdido la gracia bautismal al aceptar diversos errores, y que luego se habían convertido. El diablo luego enumeraba las faltas de cada uno. 22,4. Pero Martín, haciendo frente al diablo, repuso con firmeza que los delitos pasados son borrados cuando se observa una vida mejor, y que la misericordia de Dios perdona los pecados de los que dejan de pecar. El diablo a su vez lo contradijo diciendo que los culpables no tenían perdón, y que aquellos que habían caído una vez no podían esperar clemencia alguna del Señor. Entonces Martín se expresó en estos términos: 22,5. “Si tú mismo, miserable, dejaras de perseguir a los hombres y te arrepintieras de lo que haces, ahora cuando el día del juicio se aproxima, yo te prometería misericordia, confiando verdaderamente en el Señor Jesucristo”.

¡Oh qué santamente presumió de la piedad del Señor! Y aunque no pudo otorgarla por no tener autoridad sobre ésta, por lo menos expresó sus sentimientos.

22,6. Y puesto que hemos comenzado a hablar del diablo y de sus artimañas, no estará fuera de lugar, aunque me desvíe del tema, contar un suceso donde se manifestó una parte del poder de Martín-Fue un hecho extraordinario, digno de ser recordado como una enseñanza para aprender a ser precavido, si a uno, en cualquier circunstancia, le sucediera algo semejante.

 

4. Falsa mística y falsos profetas

23,1. Un tal Claro, joven de la alta nobleza que llegó a ser luego sacerdote, y que ya alcanzó la vida bienaventurada por una muerte santa, había abandonado todo para irse con Martín. En poco tiempo ascendió a la cumbre de la fe y de todas las virtudes. 23,2. Se había construido una celda no lejos del monasterio del obispo, donde vivía en compañía de muchos hermanos. Vino también a vivir allí un joven llamado Anatolio que, bajo su profesión monástica, aparentaba gran humildad y modestia. Llevó éste durante un tiempo la vida en común que llevaban todos. 23,3. Luego con el tiempo comenzó a decir que solía tener conversaciones con ángeles. Como nadie le hacía caso, aparentaba hacer algunos prodigios para que los hermanos le dieran crédito. Por último, llegó a decir que tenía mensajeros que iban y venían entre Dios y él, y pretendía que lo consideraran como a uno de los profetas. 23,4. Claro, sin embargo, no se dejaba convencer. Entonces Anatolio lo amenazó con la ira del Señor y con castigos inminentes por no dar fe a un santo, 23,5. Se cuenta que le dijo al final: “He aquí que esta noche el Señor me dará una vestidura blanca. Revestido con ella permaneceré entre vosotros, y ésta será la señal de que yo soy un poder de Dios, puesto que habré recibido una vestidura de Dios”.

23,6. Ante esta declaración hubo una gran expectación. A eso de medianoche todo el monasterio pareció estremecerse con un fragor, como el que produciría gente saltando sobre la tierra. La celda donde vivía el joven se veía brillar con muchos resplandores, y se oía el ruido de gente que andaba en ella y el murmullo de muchas voces. 23,7. Luego se hizo silencio; sale el joven, llama a uno de los hermanos de nombre Sabatio y le muestra la túnica que vestía. 23,8. Estupefacto éste, llama a los demás. El mismo Claro también va. Traen una luz y todos miran la vestidura atentamente. Era sumamente suave, de una blancura excepcional y de un brillo resplandeciente. No se podía saber de qué fibra o lana estaba hecha, pero mirada con atención o al tacto de los dedos, era como cualquier otro vestido.

Al ver esto, Claro instó a los hermanos a que se pusieran a orar para que el Señor les mostrara más claramente de qué se trataba. 23,9. Y así pasan la noche entre himnos y salmos. Cuando aclaró el día. Claro tomó a Anatolio de la mano para llevarlo a Martín, pues sabía que el arte del diablo no podía engañarlo. 23,10. Entonces el desgraciado comenzó a resistirse y a clamar diciendo que le estaba prohibido presentarse a Martín. Cuando lo conducían a la fuerza el vestido se desvaneció entre las manos de los que lo llevaban. 23,11. Sin duda alguna era tan grande el poder de Martín, que el diablo no pudo disimular ni ocultar por más tiempo su fantasmagoría cuando iba a ser vista por Martín.

