VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (47)

La conducta personal

Hay una primera verdad absoluta de toda vida comunitaria: la primera caridad hacia los demás es hacerse capaz, no de “bastarse a sí mismo”, es decir de no tener necesidad de los demás, sino de conducirse uno mismo.

 

La “sabiduría de vida” personal

El marco mismo de la vida debe normalmente educar a una disciplina de vida; sin embargo, deja una gran parte a la iniciativa personal para dar sus frutos.

a) La existencia descrita por la RB lleva en sí misma un equilibrio de vida que cada uno debe poner en vigencia: regularidad, alternancia de lectura y de trabajo (en parte manual para todo el mundo), sobriedad de la mesa y del sueño, silencio e intercambios, etc.

Prácticamente, el ritmo de vida de los monasterios ha seguido en parte el ritmo de vida actual, y es normal. Pero no es evidente que hayamos sabido conservar el equilibrio de conjunto de la RB entre las tres grandes actividades: lectio, oración, trabajo... Este último en particular, en camino a “tercerizarse” cada vez más (poniendo sobre todo los nervios a prueba), tiende a imponer su ritmo a las otras actividades, a las cuales les cuesta adaptarse a esto. Es la tarea de todos y cada uno encontrar ese equilibrio, que no podrá reinventarse sino a partir de experiencias personales de unos y otros. 

b) El margen de conducta personal no es otra cosa que la ascesis del vocabulario clásico: “ascesis” quiere decir “ejercicio”, es el aprendizaje del “trato social”, tan indispensable para el encuentro con Dios como para la vida con los demás.

Comienza por la higiene más elemental, que cada uno debe imponerse tanto para los demás como para uno mismo. Conocer sus necesidades de sueño, de alimentación... aceptar sus límites de resistencia, conservar su cuerpo y sus facultades en forma... todo eso supone una “conducta” de la propia vida. Uno de los peligros más grandes de la vida monástica, sobre todo en una comunidad grande, proviene de que las coacciones exteriores pueden ser evitadas fácilmente. Entonces se puede, más o menos conscientemente, dejar debilitar toda vitalidad. Es una falta grave. O, al contrario, llevado por el ritmo ambiente y una generosidad mal entendida, por falta de madurez de juicio o por amor propio, es posible ir más allá de sus fuerzas hasta resquebrajamientos de larga reparación.

Muchas costumbres antiguas tenían por finalidad ayudar a esta disciplina personal. Ellas a veces se habían desviado de su inspiración original volviéndose reglamentos. Pues bien, en este asunto, es difícil (y a veces incluso nocivo) meter a todos en un mismo patrón: esta disciplina personal vale en la medida en que cada uno se la dé a sí mismo. Pero ella es ayudada por el tono común. Cada uno contribuye a darle y a recibir ayuda de ella. Hay también en este tema un compartir de experiencias que se hace en el transcurso de la vida, en ocasión de contactos entre los hermanos; es uno de los puntos importantes en el tiempo de formación y que debe ser abordado con frecuencia.

Al comienzo, esta disciplina personal podrá tomar un aspecto voluntarista. Ella debe poco a poco flexibilizarse teniendo en cuenta la propia evolución, los cambios de orientación en el plano del trabajo requerido, la edad..., para volverse una verdadera “sabiduría de vida” que permita una auténtica expresión de uno mismo.

La RB entra bastante poco en este tema de la vida personal. Con frecuencia es más una regla de vida en común que una regla de vida individual. Sin embargo, da una razón más profunda de su discreción en este tema: “Cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de una manera, otro de otra, por eso establecemos con algún escrúpulo la medida… de los demás” (RB 40,1-2). La RB reúne en este punto la sabiduría de los antiguos padres del desierto, que tenían un respeto muy grande por las personas.

Nosotros también tenemos que encontrar una sabiduría de vida, una sabiduría del cuerpo. Los verdaderos espirituales siempre han visto un lazo estrecho entre esta sabiduría del cuerpo y la oración. En épocas en que los temperamentos eran sin duda particularmente fuertes, esta sabiduría se apoyaba muy especialmente en el dominio de nuestras pulsiones más fuertes; es lo que ha dado su color a la ascesis tradicional. Hoy se produce un cambio en el acento. La vida moderna nos hace más tributarios de nuestros nervios. Ellos son los que incesantemente nos ponen a prueba, en una vida en que las relaciones -y las tensiones que de ella se derivan- tienen cada más importancia. Sabemos bien cuánto nuestro nerviosismo, nuestra falta de atención, nuestras impresiones “más fuertes que nosotros”, etc., influyen sobre nuestra vida y sobre la de la comunidad. Ahora bien, nuestro cuerpo, nuestro sistema nervioso es el que está en la raíz de estas reacciones. De ahí una ascesis que, hoy, nos llevará a la búsqueda de nuestro propio equilibrio nervioso, teniendo cada uno el suyo. “Sucede a menudo esto que, interiormente, estamos en tal estado de precipitación que hace prácticamente imposible el hecho de detenernos dos minutos con calma y posesión de nosotros mismos... Sería un error descuidar establecernos en un estado de calma (incluso psicológica)... Muchas veces somos responsables de no haber tomado en serio las condiciones naturales, con frecuencia hechas de fidelidad a las pequeñas cosas, de un equilibrio humano”[1]. La oración misma se nos ha vuelto quizás extraña, difícil, porque no hemos visto hasta qué punto ella se enraíza y está condicionada en sus expresiones concretas por las disposiciones de nuestro cuerpo, y en particular nuestro estado nervioso.

Muchos métodos se han descubierto y redescubierto hoy. A menudo aportan un conocimiento del cuerpo que habíamos perdido. Es de una gran ayuda iniciarse en esto. Sin embargo estos métodos no harán milagros. No suplantarán la iniciativa personal. La sabiduría de la vida y del cuerpo se transmite más por contagio que por enseñanza. Cada uno, en su lugar, por su propia conducta, es en parte responsable del tono de la comunidad, que transmite esta sabiduría o, al contrario, la elimina.

 


[1] R. VOILLAUME, Cartas a las fraternidades, 8-2-1960.