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Segunda Parte (continuación)

1.7. Motivos Marianos

La devoción a la Virgen María es uno de los rasgos típicos de la espiritualidad de santa Gertrudis y de toda la obra de Helfta que ha quedado plasmado en su iconografía. Ante todo, Gertrudis comprende en Misterio de María en total referencia y dependencia del misterio cristológico. María es la mediadora ante el Mediador (mediator mediatoris).

Si bien, por en el contexto de la tradición cisterciense y medieval a la que pertenece, Gertrudis tributa un profundo reconocimiento al misterio de la Asunción de la Virgen a los Cielos, lo característico de su espiritualidad es la contemplación de María principalmente en relación con el misterio de la Encarnación, o sea en su maternidad divina. Estas breves notas nos permitirán comprender las representaciones iconográficas sobre santa Gertrudis en relación con el tema mariano. Podemos distinguir cuatro tipos de representaciones:

La más abundante, en la iconografía del siglo XVIII, es la escena de la Asunción al Cielo de la María en presencia de la Trinidad y de numerosos santos, entre los cuales se encuentra santa Gertrudis. Hemos hecho referencia a este tipo de cuadros cuando tratamos las visiones trinitarias[1]; pero, como ya dijimos, será objeto de estudio específico cuando analicemos las representaciones colectivas de  santos entre los que aparece santa Gertrudis. Presentamos aquí una sola pieza: un escudo de monja anónimo procedente de un monasterio mejicano de la Orden de la Concepción, en el que aparece en plano central la Virgen María, ascendiendo al cielo con su Hijo en brazos, mientras la Trinidad la espera para imponerle la corona. Participan de la escena numerosos santos, entre los cuales, a la izquierda de la Virgen, santa Gertrudis, sosteniendo con su mano su corazón.

Escudo de monja, anónimo. Museo Andrés Blaisten. Ciudad de México.

 

Dejando aparte el tema de la Asunción recién señalado, en la iconografía de santa Gertrudis, la Virgen María aparece generalmente en relación con en el misterio de su maternidad divina y por eso se la representa en compañía de Cristo, nota que expresa la unión de la devoción mariana con el misterio cristológico. Dentro de este tipo de representaciones, podemos distinguir a su vez, dos motivos: María con Cristo niño y María con Cristo resucitado.

Las representaciones de María con Cristo niño hacen referencia directa al misterio de la Encarnación, que se hizo posible a través de su consentimiento. Las pinturas que escenifican este motivo presentan a María en actitud de exponer o de entregar a su Hijo a Gertrudis, en correspondencia con las numerosas visiones en que Gertrudis recibió al Niño Jesús, de manos de María, con ocasión de la fiesta de Navidad.

Presenta este tema una de las pinturas de  la hornacina del retablo de santa Gertrudis de la iglesia del monasterio de San Clemente de Sevilla, asi como también, dos obras del barroco italiano:

La Virgen ofrece a su Hijo a santa Gertrudis.

Pintura de hornacina del retablo de Santa Gertrudis del Real Monasterio

de San Clemente de Sevilla, atribuida al pintor Valdés Leal.

 

«Durante la santísima fiesta [de tu nacimiento] (...) mientras se leía el Evangelio: “Dio a luz a su Hijo primogénito”, etc.[2], tu Madre inmaculada con sus inmaculadas manos te entregó a mí, niño virginal, pequeño amable, que intentabas con todo esfuerzo conseguir mis abrazos. Yo, por desgracia indignísima, te acogí tierno niño, que estrechabas mi cuello con tus bracitos. Tu boca exhalaba el suave aliento de tu dulce Espíritu que experimenté como alimento vivificante para mí. Por ello, Señor Dios mío, con razón te bendice mi alma y todo lo que hay en mí, a tu santo nombre[3]» (L II,16,4).

 

Virgen con el Niño y santa Gertrudis (320 x180 cm). Giuseppe Marchesi (1699/ 1771). Corinaldo, Diócesis de Senigallia.

 

Virgen con el Niño, santa Gertrudis y ángeles óleo sobre tela (250 x 167 cm).

Giuseppe María Crespi (1730). Galleria Nazionale dell'Umbria, Perugia.

