DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA

«Después de la resurrección del Señor, que fue la de un cuerpo verdadero, porque no otro resucitó sino el que fue crucificado y sepultado, ¿qué otra cosa fue el hecho de los cuarenta días de espera, sino purificar de toda oscuridad la integridad de nuestra fe? Dialogando con sus discípulos, conviviendo y comiendo con ellos (cf. Hch 1,3. 4), dejándose tocar y palpar por la curiosidad diligente de aquellos a los que la duda apretaba (cf. Jn 20,27); entró por esta razón, estando las puertas cerradas, en medio de sus discípulos y por su soplo les dio el Espíritu Santo (cf. Jn 20,19. 22). Dándoles la luz de la inteligencia les abrió los secretos de las santas Escrituras (cf. Lc 24,45). Y de nuevo Él mismo les mostró la herida del costado, las marcas de los clavos y todos los signos de la recientísima pasión (cf. Jn 20,25. 27), diciéndoles: Vean mis manos y mis pies porque soy yo; toquen y vean, pues un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo (Lc 24,39), para que se conocieran las propiedades de la naturaleza divina y humana permaneciendo indivisas en Él, y así nosotros comprendiéramos que el Verbo no es lo mismo que la carne, confesando que el único Hijo de Dios es el Verbo en la carne» (San León Magno, Carta a Flaviano, obispo de Constantinopla, 9).