LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (25). ¡Fiesta de Pentecostés!

Capítulo siete: La humildad

Más largo e importante que ningún otro, este capítulo no describe solamente una de las tres grandes virtudes del monje. Porque esta, lo hemos visto, abraza a las otras dos y cierra el conjunto de la doctrina espiritual de la Regla. Además, esta descripción de la humildad fue extraída de un fragmento de Casiano (Instituciones 4,39) que trazaba el itinerario del monje hacia la perfección, desde el temor de Dios inicial hasta el amor que expulsa todo temor. Integrados en el presente capítulo, este punto de partida y el término acaban de dar a la exposición del Maestro y de Benito la amplitud de una síntesis. La imagen de una escalera de doce grados, que va a servirle de marco es presentada por nuestros autores en un preámbulo.

Clama, hermanos, la divina Escritura diciéndonos: “Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Al decir esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia. El Profeta indica que se guarda de ella diciendo: “Señor, ni mi corazón fue ambicioso ni mis ojos altaneros; no anduve buscando grandezas ni maravillas superiores a mí.” Pero ¿qué sucederá? “Si no he tenido sentimientos humildes, y si mi alma se ha envanecido, Tú tratarás mi alma como a un niño que es apartado del pecho de su madre”.

Por eso, hermanos, si queremos alcanzar la cumbre de la más alta humildad, si queremos llegar rápidamente a aquella exaltación celestial a la que se sube por la humildad de la vida presente, tenemos que levantar con nuestros actos ascendentes la escala que se le apareció en sueños a Jacob, en la cual veía ángeles que subían y bajaban. Sin duda alguna, aquel bajar y subir no significa otra cosa sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube. Ahora bien, la escala misma así levantada es nuestra vida en el mundo, a la que el Señor levanta hasta el cielo cuando el corazón se humilla. Decimos, en efecto, que los dos lados de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, y en esos dos lados la vocación divina ha puesto los diversos escalones de humildad y de disciplina por los que debemos subir (Capítulo 7, versículos 1-9).

La palabra de Cristo que abre el capítulo se lee tres veces en el Nuevo Testamento. Sirve para inculcar tanto la modestia que hace agradable a los hombres (Lc 14,11), como el espíritu de servicio que debe animar a los representantes de Dios (Mt 23,12), o la actitud que conviene a los pecadores que estamos todos frente al Señor (Lc 18,14). Citado aquí bajo la forma que le da san Lucas, este término clave del Evangelio tiene dos partes, donde cada una va a ser brevemente comentada en medio de textos del Antiguo Testamento. La primera, sobre el abajamiento de los orgullosos, es parafraseada por el Salmista: el alma que se enorgullece será privada de Dios (Sal 130 [131],1-2). La segunda, sobre la elevación de los humildes, es iluminada por el sueño de Jacob: una escala que sube al cielo (Gn 28,12). En ambos pasajes del Antiguo Testamento, la humildad aparece bajo un doble aspecto, interior y exterior: el Salmista habla del “corazón” y de los “ojos”; la escala de Jacob tiene dos personajes que suben y son símbolos del alma y del cuerpo. Benito y el Maestro, este sobre todo, observarán el aspecto más bien interior o corporal de algunos grados.

La máxima del Evangelio va, por tanto, a ser ilustrada por la imagen del Génesis. Tomado estos textos escriturísticos en el sentido más general y fuerte, nuestros autores extraen una visión total de la existencia cristiana, aquí y en el más allá. Se abaja en este mundo para ser exaltado en el otro. La escala figura toda la vida presente, concebida como una subida hacia el cielo. Por eso el Maestro concluirá muy lógicamente su capítulo con una descripción del paraíso, mientras que Benito, con afán de abreviar, se detendrá en la cima espiritual que se alcanza en la tierra: la caridad.

Subir al cielo es una ambición propiamente cristiana. El autor del Génesis no sueña con eso: aquellos que Jacob ha visto subir y descender sobre la escala eran ángeles no hombres. Para dar a estos últimos la esperanza inaudita de ir hasta Dios, faltaba nada menos que la ascensión del Hijo de Dios hecho hombre. Es siguiendo a él y por su gracia, obtenida por su abajamiento, que nosotros osamos iniciar la subida en la escala y aspirar a la visión del Dios trascendente.

Como la cita evangélica, la imagen de la escala es propia del Maestro y de Benito. El fragmento subyacente de las Instituciones no la incluía. Casiano trazó un itinerario del temor hacia la caridad, pasando por la renuncia exterior y la humildad, pero los diez indicios de esto no formaban una progresión. Ordenados con cuidado –tres rasgos de obediencia y dos de paciencia, luego tres de anonadamiento y dos de taciturnidad-, no fueron presentados como un programa metódico y acabado, sino como una simple lista de ejemplos, susceptible de recibir adiciones y de ser ordenado de otro modo.

Transportando esta descripción del monje humilde en el marco de su escala graduada, el Maestro seguido por Benito, le ha dado un aspecto progresivo y sistemático, que sin duda, no es necesario tomar demasiado en serio. Al igual que los indicios de Casiano, a los cuales corresponden, los grados de nuestras Reglas no son tanto escalones para subir uno después de otro, sino signos de virtud que pueden y deben mostrarse simultáneamente.

A diferencia del bloque central de grados 2-11, el primer grado tiene un carácter netamente inicial y fundamental. Es que el Maestro no lo toma de la lista de los diez indicios de humildad sino de la etapa previa que era en Casiano, el “temor del Señor”. Originalmente exterior a la humildad, este temor religioso ha sido insertado por nuestras Reglas, de suerte que la gran virtud monástica recibe una orientación primordial hacia Dios. Los indicios de Casiano se referían sólo a la humildad con respecto al prójimo. Haciéndola preceder de un primer grado relativo al Señor y haciéndola seguir por un duodécimo que tiene la misma relación directa con el maestro divino, nuestras Reglas envuelven la humildad hacia los hombres en una mirada hacia Dios.