ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

“Puesto que Cristo que es la Vida y la Verdad dijo: Donde yo estoy, estará también mi servidor (Jn 12,26), ¿cómo no iba a participar de su morada con mayor razón su madre?... Puesto que el cuerpo santo y puro, que el Verbo divino había asumido en ella, había resucitado de la tumba al tercer día, era conveniente también que ella fuese arrancada de la tumba y que la madre se reuniese con su Hijo. De la misma manera que él había descendido a ella, también ella, su preferida, debía ser elevada a una mansión mayor y más perfecta: hasta el mismo cielo (Hb 9,24). La que había albergado al Verbo divino en su seno debía ser domiciliada en la morada de su Hijo. Y como el Señor había dicho que habitaría en los palacios de su propio Padre, procedía que la madre habitase en los de su Hijo, en la casa del Señor, en los atrios de nuestro Dios (Sal 134 [135],2). Porque si allí está la morada de todos los que están en la alegría (Sal 86 [87],7), ¿dónde iba a habitar la causa de la alegría?”[1].

 


[1] San Juan Damasceno, Segunda homilía sobre la Dormición, 14; PG 96,742 A-B; traducción en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, M 42. Juan Damasceno nació hacia el 650 de una familia noble árabe pero cristiana, estuvo con su padre al servicio de los califas, pero hacia el 700 (fecha discutida) se retiró al convento de San Sabas en las cercanías de Jerusalén. Ordenado sacerdote por Juan, patriarca de Jerusalén (705-735), Juan se consagró a la enseñanza, a la predicación y a la composición de sus numerosas obras. Murió en edad avanzada (hacia el 750) y fue muy estimado en la Iglesia bizantina (cf. concilio II de Nicea del 787) y, desde el siglo XII, también en la Iglesia latina. Fue declarado doctor de la Iglesia en 1890. Sus obras, conservadas en una tradición manuscrita muy abundante y traducidas pronto a otras lenguas, abarcan todos los campos de la teología.