Inicio » Content » LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA EN “EL HERALDO DEL AMOR “DIVINO (II)

Vitral de Santa Gertrudis - Casa de la Divina Providencia - San Pablo (Brasil).

 

Olivier QUENARDEL, ocso[1]

La noción de pietas en el Heraldo del amor divino[2]

El Heraldo cuenta 242 usos de la palabra Pietas, que se reparten así:

Prólogo:   8 usos en   5 páginas de Sources Chrétiennes

Libro I:   20   -      -  52      -        -         -            -

Libro II:  44   -      -  63     -        -         -            -

Libro III: 62   -      - 167     -        -         -            -

Libro IV: 50   -      - 235     -        -         -            -

Libro V:  57   -      - 130     -        -         -            -

Missa:     1   -      -  12     -        -         -            -

Estas cifras ponen claramente a la luz que, de los cinco libros del Heraldo, es el Libro II el que presenta la mayor densidad de usos de la palabra pietas en relación con el número de páginas impresas. Ahora bien, nosotros sabemos que el Libro II es el único integralmente escrito por Gertrudis. El prólogo igualmente, con 8 usos en cinco páginas, llama inmediatamente la atención del lector sobre este maná omnipresente “que le dará algo del pregusto de lo que será la sobreabundancia del mi amor” (P4, 14-15). Después de una tal constatación, no parece posible extraer el sentido de la pietas en el Heraldo sin tomarse el tiempo de examinar el ambiente lingüístico inmediato de los 242 usos que hemos detallado. Consideremos entonces los resultados de este examen.

 

A – El ambiente lingüístico inmediato de la Pietas

Como lo deja entender el título de este parágrafo, hemos optado por fijar nuestra atención no sobre el ambiente lejano de la pietas, sino sobre su ambiente inmediato. Esto quiere decir que nuestras investigaciones dejarán voluntariamente de lado toda una constelación de substantivos (tales como amor, caritas, bonitas, suavitas, sapientia clementia, misericordia, miseratio, compassio, dignatio, delectatio, deliciae, etc.),  todos en relación con la pietas, y que abundan en el Heraldo, pero que, a nuestro parecer, pesan menos sobre ella, que la constelación mucho más próxima, compuesta principalmente de adjetivos, que le da sus rasgos más característicos. El Anexo II[3] presenta la composición detallada. Se encuentra 1 sustantivo, 8 adjetivos y 2 verbos.

1. Abundantia es el sustantivo mejor posicionado, y prácticamente el único sustantivo que entra en el ambiente inmediato de la pietas. Se debe recordar que hace parte integrante del título del Heraldo: Legatus memorialis abundantiae divinae pietatis. En consecuencia, se sabe, desde el punto de partida, que la pietas en cuestión tiene la marca de la abundancia. Abundancia que, en muchos pasajes, llega a ser sobreabundancia (superabundantia)[4]. Nos situamos aquí en el orden de los volúmenes y de las cantidades. Desde este punto de vista, la pietas no echa nada en falta.

2. De los 8 adjetivos que califican la pietas, aquél que está a la cabeza es incontestablemente divina, con 55 menciones, contra 26 para gratuita, 14 para incontinens, 13 para supereffuens, 12 para benigna, 10 para liberalis, 10 para dulcis, y 8 para largiflua[5]. Si se une a esta serie fundamental otra serie de adjetivos, presentes en el ambiente inmediato de la pietas, pero más aislados, tales como inaestimabilis, ineffabilis, inmensa, ingenita, indeficiens, naturalis, mellea, se ve dibujarse en torno de la divina pietas como un halo de pura gracia (gratuita, liberalis) de una extensión y un volumen tales que escapan a toda medida y a toda aprehensión (inmensa, larguiflua inaestimbatilis ineffabilis, indeficiens, superefluens), y que Dios, en su naturaleza misma, no puede, por así decirlo, contener (ingenita, naturalis, incontinentissima). Y se percibe que este enorme despliegue de gracia divina tiene todos los signos de la bondad (benigna) y de la dulzura (dulcis)[6] que se han manifestado a nosotros en Cristo Jesús.

