“ANUNCIAR EL AMOR DEVOTO Y TIERNO DE CRISTO”, LA MISIÓN DE GERTRUDIS EN EL LEGATUS DIVINAE PIETATIS (II)

“Muerte de la abadesa Gertrudis de Hackeborn” [1], grabado publicado en el libro “Vida de Santa Gertrudis Virgen”, autor anónimo, Apostolado de la Prensa, Madrid, 1913.

 

Antonio Montanari[2]

2.1. Natividad y humanidad de Cristo

Acercándonos ahora a algunos de los rasgos salientes de la nueva espiritualidad propuesta por Gertrudis, podemos notar sobre todo el rol de mediación que juegan las Confesiones de san Agustín, que constituyen una especie de filtro a través del cual la monja de Helfta relee los propios recuerdos y la propia historia. Pero es en la escuela del abad de Claraval y de la espiritualidad cisterciense que Gertrudis ha aprendido a describir la unión con Dios como “lugar” de un encuentro que transforma el corazón humano. Esto se percibe claramente en la página en la que la santa describe la visión de Navidad, por la cual advirtió claramente que aquel evento, del cual la liturgia hace memoria, la conmovía personalmente en profundidad:

En la noche santísima en la que, sobre toda la tierra, “los cielos destilaron dulzura”[3] y difundieron el rocío de la divinidad, mi alma, semejante a un vellón expuesto al aire de la caridad y bañado del rocío celestial (Jc 6,37-38)[4], quiso meditar aquel misterio. [...] En un instante comprendí que el tierno Niño apenas nacido había sido depositado en mi corazón. [...] Al mismo tiempo me fue dada la inteligencia de estas palabras inefables: “Erit Deus omnia in ómnibus, Dios será todo en todos” (1 Co 15,28), y así, con insaciable ardor, bebí el delicioso néctar de esta expresión que me dirigía Jesús: Como yo soy la impronta de la sustancia de Dios Padre (Hb 1,3) por mi divinidad, así tú serás la impronta de mi sustancia por mi humanidad (sicut ego sum figura substantiae Dei Patris in divinitatae, sic tu eris figura substantiae meae ex parte humanitatis). Y como el aire acoge los rayos del sol, tu acogerás en tu alma deificada los rayos de mi divinidad (suscipiens in tuam deificatam animam emissiones meae divinitatis, sicut aer suscipit solares radios). Investida de esta luz unitiva serás hecha capaz de una más familiar unión conmigo[5].

Las últimas frases de este pasaje manifiestan el sentido de esta devoción nueva a la humanidad de Cristo, plasmada por la experiencia de Gertrudis y por la exigencia del amor de encontrar expresión en la imitación. Es este el sentido de las palabras con las que Jesús exhorta a Gertrudis a dejarse impregnar por su divinidad, a fin de dejar trasparentar en su vida los rasgos de su tierna humanidad.

Un segundo elemento que caracteriza esta devoción se aprecia en la relevancia que asumen los sufrimientos de Cristo en la contemplación de Gertrudis, sintetizados en las imágenes del “fasciculus myrrhae”, el manojo de mirra que la esposa del Cantar lleva entre sus pechos (Ct 1,12). Ya la tradición monástica medieval había interpretado el “fasciculus myrrhae” en relación con los sufrimientos de Cristo, para introducir el tema de la “compasión” que aflora en el corazón de aquellos que meditan su Pasión. Pero sería Bernardo de Claraval a quien se atribuiría plenamente esta devoción, en las páginas del sermón 43 sobre el Cantar de los Cantares, donde comenta precisamente este versículo del poema bíblico: melliflui facti sunt coeli, los cielos destilaron dulzura.

            “Fasciculus myrrhae dilectus meus mihi, manojito de mirra es mi amado para mí (Ct 1,12). La mirra es algo amargo y significa las durezas y asperidades de las tribulaciones (dura et aspera tribulationum significat). La esposa, intuyendo que tales cosas se le propinan por causa del amado, se expresa así con gratitud, confiando que soportará todo con fortaleza (confidens se omnia viriliter subituram). […] Además, no se dice que el amado sea un manojo, sino un manojito, porque por amor a él, considera ligero todo lo que comporta cansancio y dolor. Es con razón, dice, ramito, porque “por nosotros se ha hecho niño (puer natus est nobis)” (Is 9,6); es un ramito, porque “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con las gloria futura que se revelará en nosotros. En efecto, el momentáneo peso ligero de nuestra tribulación, nos procura una gloria eterna sin medida más allá de la muerte” (2 Co 4,17). […] Por esto no dice solamente: “Mi amado es un manojto de mirra” sino que agrega “para mí”, que lo amo, es un ramito; y nombra también al amado, para mostrar que la fuerza del amor supera todo el disgusto de las amarguras (dilectionis vim omnium amaritudinum superare molestiam), y que “el amor es fuerte como la muerte” (Ct 8,6). En fin, para que sepas que ella no se jacta de sí misma sino del Señor, y tampoco de la propia fuerza, sino de la fuerza del Señor, de la cual saca fortaleza, afirma que descansará entre sus pechos Aquel al puede cantar con seguridad[6].

Así, el abad de Claraval, después de haber mencionado el tema de la compasión de la esposa, sobre el cual, no obstante, ya se había detenido antes[7], exhorta:

También tú, si eres sabio, imitarás la prudencia de la esposa y jamás soportarás que este manojito que te es tan querido, te sea quitado ni siquiera un momento de lo íntimo de tu corazón (de principali tui pectoris), llevando siempre en la memoria y rumiando con asidua meditación todo lo que Él ha sufrido por ti. Entonces, también tú podrás decir: “mi amado es para mí un manojito de mirra que reposa entre mis pechos[8].

