VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (43)

Los recursos del monasterio (caps. 48, 57, 66)

La RB no es clara en este punto. ¿Se podría ver aquí un signo de que este tema siempre será complejo y que dependerá del contexto económico?

a) Muchas veces se trata de “las condiciones del lugar” (RB 40,8). La comunidad entonces no es independiente del condicionamiento local. Permanece solidaria con la economía circundante. No está al abrigo de sus fluctuaciones. Eso supone un esfuerzo de “verdad” en su inserción económica más bien que de una búsqueda exagerada de “seguridad”. Si la comunidad es numerosa, tendrá una capacidad más grande para absorber los sacudones presupuestarios. Tendrá igualmente más medios que la mayoría de las personas para preverlos y remediarlos. Esto es inevitable.

Sólo tendrá el deber de evitar las injusticias y los privilegios no suficientemente justificados. Ciertas relaciones representan hoy un verdadero capital. A veces hay muchas de estas en torno a las comunidades religiosas, todas listas a prestar servicio. Hasta no hace mucho tiempo, un espíritu de pobreza sincera podía todavía recurrir a ellas sin molestar. Hoy ya no es más así donde el pobre es a veces aquél que justamente no tiene “relaciones” ni “apoyos”. La pobreza consiste pues en aceptar lealmente el juego actual de los aleatorios económicos, como el común de los mortales, jugando lo más que se pueda “sin trampas”. A esta cuestión de la pobreza se le agrega además otro aspecto, el de la libertad de la comunidad. Nos volvemos siempre más o menos dependientes de aquellos a quienes se solicita o de quienes se acepta muy fácilmente los servicios, sobre todo si son personas influyentes. La opinión pública, en todos los casos, juzga en gran parte y “sitúa” a una comunidad en función de sus “relaciones”.

b) “Entonces son verdaderamente monjes, si viven del trabajo de sus manos” (RB 48,8). El mismo tono de la frase parecería decir que, ya en tiempos de la RB, esto no era el caso habitual.

No hay que engañarse: siempre le será difícil a una comunidad numerosa vivir sólo de su trabajo si al mismo tiempo quiere conservar una buena parte de su actividad a la vida de oración personal y comunitaria, a la acogida -habitualmente no rentable-, y también mantener la libertad de su proyecto y su cohesión, que limitan las posibilidades creadoras de sus miembros al plan de trabajo. No queda menos que la necesidad de perseguir este ideal con tenacidad cada vez más apremiante.

c) “... Si alguno de ellos se engríe… porque le parece que hace algo por el monasterio...”. El capítulo 57 prevé este cuidado del trabajo rentable (v. 2). Hoy se redescubre su alcance en el mismo nivel del trabajo personal de los hermanos. Es bueno que la vida de cada uno tome contacto con esta dimensión. Cada uno debe sentirse responsable de la subsistencia de todos, y en consecuencia poner allí su capacidad y dar a eso su tiempo y sus fuerzas. Esta nueva atención a la rentabilidad podría sin embargo reintroducir en la comunidad discriminaciones debidas al dinero: diferencia de rentabilidad de los hermanos, gama de salarios. Ciertas posibilidades son más fáciles de tomar o más difíciles de rechazar según el provecho aportado personalmente a la comunidad. Es un riesgo a correr y a asumir por todos, para que esta inequidad de rendimiento no se traduzca en inequidad de tratamiento. La comunidad debe poder dar este testimonio evangélico: que es posible superar estas causas de disensiones provenientes del dinero, en particular por una radical puesta en comúnl de los bienes en el espíritu de los capítulos 33 y 34.

d) El capítulo 66 prevé una organización muy desarrollada: la de la autarquía, la de la “economía aislada”, para permitir a los monjes dedicarse a su verdadero fin. Hace mucho tiempo que, en nuestras sociedades modernas, esto ya no es posible. Si pudo durar casi hasta nuestros días, fue cambiando profundamente de naturaleza. Prácticamente, esta forma de economía suponía a menudo importantes ayudas exteriores que se volvían una suerte de dependencia, limitando considerablemente la autonomía de la  comunidad.

Lo que hay que retener del capítulo 66 es la subordinación muy exigente de la economía del monasterio a su proyecto de orden espiritual. La primera responsabilidad del abad es vigilar esta subordinación: “Ante todo que no se preocupe de las cosas pasajeras, terrenas y caducas, de tal modo que descuide o no dé importancia a la salud de las almas encomendadas a él” (2,33). La autarquía respondía a esta exigencia en un cierto contexto. Hoy hay que buscar otra fórmula que permita a cada uno y a la comunidad vivir su vida monástica. En este dominio, retomando una expresión de la RB (2,6),“la experiencia es maestra”. Es difícil determinar exactamente de antemano lo que sería compatible o incompatible con el propósito monástico. La historia muestra que ya se han hecho muchos ensayos, con mayor o menor éxito. Sin embargo, deben conservarse intactos algunos valores bajo pena de atentar gravemente a este propósito monástico: un ritmo de vida que permita dar el tiempo necesario a la parte contemplativa de la vida monástica, y una libertad suficiente para ser solidario y eficaz en la vida comunitaria...