Inicio » Content » SANTA GERTRUDIS APÓSTOL DE LOS BENEFICIOS DE LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA (II)

Santa Gertrudis - Altar del Sagrado Corazón - Catedral de Jundiai (Brasil).

Por Olivier Quenardel, ocso[1]

2. La estructuración eucarística de lo sensible

La orientación eucarística del Heraldo, lo mismo que su sistema lingüístico, nos llevan ahora a interrogar a la mística de Gertrudis en su espacio de sensibilidad. Otros lo han hecho antes. Pierre Doyère, en particular, mostró como “la vida espiritual y mística de santa Gertrudis…, esencialmente cristológica… y vivida en una perspectiva de encarnación…, invita a los teólogos a comprometerse en la búsqueda de una explicación a los sentidos espirituales, un poco diferente de la distinción origenista relacionada con la estructura del alma. Gertrudis sugiere como una suerte de ósmosis armoniosa entre la actividad de los sentidos corporales y el conocimiento de lo invisible, en la unidad definitiva del compuesto humano, lo que permitiría fundar, a partir de la misma diversidad de los sentidos corporales, una diversidad en la “percepción de lo divino”, tal como la concibe la doctrina de los sentidos espirituales[2]”.

Sin querer empeñarnos en esta búsqueda, teniendo en cuenta la reflexión que hemos seguido hasta aquí, quisiéramos atraer la atención sobre lo que se podría llamar la estructuración eucarística de lo sensible en el Heraldo.

Nuestras conferencias anteriores nos pusieron ya en este camino. Especialmente la dinámica ritual de la Eucaristía[3] pone en evidencia que la sensibilidad de Gertrudis, como la del Señor, no queda plenamente satisfecha sino en los días de comunión sacramental. Esto quiere decir que para una santa Gertrudis, cada uno de los sentidos encuentra su alimento en la eucaristía, pero según un orden que se adapta al desarrollo mismo de la celebración. Todos los sentidos están llamados a conmoverse (commovere) en presencia del misterio, pero la puerta no se abre al mismo tiempo para cada uno de ellos. No entran todos en escena simultáneamente. Es ahí que cabe recordar una “lección” que la santa recibió del Señor, un día de comunión:

“En otra ocasión, durante la distribución del sacramento, deseaba ella vivamente ver la Hostia, pero se lo impedía el gran número de personas que se acercaban a comulgar, Entendió entonces que el Señor tiernamente la llamaba y le decía: ‘Entre nosotros se realiza un intercambio secreto de tal dulzura que no pueden conocerlo aquellos que están lejos de mí. Pero tú, si quieres tener la dicha de conocerlo, acércate y experimenta, no por la vista sino por el gusto (non videndo sed gustando), qué sabor tiene este ‘maná escondido’[4]” (L 3,18,18).

La “lección” de este pasaje deja entender que la secreta dulzura (suave secretum) de la eucaristía se dirige más al gusto que a la vista (non videndo sed gustando)[5]. Pierre Doyère no parece haber presentido esta “línea de acción” de la pietas sacramental que, sin ser objeto de un exposición sistemática, atraviesa punteándolo todo el Heraldo. Sin embargo, al señalar que “el tacto es para la mística nupcial el sentido primordial”[6], se ubicó en la pista que permite considerar el gusto como toque interior por excelencia. El ‘maná escondido’ no se toca, se gusta. En la masticación de las imágenes (L 2,24,1,15), como en la masticación del sacramento (L 3,18,18), él no participa su secreta dulzura (suave secretum) más que con quien sabe saborearla.

Si esta lección sensorial es, como lo creemos, co-extensiva a todo el Heraldo, se encontraría en la experiencia de santa Gertrudis -que no es otra que la experiencia eucarística de la Iglesia misma-, el resumen simbólico de toda la experiencia apostólica. Se puede decir, en efecto, que el ministerio público de Jesús junto a sus discípulos se dirige en primer lugar a sus ojos y sus oídos, antes de dirigirse a sus manos y a su boca. Antes de escuchar: “tomad y comed: esto es mi cuerpo”, los discípulos han oído: “venid y veréis”. En la pedagogía cristiana, como en la mistagogía eucarística el ver y el oír preceden el tocar y comer. La Palabra, que se hace oír (liturgia de la Palabra), luego ver en el sacramentum de la Alianza (elevación), no se deja tomar y gustar por la Ecclesia, como vivificum sacramentum, hasta el momento de la comunión. Para decirlo de otro modo: hay que ser fiel al “sígueme” de la primera hora, el de los exteriora (el oído, el ojo), como lo fueron los discípulos al dejarlo todo y seguir a Jesús, para acceder al “sígueme” de la última hora, el de los interiora, donde la obediencia de los discípulos llega hasta tomar el cuerpo e introducirlo, por fin, a donde el Maestro quiere establecer su morada: adentro del hombre, por el acto de la manducación eucarística. El largo abrazo de la visión debe pasar por el abrazo apretado de la manducación para que el hombre pueda ver a Dios, como Dios quiere ser visto. Experiencia apostólica y experiencia eucarística se unen aquí en la experiencia de todo amor, tal como Jesús se atreve a abrirse a Gertrudis:

“A veces, demasiada proximidad entre los amigos, hace que no puedan verse bien el uno al otro: por ejemplo si, como se acostumbra, están unidos por el abrazo o por el beso: en ese momento ellos se privan de la alegría de verse” (L 1,17,1,4-8).

