INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [52]

4.5. Las monjas y los monjes “occidentales” en Tierra Santa

Jerónimo presbítero, Epístola 108. Elogio fúnebre de santa Paula[1]

De noble estirpe, de grandes riquezas materiales, todo lo abandonó para seguir a Cristo pobre y humilde

1. Aunque todos los miembros de mi cuerpo se volvieran lenguas y sus articulaciones hablaran con voz humana, ni siquiera así podría decir nada digno de las virtudes de la santa y venerable Paula. Noble por el linaje, más noble aún por su santidad; poderosa en otro tiempo por sus riquezas, más insigne ahora por la pobreza de Cristo; descendiente de los Gracos, hija de los Escipiones, heredera de Paulo, cuyo nombre lleva, verdadera y genuina prolongación de Mecia Papiria la madre del Africano, prefirió Belén a Roma y cambió los artesonados fulgentes de oro por la vileza del barro tosco. No estamos tristes de haberla perdido, sino que damos gracias a Dios de haberla tenido, o mejor aún, de tenerla todavía. Pues para Dios todo ser vive, y todo lo relacionado con el Señor cuenta como cosa de familia, pues lo que aquí perdemos encuentra su morada en el cielo. Mientras ella vivió en su cuerpo, se sintió peregrina del Señor, y se quejaba con voz lastimera: ¡Ay de mí, que se ha prolongado mi destierro! He habitado con las gentes de Cedar. Demasiado tiempo ha vivido ya mi alma. ¿Qué tiene de extraño que se lamentara de vivir “en medio de tinieblas” (eso es lo que significa Cedar), cuando sabemos que el mundo entero yace en poder del Maligno? Y como sus tinieblas, así su luz, y la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron. De ahí que con frecuencia añadiera: “Soy huésped y peregrina como todos mis padres”. Y lo del Apóstol: “Deseo morir y estar con Cristo”. Siempre que se sentía postrada por la debilidad de su cuerpo, que había contraído por su increíble abstinencia y reiterados ayunos, solía repetir: “Castigo mi cuerpo y lo esclavizo: no sea que habiendo predicado yo a los otros sea yo misma reprobada”. Y: “No conviene beber ni comer carne”. Y: “He mortificado mi alma con el ayuno”. Y: “Calmabas mis dolores en mi enfermedad”. Y: “Me vi sumida en miseria, mientras se me clavaba una espina”. Y en medio de la crueldad de sus dolores, que soportaba con admirable paciencia, decía: “¿Quién me dará alas de paloma para volar a mi descanso?”.

2. Pongo por testigo a Jesús y a sus santos ángeles, y especialmente al que fue ángel custodio y compañero de esta admirable mujer, que no voy a decir nada por interés propio, como lo haría un panegirista. Todo lo que diga tendrá el valor del testimonio, y siempre será menos de lo que merece aquella a quien el orbe entero celebra, admiran los sacerdotes, echan de menos los coros de las vírgenes, y las muchedumbres de los monjes y de los pobres lloran. ¿Desea el lector conocer resumidamente sus virtudes? Dejó pobres a los suyos la que era más pobre que todos. Nada tiene de extraño afirmar esto de sus deudos y servidumbre de uno y otro sexo, a quienes convirtió de esclavos y esclavas en hermanos y hermanas, cuando a la virgen Eustoquia, hija suya consagrada a Cristo, para cuya consolación trabajo este libro, la dejó rica únicamente en la fe y en la gracia, cosa bien ajena a un noble linaje.

3. Atengámonos, pues, a la narración de los hechos. Otros se remontarán más arriba, hasta su cuna y, por decirlo así, sus mismos juguetes, y recordarían que su madre fue Blesila y su padre Rogato; descendiente de los Escipiones y los Gracos ella, de él se dice que, a través de todas las regiones de Grecia y hasta hoy, por genealogía, riquezas y nobleza, lleva la sangre de Agamenón, el que destruyó Troya tras un asedio de diez años. Nosotros no alabaremos más que lo que propiamente es suyo, lo que brota de la fuente purísima de su alma santa. Aunque en el Evangelio nuestro Señor y Salvador enseña a los apóstoles, que le preguntaban qué les daría por haber dejado todo por su nombre, que recibirían ciento por uno en esta vida, y la vida eterna en lo futuro. De ahí podemos entender que lo digno de alabanza no es poseer riquezas, sino despreciarlas por Cristo; ni engreírse por los honores, sino tenerlos en poco por la fe del Señor. Verdaderamente lo que prometía nuestro Señor y Salvador a sus siervos y siervas lo ha cumplido en esta vida presente. Pues la que despreció la gloria de una sola ciudad es celebrada por las alabanzas del mundo entero; aquella a quien, cuando vivía en Roma, nadie conocía fuera de Roma, ahora, que está recluida en Belén, la admiran las tierras bárbaras y las romanas. ¿Qué país hay cuyas gentes no vengan a los santos lugares? ¿Y quién encontró en los santos lugares un ser humano más admirable que Paula? Del mismo modo que entre muchas piedras preciosas siempre brilla una piedra preciosísima, lo mismo que el resplandor del sol tapa y oscurece los pequeños fueguecillos de las estrellas, así ella por su humildad superó las virtudes y poderes de todos, y fue la más pequeña de todos, para ser la mayor de todos; y cuanto más se humillaba, tanto más la ensalzaba Cristo. Se ocultaba, sin estar oculta. Huyendo de la gloria, merecía la gloria, que sigue a la virtud como una sombra, y burlando a los que la pretenden, busca a los que la desprecian. Pero ¿qué estoy haciendo? Saltando el orden de la narración, me detengo en cada pormenor y no observo las leyes del discurso.