3. Dos verbos, cogere y confidere, son igualmente los vecinos más cercanos de la pietas. El primero evoca la acción de la pietas sobre Dios mismo; el segundo las condiciones que se requieren del hombre para que pueda beneficiarse de la divina pietas. Los reencontraremos uno y otro a lo largo de nuestras búsquedas.

 

B- Divina Pietas

Es de manera masiva que el Heraldo celebra la pietas en cuanto divina. El título -aquí también y desde el comienzo del juego-, habrá advertido al lector de que no debe esperar encontrar en el Heraldo un uso equilibrado de la pietas como calificativo tanto de Dios como del hombre. Las muy raras excepciones que la sitúan del lado del hombre son al contrario la prueba evidente de que todo el peso de la pietas es puesto intencionalmente sobre Dios mismo y más precisamente aún sobre Jesucristo[7]. La divina pietas manifestada en Jesucristo es la nota más propiamente divina de lo que es divino. Las cifras mismas nos pueden convencer: sobre los 242 empleos de pietas relevados en el Anexo I, solamente 24 no se relacionan directamente con Dios. Estos se reparten así:

a) 12 se refieren a la Virgen María: 40, 41, 93, 113, 173, 174, 175, 177, 178, 179, 180, 232. En estos casos, la pietas se dice frecuentemente materna.

b) 6 se refieren a Gertrudis misma: 14, 16, 26, 130, 153, 205.

c) 2 apuntan a la abadesa Gertrudis de Hackeborn: 185, 188.

d) 1 apunta a una monja difunta: 207.

e) 1 se refiere a las hijas de la Abadesa Gertrudis de Hackeborn, quienes después de su muerte la lloran con afecto filial: 193.

f) 1 concierne a los “ejercicios de piedad”: 147.

g) 1 concierne a los “movimientos de ternura” (pietas) contra los cuales el hombre debe estar en guardia: 141.

Estos 24 usos de la pietas aplicados a otras personas distintas de Dios requieren varias observaciones:

1. Si se dejan de lado e, f, g, que hacen de la pietas un uso totalmente marginal, se debe constatar en primer lugar que no porque la pietas sea aplicada a otros distintos de Dios, deja de ser divina. Muy por el contrario, se tiene la impresión de que se trata precisamente de aquello que en Dios y en Jesucristo es lo más divino de lo divino, que solo tienen plenamente parte aquellos a quienes ningún obstáculo impide entregarse, como es el caso de estas cuatro mujeres: la Virgen María, santa Gertrudis misma, la abadesa Gertrudis de Hackeborn y una monja difunta. Debe notarse también que estas cuatro mujeres han pasado el obstáculo de la muerte. ¿Se debe entender por eso que el elogio de su pietas no se podría hacer más que al precio de esta pascua?

2. Se estará muy atento al hecho de que, a pesar de los seis empleos de pietas aplicados a Gertrudis, no obstante esta pietas no figura en un número considerable de sus virtudes, tal como las presenta el gran fresco de los capítulos 5 a 23 del libro I, aun cuando se encuentra suavitas -de la cual se recuerda que ha sido vencida en el título por la pietas-, la humilitas, la caritas, etc...

3. Otra constatación cuya importancia no se puede minimizar: una sola vez en el libro IV, que es por excelencia el libro de las fiestas, no se rinde homenaje a la pietas de los santos, a excepción de la santa Virgen María.

Del conjunto de estas observaciones se sale aún más convencido que el Heraldo es una vasta puesta en escena de una divina pietas que se presenta como la nota más específica del amor de Dios. Se podría aún decir que la pietas es aquí el nombre propio de Dios, lo que le permite al amor declinar su identidad con una sorprendente e incomparable virtuosidad.

 

C - Incontinentissima Pietas

Catorce veces en el Heraldo la divina pietas se dice incontinens, de las cuales 6 veces en superlativo: incontinentissima. Es poco -se diría-, lo que sería exacto si no hubiéramos ya señalado en el ambiente lingüístico inmediato de la pietas la noción de abundancia e incluso de superabundancia. Incontinens y abundantia, incontinetissima y superabundantia, convergen también hacia un “exceso” al cual Dios no opone resistencia. ¡Demasiado grande es la pietas de Dios para que Él la pueda contener! Ella desborda como si Él no la pudiera dominar. Se está aquí ante una verdad que no es nueva en la tradición cristiana, pero que santa Gertrudis y sus confidentes han orquestado magistralmente: la impotencia de la Omnipotencia que solo el amor llega a conjugar.