24,1. Es de notar que más o menos por la misma época hubo en España un muchacho que hacía muchos prodigios. La autoridad que había adquirido con esto lo llevó a infatuarse hasta llegar a afirmar que él era Elías. 24,2. Muchos imprudentemente lo creyeron, y él llegó a declarar que era el mismo Cristo. De tai manera engañó que hasta un obispo llamado Rufo lo adoró como a Dios, por lo cual lo vimos luego destituido del episcopado. 24,3. Muchos de nuestros hermanos nos han contado que por ese tiempo hubo en Oriente uno que se jactaba de ser Juan. Podemos suponer por la aparición de esta clase de falsos profetas, que es inminente el advenimiento del anticristo y que obra ya en éstos el misterio de la iniquidad[1].

 

5. Falsa parusía de Satán disfrazado de Cristo Rey

24,4. Me parece que no debo omitir narrar con qué habilidad el diablo tentó a Martín por aquel tiempo. Cierto día en efecto se hizo preceder de una luz brillante y se envolvió él mismo en la luz, para engañarlo más fácilmente con la claridad del resplandor que tomaba. Iba vestido con un traje real, ceñido con una diadema de piedras y oro, y llevaba calzado bordado en oro. Tenía el aspecto sereno y el rostro alegre, de modo que en nada se parecía al diablo. Así se presentó en la celda de Martín cuando éste estaba orando. 24,5. Martín cuando lo vio se quedó estupefacto, y los dos permanecieron largo rato en silencio. El diablo habló primero. “Reconoce -dijo- oh Martín, al que ves: Yo soy Cristo. A punto de descender a la tierra quise manifestarme primero a ti”. 24,6. Pero como Martín callara ante estas palabras y no le dijera nada, el diablo osó repetir la audaz declaración: “Martín, ¿por qué dudas? Cree puesto que ves. Yo soy Cristo”. 24,7. Entonces Martín, a quien el Espíritu Santo había revelado que aquel personaje era el diablo y no el Señor, le dijo: “El Señor Jesús no predijo que iba a venir vestido de púrpura y con una diadema resplandeciente. Yo no creo que Cristo venga así, sino con las vestiduras y el aspecto con que padeció, llevando claramente las huellas de la cruz”. 24,8. Al oír estas palabras, aquél se desvaneció como humo. La celda se llenó de un hedor tal que indicó con certeza que el diablo había estado allí. Este hecho que acabo de narrar lo conocí por boca del mismo Martín. Digo esto para que nadie lo tome por una historia inventada.

 

VIII. La “conversatio” de Martín

(El sacerdote, el asceta, el santo)

1. El maestro

25,1. Hacía ya tiempo que habíamos oído hablar de la fe, de la vida y de la virtud de Martín, y deseábamos vivamente conocerlo, por lo cual emprendimos gustosos una peregrinación para verlo. Como va teníamos en nuestro interior el deseo ardiente de escribir su vida. tratamos de enteramos de ella en parte directamente por él, en cuanto nos fue posible interrogarlo, y en parte por aquellos que vivían con él o que conocían su vida.

25,2. Fue increíble con qué humildad y bondad me recibió en aquella ocasión. Se regocijó mucho y se alegró en el Señor de que lo estimáramos hasta el punto de emprender una peregrinación para verlo. 25,3. Cuando se dignó hacerme participar de su santa comida -apenas me atrevo a decirlo- miserable como soy, fue él quien derramó agua en nuestras manos, y a la tarde fue él quien lavó nuestros pies. No nos atrevimos a negarnos ni a contradecirlo, pues de tal modo se imponía su autoridad que me hubiera parecido un sacrilegio no consentir en ello.

25,4. No nos habló más que de la necesidad de abandonar los atractivos del mundo y las cargas del siglo, para seguir al Señor Jesús. Nos proponía como ejemplo eminente de nuestro tiempo al ilustre varón Paulino, del que más arriba hicimos mención, quien abandonó una cuantiosa fortuna para seguir a Cristo. Era casi el único de nuestro tiempo que había practicado íntegramente los preceptos evangélicos. 25,5. A él había que seguir, a él había que imitar, clamaba Martín. Era una felicidad para la presente generación tener un testimonio de tanta fe y virtud, pues siendo rico y poseyendo muchos bienes vendió todo y lo dio a los pobres, según la palabra del Señor[2], e hizo posible con su ejemplo aquello que parecía imposible de realizar.