4. Nacida, pues, de tal prosapia, se le dio como marido a Toxocio, que lleva la nobilísima sangre de Eneas y de los Julios. Por eso la virgen de Cristo, Eustoquia, su hija, se llame también Julia; y él, Julio, nombre que viene del gran Julo. Decimos estas cosas no porque engrandezcan a quienes las posee, sino porque son da admirar en quienes las desprecian. Los hombres del mundo miran embobados a los que gozan de tales privilegios. Nosotros alabamos a los que las desprecian por el Salvador. Y es notable que estimamos en poco a los que las tienen y ensalzamos a quienes no las quieren tener. Digo, pues, nacida de estos antepasados, ganó en primer lugar, por su fecundidad y castidad, la estima de su marido, luego de sus allegados y, por último, el reconocimiento de toda la urbe. Dio a luz cinco hijos: Blesila, de cuya muerte hube de consolarla en Roma; Paulina, que dejó como heredero, tanto de su espíritu como de sus bienes, al santo y admirable Panmaquio, para quien publicamos, sobre su óbito, un pequeño tratado; Eustoquia, que en este momento es, en los santos lugares, la joya más preciosa de la virginidad y de la Iglesia; Rufina, que con su prematura muerte llenó de tristeza el tierno corazón de la madre, y Toxocio, después del cual dejó de dar a luz, dando a entender que, en todo ese tiempo, su deseo no era tanto someterse al deber conyugal cuanto obedecer a la voluntad de su marido, que deseaba hijos varones.

5. Cuando murió su marido, lo lloró de tal forma que casi muere ella también; pero después se entregó de tal modo al servicio de Dios, que no parecía, sino que había deseado su muerte. ¿Para qué voy a contar que casi todas las riquezas de una casa grande y noble y en otro tiempo opulentísima fueron distribuidas a los pobres? ¿Qué falta hace hablar de aquella compasiva con todos, que repartía bondad aun entre quienes jamás había visto? ¿Qué pobre moría que no fue envuelto con vestidos de ella? ¿Qué enfermo no se benefició de sus ayudas? Ella los buscaba con extrema diligencia por toda la ciudad, y consideraba como afrenta propia que un enfermo o hambriento fuera sustentado con comida de otros. Se lo quitaba a sus hijos y, si los deudos se lo reprochaban, respondía que les dejaba una herencia mayor, la misericordia de Cristo.

Estuvo relacionada con varones santos. Su partida de Roma hacia Oriente

6. No pudo soportar por mucho tiempo las visitas y bullicio propios de su elevado linaje según el mundo y de su nobilísima familia. Le molestaba tanto honor, y esquivaba la vista de sus aduladores y huía de ellos. Convocados en Roma por decreto imperial algunos obispos de Oriente y Occidente para tratar de ciertas desavenencias entre Iglesias, tuvo oportunidad de conocer a dos hombres admirables, dos sacerdotes de Cristo: Paulino, obispo de la ciudad de Antioquía, y Epifanio de Salamina de Chipre, que ahora se llama Constancia. A Epifanio lo tuvo como huésped; a Paulino, que se hospedó en otra casa, le trató con tanta amabilidad como si fuera huésped suyo. Inflamada por las virtudes de éstos, empezó a apremiarle la idea de abandonar su patria. Sin acordarse de su casa, ni de sus hijos, ni de su familia, ni de sus posesiones, ni de cosa alguna relacionada con el siglo, ardía en deseos de retirarse, ella sola, como quien dice, y sin compañía alguna, al desierto de los Antonios y los Pablos. Cuando, por fin, pasado el invierno y abierto el mar a la navegación, los obispos retornaron a sus Iglesias, también ella, en espíritu y en deseos, navegó con ellos. ¿Para qué diferirlo más? Bajó al puerto, seguida de su hermano, parientes, afines y, con el batir de los remos, la nave era impulsada hacia alta mar. En la orilla, el pequeño Toxocio tendía sus manos suplicantes. Rufina, núbil ya, suplicaba con llanto silencioso que esperara a sus bodas. Pero ella levantaba hacia el cielo sus ojos secos, venciendo su amor por los hijos con el amor para con Dios. No quería saber que era madre, para mostrarse esclava de Cristo. Se le rompía el corazón, y luchaba con el dolor como si se le desgarraran sus miembros; y era tanto más de admirar para todos, cuanto el cariño que tenía que vencer era más intenso. Cuando se está en manos del enemigo y se sufre la dura necesidad del cautiverio, nada hay más cruel para los padres que verse arrancados de sus hijos. Eso es lo que sufría, llena de fe, contra los derechos mismos de la naturaleza; es más, su alma lo apetecía gozosa y, subordinando el amor de sus hijos a un mayor amor a Dios, únicamente se apoyaría en Eustoquia, compañera suya en el propósito y en la navegación. Surcaba ya la nave el mar, y mientras todos los que con ella iban volvían sus ojos a la costa, ella mantenía desviados los suyos para no contemplar a los que no podía ver sufrir. Yo doy fe de que ninguna amó tanto como ella a sus hijos. Antes de partir distribuyó entre ellos todos sus bienes, desheredándose a sí misma en la tierra, para poner su herencia en el cielo.

