LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (106)

Capítulo septuagésimo primero: Que se obedezcan unos a otros

El bien de la obediencia debe ser practicado por todos, no sólo respecto del abad, sino que los hermanos también deben obedecerse unos a otros, sabiendo que por este camino de la obediencia irán a Dios.

Den prioridad a lo que mande el abad o las autoridades instituidas por él, a lo que no permitimos que se antepongan órdenes privadas, pero en todo lo demás, los más jóvenes obedezcan a los mayores con toda caridad y solicitud. Y si se halla algún rebelde, sea corregido.

Si algún hermano es corregido en algo por su abad o por algún superior, aunque fuere por un motivo mínimo, o nota que el ánimo de alguno de ellos está un tanto irritado o resentido contra él, al punto y sin demora arrójese a sus pies y permanezca postrado en tierra dando satisfacción, hasta que aquella inquietud se sosiegue con la bendición. Pero si alguno menosprecia hacerlo, sométaselo a pena corporal, y si fuere contumaz, expúlsenlo del monasterio (Capítulo 71, versículos 1-9).

Como en los dos capítulos precedentes, el actual completa el sistema de las relaciones fraternas, basadas sobre el orden de la ancianidad establecido en el capítulo 63. Allí, Benito había trazado las reglas de cortesía. Aquí trata dos puntos: la obediencia y la satisfacción. Aun hablando de “la obediencia mutua”, en realidad instituye una obediencia jerarquizada, yendo unilateralmente de los más jóvenes a los más ancianos. Es solamente en el capítulo siguiente que, por la supresión de esas menciones al orden, los honores y la obediencia se convertirán en plenamente recíprocas.

Sin embargo, incluso en el capítulo presente hay algo de “mutuo” en la obediencia: en vez de estar reservada al abad y a sus oficiales, ella es debida por todo hermano a todo monje más anciano que él. Esta extensión le confiere una amplitud universal: toda la vida comunitaria está colocada bajo su control. Poco importa que el anciano esté más o menos cualificado para dar una orden. Independientemente de la cualidad objetiva de lo que ordena, la obediencia es siempre “un bien” para el sujeto, porque le hace practicar la renuncia a sí mismo y la humildad, la imitación de Cristo y la caridad.

Una máxima expresa con fuerza este valor incomparable de la obediencia: ella es la vía por la cual se va a Dios. Pensamos en todo el conjunto del itinerario propuesto antes al novicio -“las cosas duras y ásperas por las cuales se va a Dios”- y la gran perspectiva trazada al inicio del Prólogo: “Volver por el trabajo de la obediencia, a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia”. Esta perspectiva inmensa e indeterminada, la vemos, al presente, concretizada en una multitud de acciones precisas, llenando toda la existencia del monje.

Como el tercer grado de humildad, como también a propósito de la obediencia en las cosas imposibles, Benito indica con una palabra por qué obedecerse mutuamente: por amor. Ya san Basilio, citando la Escritura, había invocado este motivo: es necesario obedecerse mutuamente, decía él, porque Cristo nos dio la orden y el ejemplo (Mt 20,26-28), y porque el Apóstol dice: “En la caridad del Espíritu, sírvanse los unos a los otros” (Ga 5,13). De hecho, obedecer es tomar la actitud del servidor, y Éste, en la última Cena, nos dio el ejemplo del amor supremo. A esta breve Cuestión de Basilio (Regla [versión latina de Rufino] 64 = Reglas breves 115), se puede agregar el largo y bello comentario de nuestro capítulo que es toda la Conferencia 16 de Casiano.

Un tanto inesperado, porque no es anunciado por el título, la segunda parte de este capítulo se relaciona con evidencia, no solamente con la carta de las relaciones fraternas, sino también con los capítulos precedentes. Como en ellos, el actual trata de la corrección, pero en lugar de la excomunión y los golpes mencionados en el capítulo anterior, ahora se trata de simples reprimendas verbales. Luego de haber negado a los ancianos, a excepción de un mandato especial, el derecho a castigar, Benito les reconoce aquí el derecho a reprender.

Con todo, este reconocimiento permanece implícito, ya que el discurso no se dirige a los ancianos sino a los más jóvenes. Son estos últimos a quienes la Regla invita a recibir humildemente la reprimenda de sus ancianos. Obrando así, ellos imitaran, en el marco de su comunidad estructurada por el rango, la admirable humildad que testimonian muchos padres del desierto celebrados en los Apotegmas (Vitae patrum V,15,88-89, etc.). La humildad desarma. Ella calma todos los movimientos de la cólera.