Conferencia de Comunidades Monásticas del Cono Sur | SURCO

LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (37)

Capítulo octavo. Los oficios divinos por la noche

Después de los capítulos espirituales que acabamos de leer, he aquí aquellos que nos transportan a otro mundo: en lugar de describir virtudes individuales, reglamentan una observancia comunitaria. Marcando generalmente casi todo lo que va a seguir hasta el final de la Regla, este carácter nuevo se observa particularmente en la sección litúrgica que comienza ahora. Es verdad que concluye con dos presentaciones espirituales sobre la salmodia y la oración (RB 19-20), pero antes no encontramos sino secas rúbricas.

Este cambio de objeto y de estilo va acompañado por una nueva relación con la Regla del Maestro. Hasta el presente, Benito se contentó habitualmente con reproducirla, con numerosas omisiones y algunas modificaciones. De ahora en más, va a liberarse de su modelo, que ya no seguirá literalmente sino de forma mucho más flexible, conservando solamente la continuación de los temas, al menos en parte, así como un cierto número de prescripciones. Esta forma de escribir personalmente sobre el esquema proporcionado por su predecesor, se observó ya en el capítulo dedicado al consejo. Por primera vez Benito se encontró en presencia de un tema práctico. Frente a los temas del mismo género que ahora encontrará sin cesar en el Maestro, adopta definitivamente el mismo método redaccional.

De todas las secciones de la Regla que leeremos, la presente (RB 8-20) es la que a Benito le ha costado más trabajo desarrollar de modo original. Su longitud relativa es notable, así como el cuidado minucioso con el cual ella ha sido compuesta. Otro signo de la importancia dada al tema es el lugar nuevo que le da. En el Maestro, la descripción del oficio divino se presentaba mucho después y de forma casi fortuita. De ese lugar primitivo que corresponde al capítulo 47 de nuestra Regla, Benito hace pasar el oficio a la cabeza de la parte legislativa de su obra, justo después de la parte espiritual. Se diría que él quiso aplicar por adelantado el principio que propondrá más adelante: “Nada anteponer a la obra de Dios” (RB 43,3).

En invierno, es decir, desde el primero de noviembre hasta Pascua, siguiendo un criterio razonable, levántense a la octava hora de la noche, a fin de que descansen hasta un poco más de media noche, y se levanten ya reparados. Lo que queda después de las Vigilias, empléenlo los hermanos que lo necesiten en el estudio del salterio y de las lecturas.

Pero desde Pascua hasta el mencionado primero de noviembre, el horario se regulará de este modo: Después del oficio de Vigilias, tras un brevísimo intervalo para que los hermanos salgan a las necesidades naturales, sigan los Laudes, que se dirán con las primeras luces del día (Capítulo 8, versículos 1-4).

Como el Maestro, Benito comienza su reglamento litúrgico con el oficio nocturno (RB 8-11). De allí pasará a maitines (RB 12-13) y, después de un apéndice sobre las vigilias de los santos (RB 14), tratará del conjunto de los oficios, nocturnos y diurnos (RB 15-16). Terminando con los oficios del día (RB 17-18), agregará sin embargo algunas palabras sobre los salmos que se rezan de noche (RB 18,19-20).

La cuestión del horario nocturno, que ocupa el presente capítulo, exige ante todo que se recuerde la forma en que los antiguos calculaban el tiempo. El día y la noche estaban divididos en doce horas iguales cuya longitud variaba con las estaciones. Cuando se hablaba de tal o cual hora, se trataba de la hora plena: la “primera hora” de la noche se situaba una hora después de la puesta del sol, y así sucesivamente. En invierno, la octava hora, de la que se trata aquí, se ubicaba cerca de las dos y media actuales. Se debe señalar además que Benito hace comenzar el invierno el 1º de noviembre y lo extiende hasta la fiesta de Pascua, mucho más allá de la fecha simétrica en relación al solsticio.

La hora asignada para levantarse está muy atrasada respecto a la medianoche, de la cual habla el Maestro y, más adelante Benito mismo (RB 16,4). Decir que descansen hasta “un poco más de medianoche” es un eufemismo. De hecho, Benito alarga sensiblemente el tiempo de reposo asignado por el Maestro. Es verdad que este preveía un suplemento de sueño entre los nocturnos y las maitines, al menos para aquellos que lo desearan. Sin excluirlo formalmente, Benito no admite este segundo sueño, que Casiano reprobaba (Instituciones, 2,13; 3,4).

El tiempo que sigue a las Vigilias está consagrado ante todo, para aquellos que tengan necesidad, a la memorización (meditatio) de los salmos y las lecturas (cf. RB 48,13), que permite una participación activa en el oficio en tiempos en que era casi enteramente recitado de memoria. Las ocupaciones de los otros hermanos no están determinadas, pero no parece que ellos volvieran a acostarse.

El “levantarse de noche” es decir la celebración del oficio de Vigilias entre dos tiempos de sueño, no parece ser benedictino en sentido estricto, por más que exista una larga y bella historia anterior a san Benito, en su entorno inmediato y después de él.

En verano las vigilias terminan en el momento en que la luz comienza a despuntar, lo que se produce en Italia central, aproximadamente una hora antes de la salida del sol. Así, en todas las estaciones, los nocturnos son enteramente celebrados en las tinieblas. Nada es más meritorio y provechoso que alabar a Dios en esta hora ingrata, donde la tradición monástica ha ubicado constantemente el más largo de sus oficios divinos.