7. Primero fue llevada a la isla de Ponza, a la que ennobleció, bajo el emperador Domiciano, el exilio de Flavia Domitila, mujer de ilustre memoria, que confesó el nombre cristiano. Viendo allí Paula las celdillas en que aquélla sufrió su largo martirio, y tomando alas, ya sólo deseaba contemplar Jerusalén y los santos lugares. Todos los vientos le parecían flojos, y toda velocidad, lentitud. Entrando en el mar Adriático por entre Escila y Caribdis, como por un estanque llegó a Metona, donde reconfortó un poco su pobre cuerpo. Después, poniendo en la orilla los miembros chorreantes de sal, pasadas Malea y Citera y las Cícladas esparcidas por el piélago y los estrechos batidos por olas entre numerosas islas, después de Rodas y la Licia, pudo ver, por fin, Chipre. Allí se prosternó a las rodillas del venerable Epifanio, quien la retuvo por espacio de diez días, no para que descansara, como él pensaba, sino con miras a la obra de Dios, como lo mostraron los hechos. Pues recorriendo todos los monasterios de aquella comarca, dejó cuanto pudo para ayuda del sustento de los hermanos que el amor del varón santo había congregado allí de todo el mundo. De allí tras una breve travesía, llegó a Seleucia, de donde subiría a Antioquía. Detenida allí algún tiempo por la caridad del santo confesor Paulino, en pleno invierno, calentada por el ardor de la fe, la noble señora, que antes era llevada en litera por mano de eunucos, partió de allí montada en su borriquillo.

Llegada a Tierra Santa

8. Omito el itinerario de Celesiria y Fenicia, pues no me he propuesto escribir un diario de viaje. Sólo mencionará los lugares que figuran en los libros sagrados. Pasadas Berito, colonia romana, y la vieja ciudad de Sidón, entró en la pequeña torre de Elías, en el litoral de Sarepta, y después de adorar en ella al Señor, nuestro Salvador, recorriendo las playas de Tiro, donde Pablo hincó sus rodillas, llegó hasta Acco, que actualmente se llama Ptolemaida, y, pasando por los campos de Magido, testigos de la muerte violenta de Josías, entró en el país de los filisteos. Después de admirar las ruinas de Dor, ciudad potentísima en otro tiempo, y a continuación la torre de Estratón, denominada por Herodes, rey de los judíos, Cesarea, en honor de César Augusto. Allí vio la casa de Cornelio, convertida en iglesia de Cristo, y la modesta vivienda de Felipe, con el aposento de sus cuatro vírgenes profetisas. Visitó después Anípatris, pueblecillo medio en ruinas, al que Herodes había dado el nombre de su padre, y Lidda, que ha pasado a ser Dióspolis, célebre por la resurrección y curación respectivamente de Corcás y de Eneas. No lejos de ella está Arimatea, el pueblecito de José, el que dio sepultura al Señor, y Nob, antiguamente ciudad sacerdotal y hoy sepultura de los asesinados. Vio también Joppe, el puerto del fugitivo Jonás, y, por recoger algo de las fábulas de los poetas, la que contempló a Andrómeda atada a la roca. Rehaciendo el camino, llegó a Nicópolis, que antes se llamó Emaús, en la que el Señor, reconocido durante la fracción del pan, consagró la casa de Cleofás en iglesia. Saliendo de allí, subió a Bet Horón de Arriba y de Abajo, ciudades fundadas por Salomón, destruidas después por las diversas tempestades de las guerras. A mano derecha pude ver Ayalón y Gabaón, donde Josué, hijo de Navé, luchando contra los cinco reyes, mandó al sol y a la luna; y a los gabaonitas, que lograron con engaño la alianza, los condenó a ser aguadores y leñadores. En la ciudad de Guibeá, arrasada hasta el suelo, se detuvo poco tiempo; recordó el pecado de ella, la concubina partida en pedazos y los seiscientos hombres salvados de la tribu de Benjamín en atención al apóstol Pablo.

9. ¿Por qué me detengo tanto? Dejando a la izquierda el mausoleo de Helena, reina de Adiabene, que en tiempo de hambre socorrió al pueblo con trigo, entró en Jerusalén, la ciudad de los tres nombres: Jebús, Salem y Jerusalén, que posteriormente fue levantada de sus ruinas y cenizas por Elio Adriano, para ser en adelante Elia. Y aunque el procónsul de Palestina, que conocía muy bien a la familia de Paula, le había enviado al encuentro a su propia escolta y mandado preparar el pretorio, ella eligió una modesta celdilla, y visitaba con tanto fervor y atención cada uno de los lugares, que, de no haber tenido prisa por ver los demás, no se la hubiera arrancado de los primeros. Postrada ante la cruz, adoraba al Señor como si lo estuviera viendo colgado de ella. Entrando en el sepulcro de la Anástasis, besaba la piedra que el ángel había removido de la puerta del sepulcro. En cuanto al lugar mismo donde había yacido el cuerpo del Señor, con toda su fe recorría con su boca, como el sediento que ha encontrado el agua deseada. Cuántas lágrimas, cuántos gemidos de dolor dejó escapar allí testigo es toda Jerusalén, testigo el Señor mismo a quien rogaba.

