LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (34)

El décimo grado de humildad consiste en que uno no se ría fácil y prontamente, porque está escrito: “El necio en la risa levanta su voz” (Capítulo 7, versículo 59).

El décimo grado reproduce exactamente el décimo y último indicio de Casiano. En cuanto a la motivación escriturística (Sir 21,23), se encontraba ya en san Basilio (Regla 8,29), quien agregó la maldición evangélica a los risueños (Lc 6,21) y el ejemplo de Cristo mismo, a quien la Escritura nos muestra muchas veces llorando, pero nunca riendo. Bastante frecuentes en los Padres, tales consideraciones nos sorprenden, y cualquiera que sea su pertinencia, atraen nuestra atención sobre un aspecto de la ascesis monástica que hoy no tiene el mismo relieve que entonces. Puede ser que nosotros seamos demasiado indulgentes con la risa, mientras que la verdadera alegría es diferente.

Uno de los instrumentos de las buenas obras prescribía no decir palabras que muevan a risa, además de no amar reír fuerte (RB 4,53-54). Aquí la cita escriturística hace pensar en esto último, mientras que la frase tomada de Casiano se emparenta más bien con el primer instrumento: no reír ni hacer reír. Para los otros como para nosotros mismos, la verdadera alegría es estar atentos a Dios.

El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, cuando hable, lo haga con dulzura y sin reír, con humildad y con gravedad, diciendo pocas y juiciosas palabras, y sin levantar la voz, pues está escrito: “Se reconoce al sabio por sus pocas palabras” (Capítulo 7, versículos 60-61)

El noveno indicio de Casiano consistía no solamente en hablar poco, sino también en hablar bajo. Esta última consigna es la que encontramos reproducida literalmente, al final del presente grado (“sin levantar la voz”). El Maestro ve aquí la ocasión para precisar cómo se debe hablar. De sus tres pares de advertencias, la primera renueva la condena de la risa, la segundo preconiza la seriedad (gravitas) como compañera de la taciturnidad (cf. RB 6,3), y la tercera recomienda ser breve, como lo hará el texto citado para terminar.

Formando pareja con “pocas” (pauca), se encuentran en las dos Reglas adjetivos diferentes: “santas” en el Maestro y “razonables” en Benito. El Maestro entendía por “santas”, las palabras espirituales, edificantes, concernientes a la Escritura y las cosas de Dios. Menos ambicioso, Benito exige solamente propósitos “razonables”, término que le gusta emplear como adjetivo (RB 2,18) y sobre todo como adverbio (RB 31,7). Aquí aparece por primera vez su preocupación por el buen uso de la palabra en la existencia ordinaria. Hablar de las humildes cosas de la vida no es solamente una necesidad a reducir al mínimo indispensable. Los intercambios entre hermanos deben ser de cierta calidad, y ante todo impregnados de racionalidad.

La cita final no viene de la Escritura, como parecen decir las Reglas, sino de una colección de sentencias pitagóricas cristianizadas en el siglo III: el Enchiridion o Manual de Sextus (Enchridion 145). El autor, un filósofo, ha sido confundido con san Sixto, papa y mártir (+ 258), y es a éste a quien es atribuida la obra por Rufino, que la traduce del griego al latín para el público de Roma hacia el año 400. ¿Conoce Benito el origen de esta máxima que hereda del Maestro? En todo caso la hace suya, como más arriba la de la Pasión de Anastasia, otro relato romano. Sonando como un proverbio inspirado, esta cita de un filósofo nos recuerda que para algunos de sus más grandes fundadores, como Agustín, la vida monástica tuvo entre sus raíces el admirable amor por la sabiduría que mantienen algunas corrientes del pensamiento antiguo.