LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (47)

Capítulo vigésimo: La reverencia en la oracion

Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción.

Y sepamos que seremos escuchados, no por hablar mucho, sino por la pureza de corazón y compunción de lágrimas. Por eso la oración debe ser breve y pura, a no ser que se prolongue por un afecto inspirado por la gracia divina. Pero en comunidad abréviese la oración en lo posible, y cuando el superior dé la señal, levántense todos juntos (Capítulo 20, versículos 1-5).

En el Maestro, recordemos, la oración de la que habla este capítulo es la oración silenciosa que sigue a cada salmo del oficio. ¿Es así también para San Benito? Al leer el fiel resumen que hace del texto del Maestro (vv. 1-4), se podría pensar que es así. Pero las dos observaciones que él agrega (vv. 4-5) muestran que él piensa más ampliamente en toda oración, ya sea que tenga lugar en el oficio o fuera de él, en comunidad o en particular.

Además, no es completamente seguro que la oración en comunidad de la que habla san Benito para terminar sea, como en la otra Regla, la oración que se hace después de cada salmo. Puede ser más bein una oración que termine el oficio, como aquella de la cual se habla en un episodio de su vida (Gregorio Magno, Diálogos, II,4). No se encuentran indicios decisivos en su Regla de la existencia de oraciones postsálmicas. Por tanto no puede ser afirmada ni excluida.

Presente o no en el oficio benedictino, la oración después del salmo era en todo caso, un elemento capital del opus Dei, tal como lo han concebido y vivido las primeras generaciones de monjes. Para los antiguos, la salmodia era más una invitación a orar que una oración. Después de haber escuchado a Dios hablar en el salmo, se le respondía en la oración. Salmodia y oración eran los dos tiempos de un diálogo que continuaba fuera de los oficios bajo otras formas -lectura y oración, “meditación” de la Escritura y oración- de suerte que la vida entera del monje se unificaba en este ritmo incesante de la escucha y de la respuesta.

Calcada sobre la del Maestro, la primera frase de Benito despliega un razonamiento que se encuentra bastante en Basilio, Casiano y muchos otros. Esta analogía clásica hace aparecer a Dios como el “Señor Dios del universo” (cf. Est 4,17c [13,11]), a quien es necesario dirigirse con un respeto indecible. A la humildad de la que hablaba el Maestro, Benito agrega la “pureza” y la “devoción”, significando este último término, aquí como más arriba (RB 18,24), no la piedad sentimental como la entendemos hoy, sino el don de todo el ser a Dios.

En contraste con la abundancia de palabras reprobada por el Evangelio (Mt 6,7), la “pureza” aparece en la frase siguiente. Esta “pureza de corazón” (Mt 5,8), como las “lágrimas de compunción” que la acompañan es una expresión propia de san Benito. Ausentes de la Regla del Maestro, tales anotaciones hacen pensar en Casiano, de quien Benito ha tomado la enseñanza sobre la oración. Bajo la misma influencia, agrega todavía en la frase siguiente, “pura” y “breve”, único término que se encuentra en el Maestro. Este triple llamado a la pureza es impresionante. Denota un pensamiento firme y una convicción profunda: Dios quiere de nosotros una oración pura que brote de un corazón puro. Vemos a dónde apuntaba el gran capítulo sobre la humildad, cuando el Maestro y Benito deseaban ver al monje “purificado de sus vicios y pecados”.

Con la pureza de corazón, Benito pide las lágrimas de la compunción. Las lágrimas vuelven en todas sus descripciones de la oración, en los instrumentos de las buenas obras (RB 4,57) o en los capítulos de cuaresma y del oratorio (RB 49,4; 52,4). Allí también se siente una doctrina bien definida, surgida de la experiencia tanto como de la lectura: Benito, según su biógrafo, habitualmente lloraba cuando oraba (Diálogos, II,17,1). En efecto, las lágrimas son signo de un corazón tocado, y es eso justamente lo que significa la palabra “compunción”, empleada aquí y en el capítulo de la cuaresma. La oración con lágrimas llega a Dios, porque procede de un corazón alcanzado por la palabra de Dios.

Esta compunción sentida por el orante tiene como primer motivo la conciencia de ser pecador, el dolor de la salvación perdida. Explícitamente en el Maestro, implícitamente en Benito, es “por nuestros pecados” que ante todo suplicamos. Pero hay otra compunción, más alta, que viene del deseo de los bienes eternos. Ella también hace llorar, no de dolor por la salvación perdida, sino de alegría por la salvación recuperada. Antes de Benito, Casiano la ha descripto (Conferencias, 9,29,2). Después de él, san Gregorio hablará de ella magníficamente (Diálogos, III,34).

Para terminar, Benito agrega dos notas concernientes a la brevedad de la oración. La condenación evangélica de las habladurías no impide orar más largamente, sin muchas palabras, si esto está motivado por la gracia divina. En este punto, Benito sigue a san Agustín (Epístolas, 130,20), en quien, sin embargo, la justificación de la oración prolongada no mencionaba la acción de la gracia.

En cuanto a la oración conventual, la señal dada por el superior para finalizarla, es una antigua costumbre cenobítica, de la que hablan la Regla pacomiana (Preceptos, 6) y Casiano (Instituciones, 2,7), casi en los mismos términos. Al igual que sus dos predecesores, Benito quiere que “se levanten todos juntos”. En Pacomio, la oración que termina así, está ligada a una recitación escriturística, extraída del salterio o de otra parte. En Casiano sigue a cada salmo del oficio. ¿Será este también el caso en Benito?