Saliendo de allí, subió a Sión, que significa ciudadela o atalaya. Esta ciudad la devastó y la volvió a construir en otro tiempo David. De la devastada se escribe: ¡Ay, Ariel, Ariel! -es decir, “león de Dios”, en otro tiempo fortísima-, ciudad que conquistó David. De la que fue construida de nuevo se dijo: “Él la ha cimentado sobre el monte santo: y el Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob”. No esas puertas que vemos hoy reducidas a pavesas y cenizas, sino las puertas contra las que no prevalece el infierno, y por las que entra la multitud de los que creen en Cristo. Allí se mostraba una columna que sostiene el pórtico de la iglesia, teñida con la sangre del Señor, atado a la cual se dice que fue flagelado. Allí se podía visitar el lugar donde el Espíritu Santo descendió sobre ciento veinte personas para que se cumpliera el vaticinio de Joel.

10. Luego, de los recursos que le quedaban, distribuyó dinero entre pobres y monjes, y se dirigió hacia Belén. A la derecha del camino se detuvo junto al sepulcro de Raquel, donde ésta dio a luz a Benjamín, que nunca se llamaría «Benoni», «hijo de mi dolor», como lo llamó su madre al morir, sino «el hijo de la diestra», como inspiradamente profetizó su padre. En la cueva del Salvador entró después a contemplar la santa posada de la Virgen y el establo en que el buey conoció a su dueño y el asno el pesebre de su amo, para que se cumpliera lo que está escrito en el mismo profeta: Bienaventurado el que siembra junto a las aguas donde pisan el buey y el asno. Me juraba que podía ver con los ojos de la fe al niño envuelto en pañales y llorando en el pesebre, a los magos adorando a Dios, la estrella brillando desde lo alto, a la Virgen madre, al nutricio solícito, a los pastores que llegaban de noche para ver la Palabra encarnada y poner ya entonces el comienzo del evangelista Juan: En el principio era la Palabra. Y: La palabra se hizo carne; podía ver la matanza de los inocentes, a Herodes enfurecido, a José y María huyendo de Egipto; y mezclando lágrimas y júbilo, exclamaba: «Salve, Belén, la casa del pan, en la que nació aquel pan que bajó del cielo. Salve, Efrata, región fertilísima y rica en frutos, cuya fertilidad es Dios mismo. De ti profetizó en otro tiempo Miqueas: Y tú, Belén, casa de Efrata, ¿no eres la menor entre las familias de Judá? Pues de ti me ha de salir el que ha de dominar en Israel, el que fue engendrado desde el principio, desde los días de la eternidad. Por eso los abandonarás hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel. En ti realmente nació el príncipe que fue engendrado antes que el lucero; su nacimiento del Padre es anterior a toda edad. El origen del linaje de David permaneció en ti hasta que la virgen dio a luz, y el resto del pueblo, habiendo creído en Cristo, se dirigió a los hijos de Israel y proclamó abiertamente: A vosotros debía ser primeramente anunciada la palabra de Dios; mas ya que la rechazáis, os juzgáis vosotros mismos indignos de la vida eterna, en adelante nos vamos a los gentiles. Porque el Señor había dicho: Yo no he venido sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y en ese tiempo se cumplieron las palabras de Jacob acerca de El: No faltará príncipe de Judá, ni de su posteridad el caudillo, hasta que llegue el que ha de ser enviado y se convierta en la esperanza de las naciones...

Paula en Egipto

14. Voy a pasar a Egipto, y me voy a detener un poco en Soccot y en la fuente que Sansón hizo brotar con la quijada del asno; me lavaré la cara reseca y, reconfortado, visitaré Morasthim, sepulcro en otro tiempo del profeta Miqueas y ahora iglesia. Dejaré a un lado a los amorreos y a los heteos, a Maresa, Idumea y Laquis, y, por blandísimas playas, en las que se borran las huellas de los caminantes, y por la vasta soledad del desierto, llegaré a Sior, río de Egipto que significa «turbio», y recorreré las cinco ciudades de Egipto que hablan en lengua cananea, y también la tierra de Gesén y los campos de Tanis, en que el Señor obró maravillas, y la ciudad de Noo, que más tarde se convirtió en Alejandría, y Nitria, la fortaleza del Señor, donde con la sal más pura de las virtudes se lavan a diario las impurezas de muchísimos. A la vista de todo esto, y al ver que, por añadidura, el santo y venerable confesor, el obispo Isidoro, le salía al encuentro con incontables muchedumbres de monjes, muchos de ellos distinguidos con el grado sacerdotal o levítico, ella, al tiempo que se alegraba de aquella gloria del Señor, se confesaba indigna de tanto honor. ¿Qué decir de los Macarios, Orsisios, Serapiones y demás columnas de Cristo? ¿En la celda de quién no entró? ¿A los pies de quiénes no se postró? En cada uno de aquellos santos creía contemplar a Cristo; y todo lo que les daba, se alegraba de habérselo dado al Señor. ¡Maravilloso fervor, y fortaleza apenas creíble en una mujer! Olvidando su sexo y la fragilidad de su cuerpo, lo único que deseaba era morar con sus vírgenes entre tantos miles de monjes. Y si no la hubiera retraído su mayor amor a los santos lugares, quizá lo habría conseguido, pues todos estaban dispuestos a recibirla. Debido a los ardentísimos calores, se embarcó en Pelusio rumbo a Maiuma, y regresó con tal rapidez que se la hubiera creído un ave. Y poco después la que había de permanecer para siempre en la santa Belén, se instaló durante tres años en una pequeña vivienda, mientras construía las celdas y los monasterios, además de un albergue junto al camino para peregrinos, porque María y José no habían encontrado posada. Hasta aquí la descripción del viaje que hizo en compañía de muchas vírgenes y de su propia hija.

