LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (12)

Por tanto, cuando alguien recibe el nombre de abad, debe gobernar a sus discípulos con doble doctrina, esto es, debe enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras. A los discípulos capaces proponga con palabras los mandatos del Señor, pero a los duros de corazón y a los más simples muestre con sus obras los preceptos divinos. Y cuanto enseñe a sus discípulos que es malo, declare con su modo de obrar que no se debe hacer, no sea que predicando a los demás sea él hallado réprobo, y que si peca, Dios le diga: “¿Por qué predicas tú mis preceptos y tomas en tu boca mi alianza? pues tú odias la disciplina y echaste mis palabras a tus espaldas” y “Tú, que veías una paja en el ojo de tu hermano ¿no viste una viga en el tuyo?” (Capítulo 2, versículos 11-15).

Como el fragmento de introducción, este primer desarrollo del Maestro, es reproducido por Benito casi sin cambios. Distingue dos tipos de enseñanzas: la palabra y el ejemplo, siendo este último, particularmente apropiado para las naturalezas inquietas[1]. Los dos métodos deben conjugarse, ya se trate de mandamientos divinos o de su contrario. La exposición comienza con un recordatorio del sentido del “abad”. Como ha sido dicho al comienzo del capítulo, el primero y verdadero abad es Cristo, el superior del monasterio no es más que su lugarteniente. Toda la misión abacial deriva de Él. Además de esta referencia a su propio texto, el Maestro y Benito recurren a tres pasajes de la Escritura: una cita de San Pablo (1 Co 9,27), otra de los Salmos (Sal 49 [50],16-17), y finalmente una frase del Evangelio (Mt 7,3). La progresión final del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento recuerda el Prólogo.

No haga distinción de personas en el monasterio. No ame a uno más que a otro, sino al que hallare mejor por sus buenas obras o por la obediencia. No anteponga el hombre libre al que viene a la religión de la condición servil, a no ser que exista otra causa razonable. Si el abad cree justamente que ésta existe, hágalo así, cualquiera fuere su rango. De lo contrario, que cada uno ocupe su lugar, porque tanto el siervo como el libre, todos somos uno en Cristo, y servimos bajo un único Señor en una misma milicia, porque no hay acepción de personas ante Dios. Él nos prefiere solamente si nos ve mejores que otros en las buenas obras y en la humildad. Sea, pues, igual su caridad para con todos, y tenga con todos una única actitud según los méritos de cada uno (Capítulo 2, versículos 16-22).

El parágrafo precedente subrayaba la diversidad de caracteres y recomendaba, en consecuencia, diversificar la enseñanza. Aquí se pasa de la diversidad de personas a la igualdad con la cual el abad debe tratarlos. Al menos en el Maestro, porque Benito matiza y atenúa este deber de aplicar a todos el mismo tratamiento. Lo hace, reservando el caso de una “causa razonable” que justifique la desigualdad (vv. 18b-19), luego suprimiendo una frase del Maestro que recordaba que Dios pone su creación a disposición de buenos y malos (RM 2,21; cf. Mt 5,45), y además agregando: “según los méritos” al final del texto.

Más sensible que el Maestro a la diversidad de personas y preocupado por evitar el igualitarismo, Benito muestra por primera vez, también su interés por el orden según el cual los hermanos son ubicados en la comunidad (v. 19). De hecho, él se separará del Maestro en este punto, ubicándolos según la fecha de su ingreso, autorizando al abad a hacer excepciones justificadas. Se apunta aquí a ciertas derogaciones del orden de antigüedad.

Notemos, además, otros dos pequeños agregados significativos: la mención de la obediencia (v. 17) y la de la humildad (v. 21). Estas citas que faltaban en el Maestro, revelan la estima particular de Benito por ambas virtudes.

En el monasterio, es abolida la división entre hombres libres y esclavos. Esta revolución se funda en el Nuevo Testamento pero lo supera. Proclamando que todos son uno en Cristo (Ga 3,28) y que no hay acepción de personas en Dios (Rm 2,11; cf. Ef 6,8-9), san Pablo proponía simples visiones de fe, sin efecto inmediato sobre la realidad social. La vida monástica va a transformar estos principios místicos en leyes estructurales de la comunidad.

 


[1] Lit.: frustes (frustradas, insatisfechas). N.d.T.