VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (56)

La experiencia vivida

En el nivel de la experiencia vivida, el deseo que ha conducido al nuevo hermano al monasterio ¿va a poder alimentarse de lo que se le ofrece? ¿Va a encontrar allí, al contrario, un obstáculo que le impedirá desarrollarse? La RB da tres criterios que van derecho al corazón de la vida del monje.

“Si es pronto para la Obra de Dios...” (RB 58,7). La palabra es la que ya ha sido utilizada más arriba. Es siempre esta tensión del ser hacia, este peso interior que reorienta incesantemente en la misma dirección, esta atención que aprovecha cada espacio para deslizarse en él como el agua a través de la mínima falla. Todo eso en la paz y la confianza y no en el miedo, la inquietud o el nerviosismo. Por “Obra de Dios” hay que entender mucho más que el oficio coral. Éste es la expresión principal, pero hay que agregar todo lo que representa la expresión empleada más arriba: “ellos meditan”, es decir la oración personal, la lectio e incluso, en parte, el estudio de las “cosas de Dios” como, por ejemplo, el estudio de los salmos (cf. RB 8,3). Es toda la parte que puede llamarse “contemplación” en la vida monástica, y que debe ser como el polo; ella pide una fidelidad constante. Ella representa el combate particular del monje. Su contrario es la “acedia”, la falta de gusto por esta labor, de la que los antiguos muchas veces hablaban. No es sólo una cuestión de voluntad, sino de gusto, de atractivo y de respuesta generosa a este don. No es cuestión de cálculos ni de cantidad, sino de un cierto impulso en la vida. Desde el comienzo, este impulso debe enraizarse en la personalidad para poder orientar definitivamente la vida.

“... Para la obediencia...” (RB 58,7). El autor de la RB es coherente consigo mismo. La tensión hacia las cosas de Dios es indisociable de la apertura hacia los demás, del don de sí mismo a la comunidad, de la disponibilidad. Por obediencia, hay que pensar no sólo en los capítulos 5 y 68, sino también en los capítulos 71 y 72 en particular, y en todo lo que se ha dicho sobre este tema. El nuevo hermano ¿es apto, está hecho para la vida en común? ¿Puede desarrollarse en las condiciones de vida que le dará “esta” comunidad? ¿Se siente y vive allí cómodo? Aquí tampoco, como en el punto precedente, es cuestión de voluntad. Este don de sí mismo en las múltiples exigencias de la vida en común debe inscribirse en un impulso vital más profundo que el de la simple generosidad, pero ésta es necesaria para alimentarse y desarrollarse en el gozo.

“... Y las humillaciones” (RB 58,7), no las que se infligirían artificialmente, sino las que resultan naturalmente de la vida misma. Los fracasos en la vida de búsqueda de Dios: las torpezas, las lentitudes descubiertas en uno mismo, las imposibilidades en algunos días de leer o de rezar, los límites personales que siempre encontramos... Las humillaciones también de la vida fraterna: los roces de caracteres, incomprensiones, heridas... La solicitud, aquí, no será buscarlas, lo que sería la mejor manera de equivocarse desde el comienzo, sino de no hacer trampas con ellas cuando sobrevienen, de resistir en la paciencia, como dice el 4º grado de humildad. Todo el capítulo séptimo tendría aquí que volverse a leer. Este tercer criterio es como la verificación de los dos primeros.

A través de todas estas realidades cotidianas es cómo el anciano podrá constatar “si el novicio busca verdaderamente a Dios” (RB 58,7), es decir, si el deseo que ha llevado al hermano al monasterio se mantiene firme e incluso se desarrolla. Esto será el objeto de una atención permanente, de una “curiosidad” siempre alerta, suponiendo una comunidad de vida suficiente para “ver” vivir al hermano, sin tener mentalidad de policía, sino “en toda paciencia” (RB 58,11). El anciano tendrá que testimoniar, que responder ante la comunidad. Es su verdadera responsabilidad. Depende en parte de él que la experiencia sea realizda en la verdad. Lejos de buscar evitar las dificultades, debe hacer comprender que ellas son parte integrante de la vida monástica. Debe ayudar a descubrir la realidad tal cual es, y no tal como a veces podría hacerla ver un fervor inicial. “Prevénganlo de todas las cosas duras y ásperas por las cuales se va a Dios” (RB58,8): no consiste en añadirle sino en advertirle lúcidamente a partir de lo que se está viviendo. El anciano está lejos de ser el único en introducir así en la realidad de esta experiencia, pero es el principal responsable y testigo, en principio también el primer iniciador y guía.