Virtudes de santa Paula

15. Ahora hay que describir más detenidamente su virtud, la suya propia, y en cuya exposición -sea Dios mi juez y testigo- prometo no añadir nada, no exagerar en nada, según es costumbre de los panegiristas. Al contrario, quitaré importancia a las cosas para no poner en peligro su credibilidad, y para que mis detractores, y los que «sin cesar me desgarran con su colmillo», no piensen que estoy inventando y que adorno con colores ajenos a la corneja de Esopo. en lo que es la primera virtud de los cristianos, Paula se abajaba tanto en su humildad, que quienes iban a verla movidos por la celebridad de su nombre, cuando la veían, no creían que fuera ella, sino la última de las criadas. Y aunque estaba rodeada por numerosos coros de vírgenes, sin embargo, por su vestido, por su voz, su porte y su modo de andar era la menor de todas. Desde la muerte de su marido hasta el día de su dormición, jamás comió con hombre alguno, aunque supiera que era un santo o constituido en la cumbre del pontificado. No iba a los baños, a no ser por razón de salud. Ni siquiera en caso de altísima fiebre admitía colchones mullidos en su lecho, sino que descansaba sobre la durísima tierra, extendiendo sobre ella unas mantas de pelo, si descanso puede llamarse al que, con oraciones casi continuas, juntaba el día con la noche y cumplía lo que se dice en el Salterio: De noche lloro sobre mi lecho, riego mi cama con lágrimas. Se diría que en ella había fuentes de lágrimas; lloraba de tal manera los pecados leves, que se la habría creído culpable de los más graves crímenes. Y aunque nosotros la aconsejábamos a menudo que cuidara sus ojos y los guardara para la lectura del Evangelio, ella respondía: «Tengo que afear una cara que, contra el mandato de Dios, tantas veces pinté de rojo, sombreado y pálido. Tengo que mortificar un cuerpo que se entregó a muchos deleites. La risa continua debe repararse con llanto continuo; los paños finos y la sedería de lujo han de conmutarse por la aspereza del cilicio. Yo que antes busqué agradar al siglo y al marido, ahora quiero agradar a Cristo» No tendría sentido que entre tales y tan grandes virtudes quisiera yo destacar su castidad, en la cual, aun siendo todavía seglar, fue dechado de todas las matronas de Roma; pues se comportó de tal modo, que ni siquiera la malicia de los maldicientes se atrevió a propalar nada de ella. No hubo alma tan compasiva como la suya, ni tan amable con los humildes. No buscaba el favor de los poderosos, pero tampoco los despreciaba con el soberbio desdén de quien pretende la honrilla.

Si se encontraba con un pobre, le socorría; si con un rico, le exhortaba a hacer el bien. Sólo su liberalidad superaba toda mesura, y a la vez que distribuía sus rentas, con frecuencia contraía deudas para no tener que negar la limosna a quien se la pedía. Yo confieso mi error. La reprendía yo de que fuera tan pródiga en dar, y le aducía lo del Apóstol: No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino que haya igualdad en el tiempo presente; de modo que vuestra abundancia remedie su necesidad, y la abundancia de ellos pueda remediar vuestra indigencia. Y también aquello del Evangelio del Salvador: El que tenga dos túnicas dé una al que no tiene. Y le decía que fuera previsora, no sucediera que, lo que con tanto gusto hacía, no lo pudiera seguir haciendo, y cosas por el estilo, que ella escuchaba con admirable modestia, pero me las rebatía con un par de palabras, poniendo al Señor por testigo de que todo lo hacía por su nombre, y que su deseo era morir mendigando ella misma, y no dejar ni un duro a su hija y, a su muerte, ser amortajada con un sudario ajeno. Por último, añadía: «Si yo tuviera que pedir, encontraría muchos que me dieran, pero si este mendigo no recibe de mí, que puedo darle aun de lo ajeno, y viene a morir, ¿a quién se le pedirá cuentas de esa vida?». Yo deseaba que ella fuera más prudente en el gasto de su patrimonio; pero ella, en su ardiente fe, se aferraba con toda su alma al Salvador y, pobre en el espíritu, seguía al Señor pobre, y haciéndose pobre por Él, le devolvía lo que de Él había recibido. Al final logró lo que deseaba, y ha dejado a su hija cargada de deudas, que todavía pesan sobre ella y espera pagar no con sus posibilidades, sino por la fidelidad y misericordia de Cristo…

19. En sus enfermedades y frecuentes indisposiciones decía: “Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte”. Y: “Llevamos este tesoro en recipientes de barro”, hasta que este ser mortal se revisa de inmortalidad, y este ser corruptible, de incorruptibilidad. Y otras veces: “A medida que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación”. O también: “Del mismo modo que son solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo serán también en la consolación”... En fin, hasta el día de su muerte, fue patente a todos tanto la paciencia de esta mujer como la envidia de los otros; esta última corroe a su propio autor, ya que éste, en el afán de herir al adversario, se hace a sí mismo víctima de su propio furor báquico.