Comentamos así lo que acabamos de citar: cuanto más une el amor, más acerca a los amantes; cuanto menos se ven, más se gustan. Es lo que Hans Urs von Balthasar comenta también él a su modo, retomando las profundas intuiciones de Paul Claudel:

«La eucaristía tiene la finalidad de acostumbrar a nuestro ser a vivir en Dios por el descenso del Verbo a los sentidos, e incluso en lo que reside aún en el interior de los sentidos, la substancia. No es el espíritu solo el que habla al espíritu, es la carne que habla a la carne. Nuestra carne ha dejado de ser un obstáculo, para llegar a ser un medio y un vehículo; ha dejado de ser un velo, para llegar a ser un modo de captación. Ella debe, bien o mal, aprender a gusta a qué sabe Dios, Dios mismo hecho nuestro alimento “algo directamente accesible a nuestros órganos corporales”. Por el “sentido de Cristo’ (1 Co 2,16) se implanta en nosotros el “sentido de Dios”»[7].

La lógica de esta pedagogía sensorial, apostólica, no sin relación con la mistagogía, que encuentra su apoyo en la comunión eucarística, desemboca en una puesta a disposición del hombre para con Dios, a manera de María. Esta es la meta última de la pietas Dei: hacer de la Ecclesia toda entera en cada uno sus miembros el templo donde Dios viene a encontrar su gozo.

 

3. Como el oro a través del cristal

Si el lector del Heraldo no relaja su atención y entra de buen grado en el juego de las imágenes de la pietas Dei, comprende que todo el dinamismo de la celebración eucarística aquí predicada busca y consigue dar al hombre su verdadera figura: María, aquella que en su carne consiente al Verbo de Dios hasta darle carne, para que el mundo se salve y cante la gloria de Dios. Hay una continuidad perfecta entre el misterio de María acogiendo en su carne al Verbo de Dios y el misterio de la iglesia comulgado con el sacramento del Verbo hecho carne. El uno como el otro se abren sin reservas al desborde de la pietas que “salva la faz” de Dios en la carne del mundo. El “Amén” de la Iglesia al momento de la comunión es el eco fiel del “Fiat” de María, el día de la Anunciación. El Verbo que, por el poder del Espíritu Santo, ha invadido el cuerpo de la Inmaculada, es el mismo que, en el sacramento de su carne y de su sangre, se incorpora a la Iglesia de los bautizados. Él quiere estar de ahora en más en el corazón del mundo, como quiso estar para siempre en el corazón de María.

Esta entronización real del hijo de Dios, de la cual María es figura perfecta, Gertrudis la vive en su corazón en el momento de la comunión. No es casual que el Heraldo utilice la misma imagen para presentar el brillo radiante del Hijo Único del Padre encontrando sus delicias en el corazón inmaculado de la Virgen su Madre (L,4,3,4), y el espléndido brillo de Jesucristo en el corazón y el alma de su bien amada Gertrudis al momento de la comunión (L 3,18,6,7-9; L3, 37,1,31 ss.). La virgen Helfta y la de Nazaret son, tanto una como la otra, el purísimo cristal que encierra el oro, símbolo del Hijo de Dios, y desde donde pueden derramarse, por las operaciones maravillosas y deliciosas más allá de todo lo que se puede pensar (3,37,1,35-36), los deliciosos gozos en los que abrevan la adorable Trinidad y todos los santos (3,18,6-9,11; L 3,37,1,36-40). Todo el cuerpo místico está asociado al reparto de los frutos de este festín de alegría (L 3,18,6,11-25). La monja, con el corazón eucaristizado, está aquí en la cumbre de su misión. Entre ella y María, hay más que una semejanza por imitación. Hay una semejanza por actuación. La una y la otra son eucaristizadas por la invasión del mismo misterio. La Ecclesia toda entera figurada en María, recibe una nueva figura en Gertrudis, como le asegura el Señor el mismo un día de comunión:

L 3,36,1,2-4

“Yo me doy totalmente a ti, con la entera virtud de mi divinidad, como en el día en que me engendró la virgen, mi Madre”.

Ya el Señor había hecho saber a una persona de su entorno:

“En ninguna parte me podrás encontrar más afectuosamente sobre la tierra que el sacramento del altar y, del mismo modo, en el corazón y en el alma de mi bien amada sobre la cual se ha posado, de modo admirable, toda la delectación (totum delectamentum) de mi divino corazón”. ( L 1,3,3,30-33).

