LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (43)

Capítulo decimosexto: Cómo se han de celebrar los oficios divinos durante el día

Dice el Profeta: “Siete veces al día te alabé”. Nosotros observaremos este sagrado número septenario, si cumplimos los oficios de nuestro servicio en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, porque de estas horas del día se dijo: “Siete veces al día te alabé”. Pues de las Vigilias nocturnas dijo el mismo Profeta: “A media noche me levantaba para darte gracias”.

Ofrezcamos, entonces, alabanzas a nuestro Creador “por los juicios de su justicia”, en estos tiempos, esto es, en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, y levantémonos por la noche para darle gracias (Capítulo 16, versículos 1-5).

Esta lista de los siete oficios del día, presentada como el cumplimiento de una cita del Salterio (Sal 118 [119],164), no es una novedad: se la encontraba ya en el Maestro. Benito no innova tampoco al relacionar las vigilias con otro versículo del mismo salmo (Sal 118 [119],62): el Maestro lo hacía también, al menos para los nocturnos de invierno. Este pequeño capítulo no tiene nada de original. Citados separadamente en la otra Regla, los dos textos sálmicos están aquí reunidos uno con el otro para establecer una tesis: a la luz del segundo, el primero debe entenderse de los siete oficios diurnos, con exclusión del oficio nocturno. Para el Salmista, “día” no significa las veinticuatro horas de la jornada sino el día propiamente dicho, por oposición a la noche.

Así, fijando en ocho el total de los oficios cotidianos, Benito se opone a otros contemporáneos, tales como Eugipo y Casiodoro, que tenían solo siete, incluidas las vigilias. La hora diurna, olvidada por estos autores era la de Prima, más reciente que las otras y no todavía aceptada por todos. Es este oficio el que Benito promueve aquí. Más adelante le dará, en parte sin duda por reacción, un relieve particular.

La utilización de la cita del salmo 118 (119) para fundar un ciclo de oraciones cotidianas remonta al menos a Eusebio de Cesarea, quien fue seguido por Casiano. Pero este uso del “siete veces al día” escriturístico no da una idea exacta del origen de las horas del oficio. De hecho estas no han nacido del deseo de imitar al Salmista, cuya palabra solamente contribuyó a la puesta a punto final de la lista. Desde aproximadamente el año 200, un siglo antes de Eusebio, escritores como Tertuliano, Clemente e Hipólito recogieron en la Escritura sugerencias concernientes a los momentos en los que es necesario orar. Esta investigación fue motivada y dominada por una máxima paulina, la única consigna relativa a los tiempos de la oración que se encuentra en el Nuevo Testamento: “Oren sin cesar” (1 Ts 5,17; Lc 18,1).

“Oren sin cesar”, este imperativo surge del gran mandamiento de amar a Dios. El tiempo es el ser mismo. Quien ama a Dios con todo su corazón se vuelve a Él en todo tiempo. Exigencia infinita, sin otro límite que las fuerzas del hombre y la gracia que le es dada. Por naturaleza, la oración cristiana y monástica tiende a ser continua.

Por lo tanto, es para obedecer a esta consigna que los cristianos fervientes, mucho antes de la aparición del monacato, han fijado horas de oración, sugeridas a la vez por la Escritura y por las divisiones naturales o legales de la jornada. Estas oraciones repetidas a intervalos más o menos regulares no impedían orar entre tiempos. Al contrario, eran hechas para recordar al alma el deber de orar sin cesar y mantenerla en ella por la fuerza de una especie de regla. Gracias a este mínimum que se imponía, se estaba seguro de nunca pasar largo tiempo en el olvido de Dios. Al ser la estructura portante de la vida de oración, las horas no dispensaban del esfuerzo para orar constantemente, pero lo reactivaban y, si era necesario, lo sostenían.

Teniendo sus raíces en esta práctica paleocristiana, el sistema benedictino de horas de oración se distingue por su carácter comunitario. Lo que en el origen era solo oración privada, para la cual cada uno se fijaba a sí mismo el tiempo y contenido, se convierte en los cenobios en oración colectiva, en momentos y bajo formas determinadas por una regla. Como consecuencia, el ciclo de horas de oración, no es solamente una estructura destinada a sostener el esfuerzo personal de oración continua. Además de esta consecuencia para las personas, que es fundamental, tiene una significación para la comunidad, la cual manifiesta el propósito de santificar el tiempo tanto de forma colectiva como individual.

Algunos grupos monásticos se han esforzado por orar sin cesar a nivel comunitario. Los Acemetas de Bizancio, seguidos por muchos grandes monasterios merovingios en Occidente, han cultivado la laus perennis, con escuadrones de monjes o monjas que se relevaban día y noche en el coro sin interrupción. Muchas comunidades, sobre todo en la España visigótica y en el monacato cluniacense, han multiplicado y prolongado las celebraciones, al punto de que la mayor parte del tiempo de los monjes transcurría en estas oraciones comunes.

A medio camino entre la simplicidad primitiva de los oficios en Egipto (laudes y vísperas solamente) y las exuberancias posteriores, Benito se mantiene en una postura equilibrada, que da a la oración comunitaria su verdadera función: no substituir al esfuerzo personal para orar sin cesar, sino alentarlo y mantenerlo. A la manera de los pilares de un puente, las horas de oración común jalonan el curso del tiempo. Está en cada uno poner sobre estas bases su oración incesante, para así responder al llamado del Señor. Cada hora, está cargada de múltiples alusiones bíblicas -pasión y resurrección de Cristo, efusión del Espíritu, episodios de la gesta de los Apóstoles- que agregan sus aspectos particulares a la función esencial de todos estos momentos sagrados: recordar a intervalos regulares, tanto a la comunidad como a los individuos, que “el fin del monje es tender a una oración ininterrumpida” (Casiano, Conferencias, 9,2).