El verbo cogere que figura también en la tabla del Anexo II, y al cual se ha unido compellere y devincere, viene a confirmar y reforzar lo que esta verdad tiene de irracional y de irrazonable. No solamente Dios no opone resistencia a su pietas, sino que ella es, por así decir, en Él mismo, el sujeto y el objeto de un combate, de donde sale a la vez, vencido (devictus) y vencedor. Es esta paradoja inaudita que el Legatus busca poner en escena para que el lector pueda entregarse sin oponer ya la menor resistencia[8].

 

D - Superefluentia divinae Pietatis

Una sobreabundancia que no se contiene conduce inevitablemente a un desborde. Eso es lo que evoca el adjetivo supereffluente, cuyo uso en el Heraldo se ha relevado 13 veces. Empleado tanto en la forma simple (effluens), como en superlativo (supereffluentissima), y en sustantivo (supereffluentia)[9], entra sin esfuerzo en la familia lingüística inmediatamente próxima a la divina pietas, y, por el juego de una sola sílaba -flu-[10], introduce una imagen del todo fundamental para la justa comprensión de la pietas y de todo el mensaje de Gertrudis: la imagen de la liquidez. El Heraldo no busca nada menos que llevar a sus lectores a los ríos de la divina pietas que se presentan con mayor frecuencia bajo el signo de la inmensidad. Ellos son “el abismo”[11] inexpugnable de la divina ternura, “el torrente”[12] de la deliciosa promesa, “el océano”[13] donde se debe aprender a navegar, “la inundación”[14] de la divina misericordia. Gertrudis no tiene suficientes palabras para celebrar la obra de esta agua, donde ella pide desaparecer, ser deglutida, totalmente sumergida en una muerte de amor a la cual no cesa de aspirar. Esto se ve en esta oración del cuarto ejercicio, donde se presentan, con un lirismo cargado de violento deseo amoroso, las imágenes más expresivas de la liquidez:

“¿Qué soy yo, oh mi Dios, amor de mi corazón? ¡Ay, ay, qué desemejante soy de ti! He aquí que soy como una ínfima gotita de tu bondad y tú, tú eres el océano repleto de toda dulzura. ¡Oh amor, amor, abre, abre sobre mí, tan pequeña, las entrañas de tu bondad (pietas)!; haz caer sobre mi todas las cataratas de tu muy benigna paternidad; haz brotar sobre mi todas las fuentes del gran abismo de tu infinita misericordia. Que me engulla el abismo de tu caridad, que yo sea sumergida en el abismo y el océano de tu muy misericordiosa bondad (pietas); que yo desaparezca en el diluvio de  tu amor vivo, como se pierde una gota de agua en el mar, en la profundad de su inmensidad. Que yo muera, que yo muera en el torrente de tu inmensa piedad, como muere la chispa de fuego en la corriente impetuosa del río, que el rocío de tu amor me envuelva, que la copa de tu amor me lleve al vida, que el secreto designo de tu muy prudente amor actúe y acabe en mí la gloriosa muerte de amor, ese amor que da la vida. Allá yo perderé mi vida en ti, donde tú vives eternamente, oh mi amor, Dios de mi vida. Amén” (Ex 4, 331-347).

No es solamente por la impresionante acumulación de imágenes de la liquidez que esta oración ha llamado nuestra atención, sino también porque sitúa a los dos compañeros de juego en el mismo universo de correspondencias simbólicas, donde el elemento acuático y líquido es precisamente el que hace posible la correspondencia de la que ora con Aquel al quien ella ora, y, por intermedio de las imágenes las encamina tanto a uno como a la otra, hacia la unión. Se constata en efecto que la que ora se considera “ínfima gotita de tu bondad” frente a Aquel que ella invoca como “océano lleno de toda dulzura”. Y más aún, “gota de agua en el mar”, que quiere desaparecer en “el diluvio del amor viviente”. De un compañero a otro, el material simbólico es, entonces, el mismo. La diferencia no juega más que al nivel de volúmenes: de un lado lo ínfimo, del otro lo inmenso. En muchos pasajes, tanto de los Ejercicios, como del Heraldo se encuentra este juego de correspondencias simbólicas marcadas por la misma diferencia; y esto, hasta los últimos pasajes del libro V, donde, en una visión anticipada de su muerte, Gertrudis se confiesa todavía “una pequeña gota de rocío” (L V 32, 8,6); hasta que la obra entera se cierra, remitiendo por última vez al lector al horizonte los “ríos de la bondad divina” (L V 36, 1 ,20).