 

Las tres pinturas expuestas presentan una escena dinámica, propia de la representación visionaria. Pero hay también retratos, que recrean el mismo motivo en forma estática, sin referencia a una visión determinada, como ejemplificación del rasgo mariano de la espiritualidad de santa Gertrudis.

Virgen de la leche entre san Juan y santa Gertrudis óleo sobre tela (138 x110 cm) (hxl). Siglo XVIII. Diócesis de Viterbo.

 

Virgen con Jesús Niño, santa Gertrudis, un ángel y el devoto Jacobo Jordani.

Óleo sobre tela (200 x 90 cm). Ambito veneciano, siglo XVII. Inscripción inferior: Jacobvs Jordani /Archip./ Ex Devotione.

 

La segunda forma de representación de María en relación con el misterio cristológico, muestra a la Virgen, también en contexto visionario, en compañía de Cristo resucitado.

Contamos con una escena iconográfica específica, que aparece reproducida casi con los mismos elementos en dos pinturas distintas: una pintura del retablo de la iglesia de San Clemente de Sevilla y un óleo del barroco español.

Coronación de santa Gertrudis. Pintura de hornacina del retablo de santa Gertrudis

del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla, atribuida al pintor Valdés Leal.

 

 

Ambas obras presentan la escena de la entrada de Gertrudis en la gloria celestial. Se ve a Gertrudis en el cielo, recibiendo una corona de manos de Cristo, mientras la Virgen le impone un collar. Al mismo tiempo, en la pintura sevillana, Cristo se apresta para clavar un dardo -o poner una cánula- en el corazón de Gertrudis.

Curiosamente una representación tan específica, no concuerda con un relato visionario determinado. Hay, sí, elementos visionarios en los úlitmos capítulos del libro V del Legatus, que podrían haber servido de base para esta recreación, teniendo en cuenta que todos tienen como contexto común la última enfermedad de Gertrudis y su preparación para la muerte. Pensamos que una representación tan específica puede basarse en algún relato hagiográfico del siglo XVIII que recreara las fuentes configurando esta escena (tal vez las biografías de Andrade o de Lardito). Reúno a continuación los textos en que podría inspirarse la composición:

“Un día en que Gertrudis alababa al Señor por la dignidad, gracia y gloria que había otorgado a la santísima Virgen Madre y rogaba a la misma Madre Virgen María que por amor de su Hijo se dignara ofrecer por ella al Señor, para que supliera su indigencia, aquellas virtudes con las que reconocía que más especialmente complacía al mismo Señor de las virtudes, la Reina de los cielos, estimulada por los ruegos de su devota ofreció a su Hijo como vestido blanquísimo su virginal castidad, como túnica purpúrea su mansísima humildad, y como manto verde su desbordante caridad. El Señor revistió al alma con el manto de esas virtudes y todos los santos, gozosos por tan excelentes adornos, se levantaron y pedían que derramara en aquella alma todos los dones de gracia que ellos mismos pudieran recibir si se hubieran preparado debidamente para ellos. Entonces el Señor a petición de sus elegidos puso sobre su pecho un magnífico collar adornado con innumerables piedras preciosas” (L V,27,14).

«Entonces vio al Señor frente a ella que tenía un dardo en la mano y le respondía: “Tú te propones herirme si tuvieras un dardo de oro; pues yo, que lo tengo, quiero traspasarte de tal manera que nunca jamás recuperes la salud anterior”» (L V,25,1).

En los textos citados no aparece el símbolo de la corona, pero la coronación es utilizada repetidas veces en el Libro V del Legatus, para expresar la entrada de un alma en el Reino celestial, donde reinará con Cristo. En este contexto la corona es símbolo de victoria, de realeza, y al mismo tiempo de consagración.