Jesús sabe en efecto que puede disponer a su gusto de este corazón, a la vez mariano y eclesial, como de un vaso que puede llenar o vaciar a cualquier momento que sea y en provecho de quien le plazca. (L 3,30,2,10 ss.). La santa se le ha ofrecido con voluntad enteramente libre (L 3,30,2,3) el día en que él le dijo:

«“Dame, amada mía, tu corazón”. Habiéndolo hecho ella con gusto, le parecía que el Señor lo adaptaba a su propio corazón divino, a la manera de un canal (in similitudine canalis) tocando así la tierra, y por el cual Él derramaba abundantemente los efluvios de su bondad sin medida (per quod emisiones suae incontinentis pietatis large diffundebat) diciendo: “He aquí que, de ahora en más, yo me complazco (delector) de servirme siempre de tu corazón como de un canal (canali) por el cual yo prodigaré a todos los que se apliquen a recibir la emisión de este torrente, dirigiéndose a ti con humildad y confianza, la abundancia de gracias que brotan de mi corazón lleno de dulzura (larga fluenta de torrente melliflui Cordis mei profundam)”» (L 3,66,1)[8].

Habría mucho que decir sobre esta página. Retengamos para la continuación de nuestro propósito, el rico vocabulario de la liquidez. Sabemos desde la Primera Parte[9], que el Heraldo saca de este vocabulario, las metáforas fundamentales de la divina pietas en acto de revelación. Es por el juego de estas imágenes que nos arrastra ahora a considerar el efecto eclesial de la comunión con el vivificum sacramentum.

Continuará



[1] Este artículo forma parte de la bibliografía de base de las Jornadas de estudio sobre santa Gertrudis, dictadas por Dom Olivier Quenardel, Abad de Citeaux, en Francia, en febrero de 2014 (ver: http://surco.org/content/jornadas-estudio-sobre-santa-gertrudis-abadia-cister-francia). Fue traducido de: Olivier Quenardel, “Sainte Gertrude: Apôtre des bienefaits de la communion eucharistique”, Liturgie 130, pp. 272 ss, revista de la conferencia francófona de monasterios OCSO de Francia Sur Oeste. Publicado también con el título de: “Les effects de la communion eucharistique”, en Olivier Quenardel, “La comumunion eucharistique dans ‘Le Héraut de L’Amour Divin’ de sainte Gertrude d’Helfta”, Abbaye de Bellefontaine, Brepols, 1997, 3ª parte, capítulo V, pp. 135-148. Tradujo la hna. Ana Laura Forastieri, ocso, Monasterio de la Madre de Cristo, Hinojo, Argentina.

[2] Pierre Doyére, “Sainte Gertrude et les sens spirituels”, Revue d’ascétique et mystique, 36, 1960, pp. 445-446.

[3] Cfr: Santa Gertrudis, apóstol de los beneficios de la comunión eucarística (I), publicado en esta misma página.

[4] Cfr. Ap 2,17.

[5] La enseñanza universitaria de san Buenaventura presenta una estructuración eucarística de lo sensible que nos parece cercana a la del Heraldo. Según él la Eucaristía presenta al alma tres “memoriales” de la Pasión: el primero es el relato de la Pasión por la Escritura, o la expresión en imágenes, “hecha por la mirada, que ve desde más lejos”: él está “casi muerto”. El segundo, se dirige al oído: “según la calidad del predicador, él está vivo o muerto”. “En fin, hay un memorial en el sacramento…; es el memorial viviente… por una suerte de experiencia”. Citando este texto de san Buenaventura (Sent. V a. 12, p.2, a.1, q.1.; Quarachi IV, 290), P.-M. Gy señala: “Se notará que la conclusión del texto dice que el memorial se realiza en la comunión”. Es lo que hace el Heraldo, para quien la comunión sacramental realiza de manera privilegiada el “memorial de la abundancia de la divina ternura”. Pero san Buenaventura “concluye en separarla de la asistencia ferviente a la misa, a la vez, porque los medievales estaban habituados a asistir a la misa mucho más frecuentemente que a comulgar, y porque ellos encuentran en la distinción agustiniana entre manducación sacramental y manducación espiritual (distinción que hacen) la ocasión de valorizar al máximo por la parte teologal de la comunión, pero restando valor a la recepción del sacramento” (cfr. P.-M- Gy, op. cit., pp. 260-261).

[6] Pierre Doyère, op. cit., p. 434

[7] H. U. von Balthasar, La glorie et la croix, T 1, Aubier 1965, p. 340.

[8] Se impone una relación entre esta página del Heraldo, donde el Señor declara usar el corazón de Gertrudis como un “canal”, para derramar sobre la tierra los efluvios de su bondad sin medida, y el sermón de san Bernardo para la Natividad de la Virgen, donde compara a María con un acueducto que vierte sobre el género humano todas las aguas de la gracia divina. Cfr. Sancti Bernardi Opera, Sermones II, Romae, Ediciones Cistercienses, 1968, pp. 275-288.

[9] Cfr. supperefluentia divinae pietatis, en: La Comunión Eucarística en el Heraldo del Amor Divino (II), publicado en esta misma página.