Al punto que estamos, sería prematuro ir más lejos en la exploración del tema de la liquidez. Lo encontraremos al final del recorrido, cuando vayamos a exponer los efectos de la comunión eucarística, estaremos entonces en mejores condiciones para percibir las ramificaciones y las ventajas de lo que hemos dejado aquí en el estado de primicias.

 

E – Pietas y confidentia

Si el Heraldo nos revela a un Dios atacado de una incontinentia de Pietas, ¿habría alguna cosa que se nos debiera revelar de este Dios a la espera del hombre, para que  este, desde aquí abajo, pueda recibir aunque sea un pregusto de la divina pietas? Una triple distinción marcará aquí nuestro propósito:

1. El Prólogo nos enseña muy pronto las condiciones que se requieren para que la lectura del Heraldo sea fructuosa: “aquel a quien una piedad solícita del progreso espiritual incite a leer este libro...” (P 1,9-10: si quis cum devota intentione spiritualis profectus in hoc libro legere desideravit). ¡He aquí lo que se dice sin vueltas! Comprendemos que lo que se reclama es una intención recta.[15] El matiz aportado por el adjetivo devota que acompaña a intentio no es para descuidar, pero pide algunas reservas, porque se puede leer en el libro III 8, 20, que la devotio puede faltar al hombre sin que le sean retiradas por ello las atenciones y estima de la pietas dei.

“Yo querría que mis santos de ninguna manera me consideraran tan cruel y comprendieran que tengo por bueno e incluso perfecto todo acto que a ellos les cueste por mi servicio. Por ejemplo, si le cuesta personalmente, a aquel que está privado del sabor de la devoción (qui cum non habet saporem devotionis) cumplir el culto de Dios, y sin embargo sirve a Dios por la recitación de las oraciones, las genuflexiones y otros actos semejantes, y al hacerlo tiene la confianza de que la bondad de Dios se complacerá en aceptarlo de todos modos (et super his confidit de benigna pietate Dei quod tamen palcite illud acceptet).”

2. A la inversa de la pietas dei, de la cual hemos visto que Dios no puede contenerse de hacerla desbordar, es necesario que este vasto desborde sea en un receptáculo a la vez vacío[16] y capaz de retenerla. Paradójicamente la pietas estará en mejores condiciones de revelarse al hombre que ella encuentre capaz de retenerla, dicho de otro modo de moderar(se) o de contener(se). Parecería que así debe entenderse la continencia que se le requiere. Cuanto más Dios es incontinente de su pietas tanto el hombre debe ser continente para guardarla. Prueba de ello son dos pasajes del Heraldo particularmente sugestivos:

- El primero pertenece al retrato de santa Gertrudis: comparado a un cielo donde Dios hace su morada, la admirable continentia de Gertrudis es puesta en el lugar de la luna (L I, 9)[17].

- El segundo es una luz que ella recibe de Dios, un día en que buscaba comprender por qué “algunos reciben en el oficio un abundante alimento espiritual mientras que los otros permanecen en la aridez”. He aquí la respuesta del Señor, reportada por la confidente de Gertrudis:

“El corazón ha sido creado por Dios para contener la alegría espiritual como un vaso contiene el agua (ad contiendas delectationes, sicut vas quod conenet aquam). Pero si, en ese vaso que contiene el agua (contenet), la deja escapar por imperceptibles agujeros, al final puede perderla totalmente y quedar completamente seco. Es lo mismo con la alegría espiritual encerrada en el corazón humano (sic cor humanum continens delctationem): si ella se cuela por los sentidos corporales, la vista, el oído y los otros sentidos, dejados libres de actuar a su gusto, se termina por perderla y el corazón queda vacío de toda alegría en Dios. Cada uno puede hacer la experiencia. Si le viene envidia por una mirada o una palabra inútil o de poco provecho, y él cede en ese terreno, la alegría espiritual tenida por nada se cuela como el agua. Al contrario si él se esfuerza por contener por amor de Dios (si vero propter Deum continere proponit) ella crece que su corazón al punto que apenas puede soportar su exceso. Así cuando el hombre ha aprendido a dominarse en semejantes ocasiones, la alegría divina llega a ser familiar y cuanto mayor sea el esfuerzo de la disciplina, más sabrosas serán las delicias que él descubrirá en Dios” (L III 30,36).

El verbo contienere vuelve cinco veces en este pasaje, que es manifiestamente de la misma vena que el precedente y puede ser también de la misma mano. En uno como en otro caso, se trata de moderar (continere, continentia) los sentidos corporales para reservar la delectación en Dios. Pero si esta continentia viene a faltar ¿la pietas será tenida en falta? Todo el Heraldo nos lleva a responder que no, porque la divina pietas no está sometida a la continentia del hombre más de lo que está a su devotio. Que la contientia y la devotio contribuyen grandemente a hacer la experiencia, ¡sin ninguna duda! Pero en la medida en que esta pietas es divina, ella se ve también gratuita,[18] absolutamente libre de expandir la sobreabundancia de sus efluvios, donde quiere y cuando quiere (P1).

3. El ambiente lingüístico inmediato de la divina piteas permite afirmar que su terreno predilecto es la confidentia[19] del hombre; e, inversamente, que la falta de confianza es su mayor obstáculo. Una falta de devotio o falta de continentia, se ha visto, privan al hombre de la delectación en Dios, más no privan a Dios de ejercer su pietas en el hombre. Al contrario, la falta de confianza, sin llegar a privar Dios del juego de su pietas en el hombre, retarda sin embargo el completo desarrollo de este juego. Esto se ve con evidencia en una comparación que hace el Señor mismo entre la confianza de su muy querida Gertrudis y la falta de confianza de otra persona:

“Si yo tardé tan largo tiempo en acordar los dones que pedías, es por tu falta de confianza en aquello que mi bondad se digna otorgar espontáneamente (quia non confidis in his quae inter gratuita pietas mea dignatur operari) al contrario de ésta (mi amada), cuya fuerte confianza tan bien enraizada se apoya en todas las cosas enteramente sobre mi amor (sicut illa mea facit, que in forti confidentia bene radicata, in omnibus de mea pietate plene confidit); esa es la razón por la que yo no frustro jamás alguno de sus deseos” (L I,1,5,9-14)

Este pasaje, señalemos, se inscribe al final de un capítulo donde, en el cielo de la santidad de Gertrudis, la confidentia hace figura de primera estrella y brilla con tal claridad que la redactora del libro I la considera más como un “don” que como una “virtud”: “En tan magnifico grado poseía, no digamos la virtud, sino más bien el don de la confianza” (non dico virtus, sed potis donum confidentiae)...” (L I,10,1,1-2).

No queda duda alguna para nosotros que la presencia o la ausencia de confidentia en el hombre es lo que parecería, sobre todo en el Heraldo -y de todas maneras, más que la devotio y la confidentia-, que afecta a la divina pietas. Quisiéramos todavía mostrar otro  ejemplo, en el cual, esta vez, no se trata de que la falta de confianza paralice la pietas Dei, sino de la inquebrantable confidentia del hombre, que tiene tanto de poder sobre ella, que el mismo Corazón de Cristo es traspasado:

“El día de los santos inocentes, como ella estaba impedida de prepararse para la comunión por el tumulto de sus pensamientos e imploraba a este efecto el socorro divino, recibió de muy benevolente misericordia de Dios la respuesta que sigue: ‘Cualquiera que, asaltado por la tentación, se pone bajo mi protección con la firmeza de la esperanza, cuenta entre aquellos de los que yo diré: ‘única es mi paloma y elegida entre mil; por una solo de sus miradas ella ha traspasado mi divino corazón, al punto que, si yo supiera que no podría socorrerla, mi Corazón sentiría una pena tan intensa que todas las alegrías del cielo serían impotentes para alejarla’. Ahora bien por mi humanidad, que está unida a mi divinidad y en la cual mis bien amados tienen un constante abogado, yo estoy obligado a compartir todas sus necesidades’. ‘Señor –dice ella- ¿cómo tu humanidad totalmente pura, en la cual jamás se encontró nada que censurar, puede obligarte a la compasión hacia nuestras múltiples miserias?’ El Señor le respondió: “A quien reflexiona le es fácil probarlo: ¿No ha dicho de mí el Apóstol: debió hacerse en todo semejante a sus hermanos para llegar a ser misericordioso?’ Y el Señor agrega: ‘Esta mirada de mi amada por la cual ella traspasa mi corazón, es la inquebrantable confianza que la hace segura de mí, de mi poder, de mi capacidad y de mi voluntad de asistirla fielmente en todas sus cosas; esta confianza tiene sobre mi amor tal fuerza, que me es imposible de abandonar a cualquiera que la tenga” (Unus oculorum electae meae quo transvulnerat cor deum, secura confidentia est quam habere devet de me, quod vero possim, sciam et velim sivi in omnibus fideliter adesse: quae confientia tamtam vim facit pietati meae quod nullatenus possum ipsi abesse)’. Y ella (le dijo): ‘Señor, ya que la seguridad excelente que da esta confianza, no la puede poseer aquél a quien tú no se la des, ¿dónde está entonces la falta de aquel que no la tiene?’ A lo que el Señor respondió: ‘Pero cada uno está al menos en grado de combatir en cierto modo su falta de confianza como dice la Escritura. Porque, si no plenamente de corazón, al menos con la boca él puede repetir con Job: ‘Aunque yo me hundiera en las profundidades del infierno, Él me librará’; o también: ‘aunque me dieras muerte yo tendré confianza en ti’, y otras cosas parecidas” (L III 7).

Lo que da a esta página su carácter extremadamente conmovedor es que aquí la pietas dei se declara ella misma vencida por la confidentia. Mientras que antes habíamos visto esta pietas librar en Dios un combate del que él salía vencido, he aquí que ella misma es vencida por la humana confianza. Vencida al punto que el divino corazón de Jesucristo es traspasado. ¿Es decir, en definitiva que el hombre prevalece sobre Dios? Si, responde el niño de elección (proles electae) que escuchamos. Es la fuerza del amor que se quiere dejar vencer por la confianza de aquel que él ama. Dios no resiste. Él tiene el corazón traspasado, se licua y estos son los caracteres de la pietas que se derraman en el valle de la humanidad, cualquiera sea la profundidad de su miseria (L II 1, 1).

Tales son los rasgos más notables de la pietas anunciada por el Heraldo. Para desarrollar  más aún su originalidad, interrogaremos ahora a la tradición cultural, patrística y litúrgica de la cual dependen santa Gertrudis y las monjas de Helfta.

Continuará



[1] Dom Olivier QUENARDEL es Abad de la Abadía de Notre Dame de Citêaux, Miembro oficial en representación de la OCSO en la Comisión para el Doctorado de santa Gertrudis y autor de la obra “La comumunion eucharistique dans ‘Le Héraut de L’Amour Divin’ de sainte Gertrude d’Helfta” (Brelops / Abbaye de Bellefontaine, 1997), en la que se inspira este trabajo, que forma parte de la bibliografía de base de las Jornadas de estudio sobre santa Gertrudis dictadas por el autor en la Abadía de Citeaux en febrero de 2014, cuyo programa publicamos el 2 de febrero de 2014 en esta misma página (ver: http://surco.org/content/jornadas-estudio-sobre-santa-gertrudis-abadia-c...).

[2] Segunda parte de este artículo publicado en Cîteaux 44 (1993), pp. 253-286. Traducido por la hna. Ana Laura Forastieri del Monasterio de la Madre de Cristo, Hinojo, Argentina.

[3] N. de T.: Los Anexos serán publicados oportunamente, al final de este estudio, una vez publicado íntegramente el texto.