La vida en el monasterio

20. Voy a hablar también de la organización del monasterio, cómo de la continencia de los santos hizo su propia ganancia. Sembraba lo carnal para recoger lo espiritual; daba lo terreno para conseguir lo celeste; concedía lo pasajero para cambiarlo por lo eterno. Después del monasterio de hombres que entregó, para gobernarlo, a varones, a las numerosas vírgenes que había reunido de diversas provincias, procedentes unas de la nobleza, otras de la clase media, y otras de la ínfima, las distribuyó en tres secciones o monasterios; de forma que, aunque vivían separadas para el trabajo y la comida, se juntaban todas para la salmodia y la oración. Después del canto del Aleluya, señal que las convocaba a la reunión, a ninguna le era lícito quedarse ociosa. Ella era la primera o una de las primeras en llegar, y esperaba a que se completara el grupo para animarlas al trabajo valiéndose de la emulación y del ejemplo, nunca del terror. Por la mañana, a la hora de tercia, a la de sexta, a la de nona, por la tarde y a media noche cantaban el Salterio siguiendo su orden. Ninguna de las hermanas debía desconocer los salmos ni dejar de aprender de memoria cada día algo de las santas Escrituras. Solamente el domingo iban a la iglesia, cerca de la cual vivían. Cada grupo seguía a su propia madre, para regresar del mismo modo; y entonces se dedicaban al trabajo establecido de confeccionar vestidos para sí o para las otras.

Si había alguna noble, no se le permitía tener compañera venida de su propia casa para evitar que, con el recuerdo de su vida pasada, se renovaran los antiguos desvaríos de la niñez lasciva al evocarlos con la frecuente conversación. Todas vestían de hábito idéntico. De toalla sólo usaban para secarse las manos. La separación respecto de los hombres era tan rigurosa, que les prohibía incluso el trato con eunucos para no dar ocasión a las malas lenguas, que suelen desgarrar a los santos para consuelo de los delincuentes. Si alguna llegaba algo más tarde a la salmodia o era perezosa en el trabajo, la corregía de diversas maneras: si era irascible, con caricias; si pasiva, con reprensiones; imitando al Apóstol, que dice: “¿Qué estiman más, que venga a ustedes con la vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?”. Salvo comida y vestido, no permitía que ninguna tuviera nada, según el dicho de Pablo: “Teniendo para comer y para vestir, con eso nos conformamos”; para que la costumbre de poseer más no diera pie a la avaricia, que no se sacia con riqueza ninguna, y cuanto más tiene más busca, y ni la abundancia ni la escasez la hacen menguar. A las que se peleaban, las reconciliaba con suavísimas palabras.

A la naturaleza fogosa de las jóvenes la refrenaba con frecuentes y duplicados ayunos, pues prefería les doliera el estómago que no el alma. Si veía alguna demasiado coqueta, con el ceño fruncido y severidad en el rostro corregía a la descarriada, y le decía que el acicalamiento del cuerpo y del vestido delata suciedad del alma, y que de la boca de una virgen jamás debe salir una palabra torpe o frívola; que esos signos revelan un ánimo libidinoso, y que a través del hombre exterior se muestran los vicios del interior. Si veía que alguna era chismosa y charlatana, provocativa y amiga de riñas, y que no hacía nada por corregirse tras reiterados avisos, la ponía entre las últimas, fuera del grupo de las hermanas, y la hacía orar a las puertas del refectorio, y tomar la comida aparte; de forma que a la que no había podido corregir la reprensión, la enmendara la humillación. El hurto lo detestaba como un sacrilegio. Y cosas que, en este punto, eran leves o insignificantes a los ojos de los hombres del siglo, ella decía que en los monasterios era un delito gravísimo. ¿Cómo no recordar su bondad y solicitud con las enfermas, a las que colmaba con admirables atenciones y cuidados? Cuando las otras enfermaban les daba de todo con largueza y hasta les permitía comer carne, pero cuando ella estaba indispuesta no tenía consideración ninguna consigo misma: en eso era distinta a las demás, en que la clemencia que tenía para con ellas la convertía en dureza para consigo misma.

Daba el ejemplo con una extrema ascesis

21. Ninguna de las jóvenes muchachas, con su cuerpo sano y robusto, se entregó a tanta mortificación como ella, con su cuerpo quebrantado, senil y debilitado. Confieso que en esto fue demasiado pertinaz, al no mirar por sí misma ni hacer caso a los que la aconsejaban. Voy a contar algo que yo mismo he vivido. El mes de julio, en medio de los tórridos calores, cayó con una fiebre abrasadora. Después de pasar por una situación desesperada, pudo al fin respirar por la misericordia de Dios. Los médicos trataron de convencerla de que, para reponer su cuerpo, tenía que tomar un poco de vino suave, porque si bebía agua corría el riesgo de hidropesía. Entonces yo pedí en secreto al bienaventurado papa Epifanio que la aconsejara y aun la forzara a beber vino. Pero ella, con su inteligencia y fino ingenio, se dio en seguida cuenta de la maniobra y, sonriendo, me delató que sabía de dónde venía todo lo que él le había dicho. ¿Qué más puedo decir? Cuando salió el bienaventurado obispo, después de larga exhortación, preguntándole yo qué había logrado, me respondió: «He logrado tanto, que por poco me convence ella a mí, pobre viejo, para que deje de beber vino»...

