LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (89)

Capítulo quincuagésimo octavo: El modo de recibir a los hermanos (segunda parte)

El que va a ser recibido, prometa en el oratorio, en presencia de todos, su estabilidad, vida monástica y obediencia, delante de Dios y de sus santos, para que sepa que si alguna vez obra de otro modo, va a ser condenado por Aquel de quien se burla.

De esta promesa suya hará una petición a nombre de los santos cuyas reliquias están allí, y del abad presente. Escriba esta petición con su mano, pero si no sabe hacerlo, escríbala otro a ruego suyo, y el novicio trace en ella una señal y deposítela sobre el altar con sus propias manos. Una vez que la haya depositado, empiece enseguida el mismo novicio este verso: “Recíbeme, Señor, según tu palabra, y viviré; y no me confundas en mi esperanza”. Toda la comunidad responda tres veces a este verso, agregando “Gloria al Padre”.

Entonces el hermano novicio se postrará a los pies de cada uno para que oren por él, y desde aquel día sea considerado como uno de la comunidad.

Si tiene bienes, distribúyalos antes a los pobres, o bien cédalos al monasterio por una donación solemne. Y no guarde nada de todos esos bienes para sí, ya que sabe que desde aquel día no ha de tener dominio ni siquiera sobre su propio cuerpo.

Después, en el oratorio, sáquenle las ropas suyas que tiene puestas, y vístanlo con las del monasterio. La ropa que le sacaron, guárdese en la ropería, donde se debe conservar, pues si alguna vez, aceptando la sugerencia del diablo, se va del monasterio, lo que Dios no permita, sea entonces despojado de la ropa del monasterio y despídaselo.

Pero aquella petición suya que el abad tomó de sobre el altar, no se le devuelva, sino guárdese en el monasterio (Capítulo 58, versículos 17-29).

De las tres promesas solemnes hechas en el oratorio el día de la profesión, sólo la segunda es un poco difícil de interpretar. La conversatio morum, señalémoslo, ha sido reemplazada durante siglos por conversio morum, que se traducía como “conversión de costumbres”. En realidad, la conversatio no es una “conversión”, sino un género de vida. El término es empleado por Benito diez veces, y puede traducirse como “vida religiosa” (cf. RB 58,1), a veces “conducta” o “ascesis”.

Esta “vida religiosa” puede ser llevada de muchas formas: en algunos casos es “miserable” (RB 1,12), en otros “santa” (RB 21,1), los novatos la practican con un fervor a veces ingenuo (RB 1,3), y cada monje tiene su manera, más o menos generosa, de practicarla (RB 22,2). Pero el hecho más importante es su carácter dinámico: tiene un “comienzo” y una “perfección” (RB 73,1-2), entre los cuales se desarrolla una carrera indefinida de “progreso” (Prol. 49; cf. RB 63,1).

En cuanto al segundo término de la fórmula (morum), no hace más que reforzar y repetir al primero, un poco como en la expresión “vida y costumbres”. Prometer la conversatio morum, por lo tanto, es comprometerse por llevar una vida religiosa. Pero como es un proceso dinámico, una tendencia indefinida hacia la perfección, significa comprometerse, entrar en ese movimiento para ir tan lejos como Dios quiera. En la práctica, es la Regla la que define el “comienzo de la vida religiosa” que debe practicarse en la inmediatez y a través de toda la existencia, para “tener al menos una cierta decencia de costumbres” (RB 73,1).

La promesa de “buena vida y costumbres” tiene, por lo tanto, por finalidad la observancia de la Regla, concebida como el fundamento de una vida monástica que se desarrollará, con la ayuda de Dios, a la luz de la Sagrada Escritura y de la enseñanza de los Padres (RB 73,2-9).

Precedida por la estabilidad y seguida de la obediencia, la conversatio morum se articula a una y otra. El monje promete quedarse en un lugar toda su vida. Pero para esto no basta con permanecer allí. “Quedarse” es perseverar en un cierto género de vida, el que se lleva en el monasterio y que define la Regla. De este comportamiento monástico, la obediencia al superior es el rasgo más general, porque el abad es el guardián e intérprete de la Regla.

Un lugar: el monasterio; una ley: la Regla; una autoridad viviente: el abad. Se reconocen allí, los tres elementos con los que Benito, luego del Maestro, definió el cenobitismo (RB 1,2). Al ligarse a ellos con un compromiso solemne, el nuevo cenobita recapitula las sucesivas promesas de su noviciado: al cabo de dos meses, prometió estabilidad; al final del año, observancia de la Regla y obediencia a los superiores.

Así, marcada por el número tres, que sigue a Benito a través de todo este capítulo, la promesa queda registrada en un acto en una acta escrita, que el novicio deposita sobre el altar. Este gesto fue ya prescrito por el Maestro, así como la recitación del versículo que sigue: “Recíbeme…” (Sal 118 [119],116). En ambas Reglas, la oración de la comunidad sella el compromiso. Este no es un simple acto de voluntad humana, sino una obra de gracia que tiene su origen y fin en Dios. Es el Espíritu de Dios quien ha conducido al postulante al monasterio. Es su Palabra, a la vez llamado y norma, que suscita la ofrenda del profeso y su espera. La promesa divina envuelve a la del hombre.

La entrada en comunidad es acompañada por la renuncia a toda propiedad. Esta puede revestir dos modalidades: la primera se inspira en el Evangelio (Mt 19,21), y la segunda en los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,32). Aquí como en un pasaje precedente (RB 33,4), Benito une la desapropiación a la obediencia: no teniendo ni siquiera poder sobre su cuerpo (cf. 1 Co 7,4), el monje tampoco puede poseer un objeto exterior.

El despojamiento de los hábitos personales lleva la desposesión a su último límite. Hace pensar en Jesús en el Calvario, pero también en la hora cuando el bautizado se despoja del hombre viejo y se reviste de Cristo. El hábito monástico representa eso. Con esos “efectos del monasterio” que lleva sin cesar y que no le pertenecen, el monje recuerda en todo momento que no se pertenece más a sí mismo, sino que se ha convertido en propiedad de Dios.