DOMINGO 24º. Ciclo "A"

«Puesto que quieren igualarse a Dios porque han sido creados a su imagen, imiten, por tanto, a su modelo. Ustedes, cristianos, cuyo nombre evoca la caridad, imiten el amor de Cristo. Consideren la riqueza de su benevolencia hacia los hombres. Antes de manifestarse a ellos, envió a Juan para predicarles la penitencia y arrepentimiento y, antes del Precursor, a todos los profetas para enseñarles la conversión. Poco después, se ha aparecido Él mismo y ha clamado con su propia voz: Vengan a mí todos los que están fatigados y cargados, que yo los aliviaré (Mt 11,28). ¿Cómo ha recibido a aquellos que han respondido a esta invitación? Les ha concedido sin dificultad el perdón de sus faltas y la liberación inmediata de todas sus penas. El Verbo los ha santificado, el Espíritu los ha confirmado. El hombre viejo ha sido sepultado, el hombre nuevo ha nacido rejuvenecido por la gracia. Este hombre se ha convertido en un íntimo en lugar de un desconocido, en un hijo en lugar de un extranjero, en un iniciado en lugar de un profano, en un santo en lugar de un impío.

Si alguno de entre nosotros, después de haber sido enriquecido con presentes tan magníficos e inestimables, ofende a su generoso bienhechor, sería llevado inmediatamente a la muerte, sin siquiera haber podido defender su causa; porque nosotros somos jueces duros e inflexibles. No contentos con privarle de esta vida de aquí abajo, le castigaríamos además en la otra. Pero el Señor juzga de otra manera, Él hace misericordia indefinidamente. Él no quiere la muerte del pecador, sino que espera su conversión. Los que han despreciado una primera gracia no están condenados, sino que una segunda misericordia sucede a la primera y el perdón se mezcla con el olvido. La ola de lágrimas tiene una fuerza igual al baño del bautismo, y los gemidos de la contrición atraen la gracia que se había alejado un instante...

Ustedes, por consiguiente, que son duros e incapaces de la dulzura, aprendan la bondad de su Creador y no sean para sus compañeros de servicio jueces amargos y árbitros, esperando que venga aquel que descubrirá los pliegues de los corazones y atribuirá, como todopoderoso, a cada uno su lugar en la vida del más allá. No juzguen severamente a fin de no ser juzgados de la misma manera y traspasados por las palabras de su propia boca como por dientes punzones. Porque es contra este género de delito contra el que parece ponernos en guardia la palabra del Evangelio: No juzguen y no serán juzgados (Mt 7,1). Al decir esto, no descarta el discernimiento y la sabiduría; lo que él llama juicio, es una condenación demasiado severa. (...)

No rehúses, entonces, hacer la misericordia a fin de que no seas excluido del perdón cuando tú mismo tengas necesidad de ella»[1].

 


[1] Asterio de Amasea, Homilía XIII; PG 40,355C-358B, 359C-D; trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1971, i 1. Asterio fue obispo de Amasea (ciudad del Asia Menor) entre 378/395 y 400/431; se sabe poco de su vida; fue alumno de un esclavo escita en Antioquía. Aunque en el aspecto literario depende mucho de los Capadocios, las obras que nos quedan de él (al menos 16 homilías) son de buen estilo y revelan una esmerada educación retórica. Poco inclinado a las especulaciones dogmáticas o exegéticas, la mayor parte de sus homilías son de tipo moral o relacionadas con las fiestas.