25,6. ¡Qué gravedad y qué dignidad había en sus palabras y en su conversación! ¡Qué fuerza y eficacia! ¡Qué prontitud y facilidad para resolver las dificultades de las Escrituras! 25,7. Y como sé que muchos no me creerán, porque he conocido gente que no aceptaba lo que yo les contaba, pongo por testigo a Jesús, nuestra común esperanza, de que yo no he oído nunca a nadie que tuviera tanta ciencia en sus labios, ni tanto talento, ni que dijera tan buenas y tan puras palabras- 25,8. Y aun esta alabanza es pequeña para las virtudes de Martín. Y lo extraordinario es que esta gracia la poseyese un hombre sin letras.

26,1. Pero este libro ya está llegando a su término. Voy a concluir, no porque no haya más que decir sobre Martín, sino porque como mal escritor que soy, que no sabe llevar a término su trabajo, sucumbo vencido ante la amplitud del tema. 26,2. Pues si los hechos pudieron expresarse de algún modo con palabras, confieso que ningún discurso expresará jamás lo que fue su vida interior, su proceder cotidiano, su alma tendida hacía el cielo. Pienso en la constancia y mesura de su abstinencia y de su ayuno, en su energía para ser fiel a las vigilias y a las oraciones tanto nocturnas como diurnas, sin interrumpir la Obra de Dios por el descanso o la actividad, por la comida o el sueño, sino en la medida exigida por la naturaleza. 26,3. En realidad, confieso que si el mismo Homero se levantara de los infiernos -como dicen- no podría exponer todo esto. Todo es tan grande en Martín que no se puede expresar con palabras.

Nunca dejó pasar una hora, ni un instante, en que no se entregara a la oración o se aplicara a la lectura- Y aun mientras se ocupaba en leer o hacer alguna otra cosa, nunca permitía que su espíritu cesara de orar. 26,4. Y así como es costumbre entre los herreros golpear el yunque durante los intervalos de su trabajo, como para descansar, así Martín, incluso cuando parecía hacer otra cosa, siempre oraba.

 

2. El confesor

26,5. ¡Oh varón verdaderamente feliz en quien no existió falsedad alguna![3] A nadie juzgaba, a nadie hacía daño, a nadie devolvía mal por mal. Era tanta su paciencia para soportar todas las injurias que, aunque tenía la plenitud del sacerdocio toleraba ser ultrajado hasta por los últimos clérigos, sin castigarlos. Jamás destituyó a alguno por esta razón ni, en cuanto estuvo de su parte, privó a nadie de su caridad. 27,1. Nadie lo vio jamás airado[4], ni alterado, ni afligido, ni entregándose a la risa. Fue siempre el mismo, con un rostro que denotaba una alegría celestial y que parecía estar más allá de la naturaleza humana. No tenía en sus labios sino a Cristo, 27,2. no tenía en su corazón sino bondad, paz y misericordia. A menudo solía llorar los pecados de los que lo difamaban, y permanecía sereno en la soledad mientras las lenguas venenosas y los labios viperinos lo laceraban.

27,3, En verdad hemos conocido personalmente a algunos que envidiaban su virtud y su vida, y que odiaban en él lo que no veían en sí y no eran capaces de imitar, Y lo penoso y lamentable es que sus perseguidores, si bien pocos, eran en su mayoría obispos. 27,4. No es necesario dar nombres, aunque la mayor parte ladren a nuestro alrededor. Si alguno de ellos lee estas líneas, es suficiente que lo reconozca y se avergüence, pues si se enoja confiesa con su actitud que estas palabras le conciernen a él, cuando quizás nos referíamos a otros. 27,5. Pero si es uno de ellos, no nos vamos a oponer a que nos odien a nosotros junto con tan gran varón.

27,6. Creo ciertamente que este opúsculo ha de agradar a todas las personas santas. Por otra parte, si alguien no cree en lo que lee, él será quien peca. 27,7. Por mi parte, yo tengo conciencia de haber escrito movido por el deseo de exponer la verdad y por el amor a Cristo, y sé que he narrado y he dicho cosas manifiestas y verdaderas. Y espero que Dios les prepare un premio, no a todos los que lo lean, sino a todos los que crean.

 


[1] Cf. 1 Ts 2,7.

[2] Cf. Mt 19,21 ss.

[3] Cf. Jn 1,47; Sal 31 (32),2.

[4] Cf. Tt 1,7.