La cánula se usa frecuentemente en la obra de Gertrudis como símbolo de comunión y comunicación de corazones y como medio transmisor del deleite y consuelo divinos. Sirva a modo de ejemplo este texto:

«Gertrudis recibió la siguiente respuesta del Señor: “He regalado a cado uno una cánula de oro con el poder de extraer con ella de mi Corazón divino todo lo que desee”. En esa cánula entendió ella que estaba significada la propia voluntad con la que el hombre puede reclamar para sí todos los bienes espirituales tanto celestes como terrestres. Por ejemplo: si un hombre encendido por el deseo, quiere en la medida de sus posibilidades rendir a Dios alabanzas, acciones de gracias, obediencia y fidelidad como lo hizo cualquiera de los santos, la inmensa bondad de Dios acepta esta voluntad como obra ya realizada. Dicha cánula es decorada en oro cuando el hombre agradece a Dios haberle otorgado tan noble voluntad, para obtener infinitamente más que lo que puede realizar el mundo entero con sus solas fuerzas» (L III,30,1).

Otro motivo que presenta a María con Cristo adulto, la muestra en relación con la inspiración divina de las santas de Helfta. Tenemos una respresentación de este tema en un fresco de una iglesia alemana del siglo XVIII. Allí Gertrudis aparece junto a santa Matilde, ambas en éxtasis, anotando las revelaciones que reciben de Cristo resucitado, el cual exhibe la cruz, junto con el libro que escriben las videntes, mostrando en su mano, las marcas de la Pasión. La Virgen María parece exhortar a las místicas a prestar atención a la celestial instrucción. Se trata de un motivo genérico que recrea el origen inspirado de la doctrina de Helfta, junto con el rasgo mariano, tan característico en la obra de sus tres célebres místicas.

 

La obra recién presentada mostraba a Gertrudis en compañía de Matilde. No es la única vez que ambas aparecen juntas con referencia al motivo mariano, indicando con ello la característica común de la devoción mariana a toda la obra de Helfta.

La pintura que a continuación presentamos -y que no hemos podido identificar- aparecen Gertrudis y Matilde encabezando a la comunidad de Helfta, ante la presencia de la Virgen María, a la cual Gertrudis ofrece una azucena; ángeles barrocos completan la escena. La azucena es la imagen típica que la literatura de Helfta aplica a la Virgen María, para indicar su absoluta falta de pecado durante su vida terrena, incluso venial. Tengamos en cuenta que el dogma de la inmaculada concepción no estaba formulado. Las místicas de Helfta se acercan a esta noción, aunque sin hablar de preservación del pecado original desde la concepción, sino refiriéndose solo a la vida terrenal de María.

Santa Matilde y santa Gertrudis de Helfta. Fresco de Inocente Waräthi (1720). Biblioteca del monasterio de Metten, Alemania.

 

«Mientras Gertrudis oraba de la misma manera el día siguiente, apareció la misma Madre virginal, siempre en presencia de la adorable Trinidad, bajo la imagen de blanca azucena con tres pétalos como suele presentarse, uno erguido y los otros inclinados. Comprendió entonces por qué la bienaventurada Madre de Dios es llamada con razón blanca azucena de la Trinidad, por haber recibido en sí de la adorable Trinidad plenísima y dignísimamente más que ninguna otra criatura, unas virtudes que nunca contaminó con el más mínimo polvillo del pecado venial (...). El pétalo recto designa la omnipotencia de Dios Padre; los dos inclinados, la sabiduría y la bondad del Hijo y del Espíritu Santo, a los que ella tanto se parecía. También le enseñó la dichosa Virgen que si alguien la saluda devotamente diciendo: “Cándida azucena de la Trinidad y rosa brillante de celestial candor, le mostraría de modo especial el poder que ha recibido de la omnipotencia del Padre; le enseñaría cuantos recursos ha recibido de la sabiduría del Hijo para lograr la salvación del género humano; con qué inestimable abundancia se llenaron sus entrañas de misericordia por la bondad del Espíritu Santo”. A todo esto añadió la Bienaventurada Virgen: “Cuando el alma que así me saluda salga de este mundo, me mostraré a ella y le ofreceré la hermosura celestial para su maravilloso consuelo”. Por todo esto (Gertrudis) decidió saludar a la bendita Virgen o a su imagen con estas palabras: “¡Salve, cándida azucena de la radiante y siempre serena Trinidad, rosa brillante de celestial belleza, de la que quiso nacer y amamantarse con su leche el Rey de los cielos! Alimenta nuestras almas con flujos divinos”» (L III,19,3).

 


[1] Cf. Iconografía de Santa Gertrudis (VII).

[2] Lc 2,7.

[3] Sal 102 [103],3.