La que en el desprecio de la comida ponía tal empeño, en el duelo era sensible y quedaba rota por la muerte de los suyos, sobre todo de sus hijos. La muerte del marido y de las hijas la puso siempre en grave peligro. Por más que se santiguaba los labios y el pecho e intentaba mitigar el dolor de madre con la representación de la cruz, el cariño la vencía y su corazón de madre ponía en apuros a su espíritu de creyente; vencía en su alma, pero era vencida en la fragilidad de su cuerpo, en el que la enfermedad hacía su presa, que mantenía durante largo tiempo, trayéndonos a nosotros el desasosiego y a ella el quebranto de su salud. De esto último se alegraba repitiendo a cada momento: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?”. Quizá diga el discreto lector que en vez de un elogio estoy escribiendo una censura. Pongo a Jesús por testigo, a quien ella sirvió, y yo deseo servir, que no estoy inventando nada, ni en un sentido ni en otro; sino que como cristiano estoy narrando cosas verdaderas acerca de una cristiana, es decir, que estoy escribiendo su historia, no un panegírico, y que sus defectos en otros sería virtudes. Hablo de defectos expresando mi sentimiento personal, y el desamparo de todas las hermanas y hermanos que la amamos y echamos de menos a la que ya está ausente…

Conocía las Sagradas Escrituras

26. Nada había más dócil que su espíritu. Era tarda para hablar y diligente para escuchar, recordando aquel precepto: “Escucha, Israel, y calla”. Conocía las Escrituras de memoria y, aunque amaba el sentido literal, al que llamaba cimiento de la verdad, seguía con más gusto el sentido espiritual, y con esta techumbre protegía el edificio de su alma. En fin, me embarcó en la siguiente tarea: ella y su hija leerían a fondo el Antiguo y Nuevo Testamento, y yo se lo comentaría. Se lo había yo negado por pudor; pero ante su insistencia y sus reiteradas súplicas accedí a enseñarlo lo que yo había aprendido no de mí mismo, es decir, del nefasto maestro de la presunción, sino de hombres ilustres de la Iglesia. Si alguna vez vacilaba y confesaba ingenuamente mi ignorancia, ella no me lo consentía, antes, al contrario, con sus continuas preguntas, me obligaba a indicarle, de entre varias sentencias aceptables, la que a mí me parecía más probable. Voy a decir otra cosa que quizá les parezca increíble a sus detractores: la lengua hebrea, que, sólo en parte, yo aprendí con tanto trabajo y sudor en mi juventud, y que con incansable esfuerzo de perfeccionamiento nunca abandono, para que tampoco ella me abandone a mí, ésta se propuso aprenderla, y lo consiguió hasta el punto y la logró en tal grado, que podía cantar los salmos en hebreo y que en su conversación no se notara resabio ninguno de latinismo.

Esto es también lo que vemos hasta el día de hoy en su santa hija Eustoquia, que estuvo siempre tan ligada a su madre y obedeció de tal forma sus mandatos que jamás se acostó sin ella, nunca salió de su casa sin ella, ni tomó bocado si no era en su presencia, y nunca tuvo un solo centavo en su poder. Se alegraba más bien de que la no mediocre fortuna paterna y materna fuera distribuida entre los pobres por su madre, pues consideraba que su mayor herencia y riqueza era la piedad para con su madre. No puedo pasar en silencio la alegría que le produjo saber que su nieta Paula, nacida de Leta y Toxocio, mejor dicho, concebida gracias a un voto y a la promesa de su futura consagración en virginidad, desde la cuna y entre sonajeros cantaba con lengua balbuciente el aleluya y pronunciaba a medias los nombres de la abuela y de la tía. El único motivo que la mantenía unida a su patria era el de saber que su hijo, su nuera o su nieta renunciaban al siglo y servían a Cristo. Cosa que en parte consiguió. Pues su nieta está destinada para el velo de Cristo, y su nuera, consagrada a perpetua castidad, sigue en la fe y en las limosnas las pisadas de su suegra y se esfuerza por reproducir en Roma lo que ésta llevó a cabo en Jerusalén…

Su muerte

28. ¿Para qué detenerme tanto y seguir represando mi dolor demorándome en otros puntos? La más prudente de las mujeres presentía que la muerte estaba cerca. Cuando ya su cuerpo y sus miembros estaban fríos, y únicamente el calor del alma palpitaba aún en su santo y sagrado pecho, como si marchara a los suyos y dejara a los extraños, susurraba aquellos versículos: “Señor, yo amo la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria”; y: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor”; y también: “Prefiero ser despreciada en la casa de mi Dios que vivir con los malvados”. Preguntada por mí por qué callaba, y por qué no quería responder a mis preguntas, si le dolía algo, me respondió en griego que no sentía molestia ninguna y que estaba contemplándolo con calma y tranquilidad. Después de esto enmudeció, y cerrando los ojos como si despreciara todo lo humano siguió repitiendo los mismos versículos hasta que exhaló su espíritu, aunque apenas la oía ya lo que decía. Y poniendo el dedo en su boca, trazó sobre sus labios el signo de la cruz. Le faltaba el aliento, su respiración penosa anunciaba la muerte; su alma, impaciente por salir, convertía el estertor con que termina la vida de los mortales en alabanza a Dios.