[4] Cfr. Anexo I: 125, 155, 167, 191.

[5] Se llega a que estos adjetivos tomen la forma de substantivos: supereffluentia, liberalitas, dulcedo. Se los encuentra también corrientemente en superlativo: incontinentissima, supereffluentissima, liberalissima, benignissima, dulcissima. Hay ahí una característica del estilo de Helfta. Cfr. Pierre DOYÈRE, “Introducción” SC 139, pp. 25-26

[6] Dulcis es del orden del tacto y del gusto, lo que en el Heraldo, y por referencia a san Bernardo, apela a la imagen de la miel (mellea) que se derrama (melliflua). Para una justa comprensión de la “dulzura” en Gertrudis, cfr. P. DOYERE, “Introducción”, SC 139, p.27.

[7] Cuando no aparece el adjetivo divina calificando a la pietas, es muy frecuente la aparición de un posesivo que lo substituye (pietas mea, pietas tua, pietas sua). En el Heraldo se cuentan 111 usos del adjetivo posesivo en relación con pietas, de las cuales 29 en la forma de pietas tua solo en el Libro II. De todas maneras, en los casos en que la Pietas divina está señalada con un posesivo se trata casi siempre de la pietas del Señor Jesucristo.

[8] No nos parece que se diluya lo expresado en este parágrafo, por lo que el Señor dice de sí mismo en L 2,17: “¿En qué sería exaltada mi omnipotencia, si yo no conservara este poder en cualquier lugar en que me encuentre de contenerme en mí mismo (me in memetipso possem  continere) para no presentarme en forma sensible y visible más que en la medida más conveniente al lugar, tiempo y persona? Porque desde el comienzo de la creación del cielo y de la tierra, en toda la obra redentora, yo he dado pruebas de mi sabia bondad, más aún que de mi autoridad soberana; y el ejemplo más resplandeciente de esta tierna sabiduría es mi paciencia hacia las creaturas imperfectas, hasta el punto de conducirlas, por libre elección al camino de la perfección”. Impotente u omnipotente, el amor tiene sus razones para contenerse o no contenerse, dominarse o no dominarse, dejarse vencer o ser vencedor. Razones incomprensibles a la lógica de los hombres, mientras no entren en ellos mismos en la lógica del amor-pietas.

[9] Cfr. Anexo II.

[10] De fluo, fluere: manar, derramarse. Gertrudis y las monjas de Helfta son aficionadas al vocabulario del derramamiento, al que ellas llenan frecuentemente de simples adjetivos, de suerte que la pietas no aparece solamente como supereffluentissima, sino también como largiflua (cfr. Anexo II: 8 usos) e incluso melliflua, suaviflua, etc.

[11] Abyssus: L II,4,3,8; L 2,23,23,3; L 3,18,26,6; L 3,28,1,23.

[12] Torrens: L II, 1,2,17; L 2,4,3,8ss.

[13] Pelagus: L II,23,10,5; L 4,4,5,8.

[14] Inundatio: Ejercicio VI, 529.

[15] La devota intentione es lo contrario de la vana curiosidad, que el Señor condena en L V,34,1,19-24: “Si alguno, poseído por una vana curiosidad (Qui vero curiosa instigatur elatione), viene por detrás y se pone por encima de mis espaldas para inspeccionar y escrutar el texto de mi libro, por el contrario, yo no podría, ciertamente soportar largo tiempo el peso de este importuno y para su confusión yo lo rechazaría sin dudar por mi poder divino”.

[16] L IV, 26,9,26-28: “Yo no te pido nada, respondió el Señor, sino que vengas a mí toda vacía (evacuata) y pronta a recibir, porque todo lo que a mí me complacerá de ti, tú lo habrás recibido de mí, como puro don”.

[17] “Castidad” es la traducción adoptada (en Sources Chrétiennes) en este pasaje para verter el latín: continencia. Nosotros preferimos moderación, que tiene la ventaja al mismo tiempo de inducir la castidad y de decir más que la castidad, lo que parecería ser el caso del pasaje en cuestión.

[18] Cfr. Anexo II: 26 usos de gratuita en el ambiente inmediato de pietas.

[19] Cfr. Anexo II: 22 usos de confidere.