Inicio » Content » LAS ESCRITURAS Y LA IDENTIDAD PERSONAL. UN ESTUDIO EN LOS “EJERCICIOS” DE SANTA GERTRUDIS (II)

Capilla Obispo Marty de las Hermanas Benedictinas de Yankton, Monasterio del Sagrado Corazón, Yankton, Dakota del Sur, USA.

 

Maureen McCabe, ocso[1]

Yo la he llamado por su nombre

Al guiar a Gertrudis hacia su propia verdad[2], el Espíritu parece haberle revelado un tesoro escondido para ella en la noción bíblica de ‘nombre’. Una oración que ella dirige a Jesús sugiere la profundidad de sentido que ella encuentra en este término.

             “Tu rostro es bello y encantador, radiante con la bellísima aurora de la divinidad. En tus mejillas está escrito en rojo el maravilloso nombre de Alfa y Omega”[3].

Revelar la naturaleza del portador, ya fuera Dios u otra persona, era precisamente la función del nombre en los tiempos bíblicos. Nunca era un mero apelativo. Como señala Gerhard von Rad: “Ciertas palabras eran pensamientos, como si tuvieran un poder inherente a ellas, por ejemplo los nombres de personas. El nombre de un hombre no era considerado como algo adicional a su personalidad, algo que podía cambiarse a voluntad; por el contrario, este contenía una parte esencial de su naturaleza”[4]. Otro estudioso ha expresado dicha revelación de un modo especialmente bello:

“El nombre (…) se entiende que caracteriza la naturaleza real de una persona o cosa, y en este sentido, completa la singularidad del portador del nombre. Podemos decir que un nombre de persona es una parte de su creación”[5].

 Profundizando en esta rica tradición bíblica, Gertrudis jugó con las posibilidades de su propio nombre, o, más precisamente con el nombre simbólico que expresa su más profundo sentido. Ciertos pasajes claves revelan la centralidad de este tema en su comprensión de sí misma, en cuanto se dirige al Espíritu Santo o a Jesús:

“Oh Santo y poderoso Paráclito, en este amor por el cual me has sellado para ti mismo mediante un nombre espiritual, concédeme amarte con todo mi corazón, adherirme a ti con toda mi alma, y gastar todas mi fuerzas en amarte y servirte”[6].

“Oh Jesús dulcísimo, coloca mi nombre debajo de tu glorioso nombre en el libro de la vida. Di a mi alma: ‘Tú eres mía; Yo, tu Salvación te he llamado por tu nombre. Desde ahora ya no serás llamada: ‘Abandonada’ sino que serás llamada: ‘Mi delicia en ella’, para que mi herencia esté siempre contigo en la tierra de los vivientes”[7].

“Allí, guárdame para ti mismo, inscrita sobre tus manos y tus pies y sobre tu amantísimo corazón, para que nunca puedas olvidarte de mi alma, que tú has redimido y hecho tuya a tan grande precio”[8].

Lo que es inmediatamente evidente, aún en una lectura corrida de esos textos, y de hecho, en la mayor parte de las oraciones de Gertrudis, es el pleno sentido con el cual las Escrituras han arraigado en ella, permitiéndole moverse rápidamente de una alusión a otra. Jean Leclercq describe este fenómeno literario como reminiscencia: “por la cual, los ecos verbales excitan la memoria, de modo que una frase bíblica sugiera casi naturalmente alusiones a otra parte del libro sagrado”[9]. Así, tomando las oraciones en su conjunto, encontramos que hay en realidad dos temas estrechamente relacionados que tienden a evocarse el uno al otro: el ‘sello’ y el ‘nombre’.