Estaban presentes los obispos de Jerusalén y de otras ciudades, y era incalculable la multitud de sacerdotes de grado inferior y de levitas. Todo el monasterio se llenó de grupos de vírgenes y de monjes…

29. A partir de este momento no se oyó plañido ni llanto alguno como suele ocurrir entre las gentes del siglo, sino que los enjambres de monjes inundaron el espacio con el canto de los salmos en diversas lenguas. Cargando algunos el féretro sobre sus hombros, fue trasladada a la iglesia por manos de obispos; de los cuales algunos iban delante con antorchas y velas, otros dirigían los coros de los salmodiantes. Se la depositó en la iglesia de la cueva del Salvador. A su entierro acudió toda la población de las ciudades de Palestina. ¿A qué monje de los que se esconden por el desierto pudo retener su celda? ¿Qué virgen se quedó en el secreto de su aposento? Se habría tenido por un sacrilegio no rendir los últimos honores a tal mujer. Las viudas y los pobres, como en el caso de Dorcás, mostraban los vestidos que les había dado ella. Toda la multitud de indigentes gritaban que habían perdido a su madre nutricia. Y, cosa admirable, la palidez no desfiguraba en absoluto su rostro; más bien la dignidad y la gravedad habían inundado su semblante, de forma que no parecía muerta sino dormida. En griego, en latín y en siríaco resonaban los salmos según su orden, no sólo durante el triduo, hasta que fue enterrada bajo la iglesia, junto a la cueva del Señor, sino a lo largo de toda la semana, como si cuantos venían tuvieran por suyo aquel duelo y por propias aquellas lágrimas. La venerable virgen Eustoquia, su hija, como un niño que acaba de ser destetado, no podía apartarse de su madre: la besaba en los ojos, se pegaba a su rostro, abrazaba todo su cuerpo, y hubiera querido ser enterrada con ella.

Santa Paula murió en extrema pobreza

30. Testigo es Jesús, ni un solo centavo le quedó de ella a su hija, sino que, como antes he dicho, le quedó una gran deuda y, lo que es aún más difícil, un gran número de hermanos y hermanas, a quienes es muy arduo sustentar y sería despiadado abandonar. ¿Qué cosa más admirable puede haber que una virtud semejante: una mujer de familia nobilísima, con una gran fortuna en otro tiempo, que lo da todo con tanta fe que termina casi en la más extrema indigencia? Otros podrán presumir de riquezas, de sumas recogidas para el tesoro de Dios o de exvotos suspendidos de candelabros de oro. Nadie dio más a los pobres que la que no reservó nada para sí misma. Ella disfruta ahora de las riquezas y los bienes que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegaron. Nosotros lloramos nuestra suerte; pero daríamos la impresión de envidiar su gloria si quisiéramos seguir llorando a alguien que ya reina…

Despedida de la santa

33. Vete con Dios, Paula, y ayuda con tus oraciones la extrema vejez de quien te venera. Tu fe y tus obras te asocian a Cristo; presente a El alcanzarás más fácilmente lo que pidas. «Te he dedicado un monumento más duradero que el bronce», que ninguna vejez logrará destruir. He grabado un epitafio sobre tu sepulcro, que incluyo en este volumen, para que allá donde llegue mi palabra sepa el lector que has sido por mí elogiada y que están en Belén.

Inscripción del Sepulcro

«Yace en este sepulcro una matrona,

del claro Escipión derecha rama,

de Gracos y de Emilios descendiente,

también de Agamenón ilustre sangre;

Paula se llama, santa, y madre digna

de Eustoquia, pura virgen, y otro tiempo,

principal y primera en la gran Roma.

Siguió después en Cristo la pobreza,

y en Bethleem la pequeña hizo morada».

Y en la puerta de la gruta:

«¿Ves el sepulcro humilde en esta peña

cavado? Dentro está de Paula el cuerpo,

y el alma goza celestiales bienes.

Dejó padres y patria, hermanos, hijos,

y aquí en la cueva de Bethleem reposa,

donde de Cristo está el pesebre humilde

y Magos dieron dones a Dios y hombre».

34. La santa y bienaventurada Paula se durmió a siete días de las calendas de febrero [del año 404], un martes, después de la puesta del sol. Fue sepultada a cinco días de las mismas calendas, siendo cónsules Honorio Augusto, la sexta vez, y Aristeneto. En Roma vivió su santo propósito durante cinco años; en Belén, veinte. El tiempo completo de su vida abarcó cincuenta y seis años, ocho meses y veintiún días.

 

Lecturas:

Eduado Otero Pereira, Mujeres viajeras de la antigüedad. Los relatos de Egeria y otras peregrinas de Tierra Santa, Salamanca, Eds. Sígueme, 2018 (incluye traducciones de los textos patrísticos y monásticos).

María Gloria Ladislao, Mujeres traductoras en el siglo IV, en Cuadernos Monásticos, n. 158 (2006), pp. 347-353:

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_no/cuadernos-monasticos-158-1372.pdf

 


[1] Jerónimo escribió este elogio fúnebre, que dedica a Eustoquia, en la primavera del mismo año de la muerte de la santa, 404. Ofrecemos una selección de pasajes de la carta.