LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (100)

Capítulo sexagésimo quinto: El prior del monasterio (segunda parte)

Por lo tanto, para que se guarde la paz y la caridad, hemos visto que conviene confiar al juicio del abad la organización del monasterio.

Si es posible, provéase a todas las necesidades del monasterio, como antes establecimos, por medio de decanos, según disponga el abad, de modo que siendo muchos los encargados, no se ensoberbezca uno solo. Pero si el lugar lo requiere, o la comunidad lo pide razonablemente y con humildad, y el abad lo juzga conveniente, designe él mismo su prior, eligiéndolo con el consejo de hermanos temerosos de Dios.

Este prior cumpla con reverencia lo que le mande su abad, sin hacer nada contra la voluntad o disposición del abad, porque cuanto más elevado está sobre los demás, tanto más solícitamente debe observar los preceptos de la Regla.

Si se ve que este prior es vicioso, o que se ensoberbece engañado por su encumbramiento, o se comprueba que desprecia la santa Regla, amonésteselo verbalmente hasta cuatro veces, pero si no se enmienda, aplíquesele el correctivo de la disciplina regular. Y si ni así se corrige, depóngaselo del cargo de prior, y póngase en su lugar otro que sea digno. Y si después de esto, no vive en la comunidad quieto y obediente, expúlsenlo también del monasterio.

Pero piense el abad que ha de dar cuenta a Dios de todas sus decisiones, no sea que alguna llama de envidia o de celos abrase su alma (Capítulo 65, versículos 11-22).

Aún deseando que los decanos basten para ordenar la comunidad, Benito autoriza el nombramiento de un prior. Luego de exhortarlo para que sea sumiso, prevé el caso en que esto no suceda y provee a su corrección, a su destitución, a su reemplazo y, para concluir, incluso a su expulsión. Esta sucesión de acontecimientos lamentables recuerda el código penal. En su detalle, hay algunos aspectos que también se encuentran en los capítulos sobre los decanos (RB 21) y los sacerdotes (RB 62).

A lo largo de esta querella, Benito toma constantemente partido a favor del abad, considerando al prior como un orgulloso y un rebelde. Sin embargo, no ignora que los problemas pueden ser compartidos, tal como lo demuestra la última frase. De hecho, en su segundo directorio del abad, le había advertido sobre el peligro de la envidia (RB 64,16). La preocupación por la fragilidad del abad es una nota característica de la RB en comparación con la RM.

En este trozo triste de la RB, en que se muestra crudamente la miseria humana, algunas expresiones reconfortan por su sonoridad espiritual. La petición razonable y humilde de la comunidad hace pensar en los capítulos sobre el celerario (RB 31,7) y los monjes de otros monasterios (RB 61,4). Los hermanos temerosos de Dios, de los que el abad requiere consejo para elegir a su segundo, no nos recuerdan únicamente la elección abacial, donde el mismo temor presidía la elección unánime de la comunidad (RB 64,1); sino que la expresión denota el clima religioso, impregnado de la presencia divina, en el que se desarrolla la vida de todo el monasterio, al igual que la de los individuos. Aquí y en el código penal (RB 23,1), hay que relevar el nombre de “santa regla”. Canonizada de esa forma, la Regla entra ella misma en la esfera religiosa que envuelve toda la realidad monástica. Poco tiempo antes de Benito, Cesáreo de Arles, en su regla femenina, había empleado idéntico lenguaje (Regla de las vírgenes 62,2; 64,5).

Además de esas notas de espiritualidad, lo que nos impresiona en este capítulo es la apertura de Benito frente a esa institución por la cual no siente una particular preferencia. Ya se ha visto a propósito del Oficio (RB 18,22): no se aferra a sus propios puntos de vista. Si la Regla merece ser llamada santa, es porque su autor observa la consigna dada por tres veces a quienes deben dar una opinión: pensar y hablar “razonablemente, con humildad”.