Gertrudis habla varias veces de ser sellada o marcada para Dios. Para ella este sello expresa la exclusiva posesión de Dios sobre su persona: “Él puso una marca sobre mi rostro, para que yo no admita otro amante fuera de él mismo”[10]. Solo en la primera oración antes citada, sin embargo, ella relaciona explícitamente el sello con el nombre. La alusión parece ser una espontánea asociación de dos textos, por la cual, el sello que es el Espíritu mismo (Ef 1,13) sella a Gertrudis con un nombre (Ap 7,3; 14,1) ¿Cuál es ese nombre espiritual? Dado que esto ocurre dentro del contexto del sello, pienso que Gertrudis se refiere aquí primariamente al nombre de Dios, es decir al nombre de Cristo y de su Padre (cfr. Ap 14,1), escrito sobre su frente como sobre la frente de todos sus siervos.

«Luego vi otro ángel elevándose donde se levanta el sol, llevando el sello del Dios viviente. Él gritó con voz potente (…): “Espera antes de infligir algún daño a la tierra, o al mar, o a los árboles, hasta que hayamos puesto el sello en la frente de los siervos de nuestro Dios”» (Ap 7,2-3).

“Sus siervos lo adorarán. Ellos lo verán cara a cara y tendrán su nombre escrito en la frente” (Ap 22,4).

Esta aplicación concuerda bien con la comprensión de Gertrudis de un sello como una marca de pertenencia. El nombre de Dios sobre una persona simboliza su “propiedad privada” o su “consagración” (cfr. Is 44,5). Pero el término tenía aún una más profunda implicación para ella, basada en la experiencia de su nombre personalmente único. Un análisis de las otras dos oraciones citadas arriba ayudará a traer luz sobre esta cuestión.

El primer Ejercicio de Gertrudis, en el cual ella recuerda con gratitud la recepción de su nombre bautismal provee el contexto de la segunda oración. Ella toma como fuente al segundo (y tercer) Isaías. El profeta de la consolación divina, una y otra vez despierta a Israel a la esperanza de que Yavhé está por crearlo de nuevo, que ya no necesita recordar el pasado, que su futuro está asegurado por su amor redentor. Pero si Israel debe ser una nueva creación, su nueva identidad demandará, de acuerdo con el pensamiento bíblico, un nombre nuevo (Is 62,2). Así como Jacob, el suplantador (Gn 25,26), después de su misteriosa batalla con lo divino llegó a ser “Israel”, o bien “el que ha sido fuerte contra Dios” (Gn 32,39), así, los nombres metafóricos que Isaías aplica a todo el pueblo de Israel designan un análogo cambio de identidad y destino. Ella no será más “La Abandonada”, el antiguo nombre de la antigua identidad, sino “La delicia de Yahvé”, cuya tierra será llamada “Desposada” (cfr. Is 62,4). Gertrudis, que no podía quedar satisfecha con el conocimiento del Señor por las meras “sílabas de su nombre”, tan grande era su deseo de conocerlo con “entendimiento”[11], fue elevada por este texto a experimentar la profundidad de su propio nombre. Combinando libremente el salmo 35(34) con Is 43,1, ella se alegra primero de saber que Dios la ha llamado por su nombre. Luego su mente salta inmediatamente a la esencia, al sentido espiritual del término. Dios la ha llamado no solo por las sílabas de su nombre, nombrándola, sino que Él la ha identificado, la ha comprendido, la ha interpretado. Que ella es su “Delicia” es parte de la revelación de su ser más profundo.

La tercera oración articula otro aspecto del misterio. Adaptando hábilmente el texto a la imagen de Cristo crucificado, Gertrudis alude a Is 49,15-16. Él es quien, como una madre ama a su hijo, nunca la olvidará. Su nombre está escrito en las palmas de sus manos -y sobre sus pies y corazón-. ¿Podría haber un modo más apto de expresar que la propia identidad está escondida en Dios, que hablar de uno mismo siendo escrito en el cuerpo herido de Cristo?

Siento que esta imagen provee la llave de enlace entre el sello y el nombre en el pensamiento de Gertrudis. Cristo es el lazo, y el nombre de cada hijo de Dios es un nombre de Cristo. En Él, el nombre de Gertrudis está escrito en Dios y el nombre de Dios en Gertrudis. Estar identificada con Cristo, una realidad de la que ella se alegra continuamente, es encontrar el más profundo sentido de uno mismo.

Así, Gertrudis pide ser engullida y enterrada en el Espíritu de Jesús:

“Oh Jesús, engulle mi espíritu en tu Espíritu, tan poderosa y profundamente que yo pueda de verdad estar enteramente sepultada en ti, abandonándome a mí misma en unión contigo y que el lugar de mi sepultura pueda ser conocido solo por tu amor”[12].

Abandonada en su unión con Cristo, Gertrudis se pierde a sí misma en Dios. Ella ha muerto y vive de nuevo:

“Mi Dios y mi Rey, que estás en tu lugar santo, en quien mi vida está escondida con Jesús, he aquí que el diluvio de tus castas delicias ha fluido sobre mí. Yo ya estoy perdida a mí misma en ti, y viviendo, he muerto”[13].

Finalmente, el último vestigio de un obrar propio en Gertrudis, libremente se extingue a sí mismo en unión con el amor consumidor de Cristo.

“Jesús, te ofrezco como sacrificio de alabanza: a ti mismo en mí y a mí misma en ti; nada más poseo”[14].

Nada de esto por supuesto, quiere sugerir que se pueda conocer actualmente el nombre (espiritual) de Gertrudis. Este, como nos asegura el Cristo Glorificado en el libro del Apocalipsis, es su secreto: “Le daré el maná escondido y una piedra blanca -una piedra sobre la que está escrito un nombre nuevo, conocido solo por la persona que lo recibe” (Ap 2,17). Aun así, estos pasajes nos dan un vislumbre de la comprensión de Gertrudis sobre el nombre como identidad espiritual y de su anhelo por encontrar su lugar en Dios, una experiencia capturada en estas palabras de un teólogo contemporáneo:

“Solo Él puede saber lo que nosotros verdaderamente somos y la palabra que dirigió a Magdalena cuando lloraba en la tumba es suficiente: “¡María!” Este nombre propio salido de la boca de la Vida eterna, es la verdadera idea de cada hombre: este es el yo verdadero en Dios, dado y otorgado a cada creyente por pura gracia y remisión de los pecados, pero acompañado del imperioso poder del amor, el cual, por su verdadera naturaleza, todo lo exige y lo apropia”[15].

A partir de estas consideraciones sobre la espiritualidad del nombre, podemos avanzar hacia una cuestión más práctica: ¿Cómo usó Gertrudis las Escrituras en orden a encontrar su ser más profundo, su nombre espiritual?

Continuará



[1] La autora es actualmente la abadesa de Mount Saint Mary’s Abbey, Wrentham, Massachusett, U.S.A.

[2] Continuamos con la traducción de este artículo publicado en: John A. Nichols & Lillian Thomas Shank, ed.: Hidden Springs: Cistercian Monastic Women. Meideval Religious Women, Volume Three, Book two. USA, Cistercian Publications Inc, 1995, pp. 497-507. Tradujo: Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[3] Exercices, p. 86.

[4] Gerhard von Rad, Old Testament Theology (New York: Harper and Row, 1965), 1: 83.

[5] Myles Bourke, The Book of Exodus: Old Testament Reading Guide (Collegeville, Minnesota: Liturgical Press, 1968), p. 72.

[6] Exercices, p. 21.

[7]  Exercices, p. 10.

[8]  Exercices, p. 117.

[9] Jean Leclercq, The Love of Learning and the Desire for God, traducido por Catherine Misrahi (New York: Fordham University Press, 1961), p. 91.

[10] Exercices, p. 44.

[11] Exercices, p. 98.

[12] Exercices, p. 70.

[13] Exercices, p. 139.

[14] Exercises, pp. 111-12.

[15] Hans Urs von Balthasar, Prayer, traducido por A. V. Ittledale (New York: Sheed and Ward, 1961), p. 22.