En estas expresiones se puede sintetizar la tradición que llega hasta Gertrudis y que ella reelabora y renueva de modo original, como se evidencia en una página del tercer libro del Legatus, donde se narra un episodio en el cual el Crucificado es protagonista junto con la santa.

Gertrudis acostumbrada tener junto a su lecho un crucifijo. Una noche en la cual la imagen parecía descolgarse de la cruz para tenderse hacia ella, Gertrudis la acoge con ternura diciendo: “Oh dulcísimo Jesús, ¿por qué te inclinas de este modo?”. Él le responde: “El amor de mi divino corazón me atrae hacia ti”. Entonces ella toma con sus manos la santa imagen la estrecha dulcemente sobre su corazón, la cubre de caricias y de besos, diciendo: “Fasciculus myrrhae dilectus meus mihi, mi amado es para mí como un manojito de mirra”. Entonces el Señor mismo completa la frase diciendo: “Inter haec ubera mea commorabitur, que descansa entre mis pechos”. De este modo Él le enseñó a confiar a su Pasión las penas y las adversidades de la vida, como introduciendo un pequeño ramo florido dentro del manojo de mirra[9].

En el capítulo 16 del segundo libro del Legatus, vuelve la imagen del fasciculus myrrhae, pero esta vez ligado a las amarguras y las privaciones de la infancia de Jesús. También en este caso, detrás de la originalidad de Gertrudis se intuye la fuente bernardiana de su relectura, que le permite un acercamiento a los sufrimientos de Jesús ya presentes en el misterio de la Encarnación, gracias a la cita de Isaías 9,6: “Puer natus est nobis, nos ha nacido un niño”, que la liturgia había ya adoptado en la celebración de Navidad:

El día de tu sacratísimo nacimiento te recibí, como un tierno bebé envuelto en pobres pañales, y te estreché amorosamente en mi corazón. Entonces formé, con las amarguras y las privaciones de tu infancia, un ramito de mirra (fasciculus myrrhae) que puse sobre mi pecho (Ct 1,13) para que me infundiera en lo más íntimo del corazón, el dulce licor exprimido por aquél suavísimo racimo divino[10].

Gracias a la imagen del fasciculus myrrhae, la monja de Helfta se inserta en el surco trazado por la mística de la Pasión elaborada por los autores cistercienses del siglo XII, de la cual retoma los temas principales, desde el de la compasión al de la memoria, que, a través del perfume del “dulce licor exprimido por aquel suavísimo racimo divino”, permite mantener viva en el propio corazón la memoria de los sufrimientos de Cristo. En Gertrudis, sin embargo, la cita del Cantico refuerza de modo inédito los acentos apasionados de una ternura afectuosa, que ya tiene preponderancia sobre su doctrina.

 

2.2. Las llagas de Jesús y la herida de amor

Después de haber mencionado la importancia de la Pasión en la contemplación gertrudiana del misterio de Cristo, quisiera ahora completar este argumento mencionando el tema de las llagas de Jesús y la herida de amor. También estos aspectos de su espiritualidad insertan a la santa en el surco de la tradición monástica que la ha precedido, en la cual la contemplación del Crucifijo se apoyaba en una teología de los iconos, elaborada en el siglo XII por Guillermo de Saint-Thierry[11]. En efecto, este estaba convencido de que, si el monje podía fijar su mirada en el Crucificado, es porque la imagen pintada hace presente la verdad de la Pasión de Cristo para suscitar en su corazón sentimientos de compasión[12].

“Si, efectivamente, nos ponemos ante una representación de la Pasión es para que también nuestros ojos de carne tengan algo para ver, algo a qué adherir”. Ellos, sin embargo, no adoran una imagen pintada (picturae imaginem), porque la imagen reenvía a la realidad de la Pasión. Al contrario, insiste el abad de Saint-Thierry: “Si miramos más atentamente la imagen de tu pasión (imaginem passionis tuae), es porque en tu silencio nos parece oír tu voz que nos dice: Ved aquí cómo os he amado, os he amado hasta el fin”[13].

Educada en esta escuela, también Gertrudis se detiene largo tiempo a contemplar el Crucifijo como atestigua una oración que la santa dice haber encontrado en un libro en el primero o tal vez segundo año después de su conversión, transcripta en la apertura del cuarto capítulo del segundo libro del Legatus:

Misericordioso Señor, esculpe con tu sangre en mi corazón tus llagas, a fin de que pueda leer en ellas tu dolor y tu amor. Haz que la memoria de tus heridas esté siempre presente en el secreto de mi corazón, para ejercitarme en la compasión de tus dolores y encender en mí el fuego de tu amor. Concédeme además no apegarme a creatura alguna, para que tú solo seas dulce a mi corazón[14].

Continuará

 


[1] El grabado se refiere al siguiente texto del Legatus Divinae Pietatis: «Cerca de un mes de haber perdido el habla, una mañana [la Abadesa Gertrudis de Hackeborn] se puso tan grave que creían estaba agonizando. Se convocó enseguida a la comunidad y recibió la Unción […] Al llegar el día deseado por la misma elegida de Dios con tan dichosos anhelos, y tan cuidadosamente preparado con fervientes plegarias, al entrar en agonía, parecía que el mismo Señor salía al encuentro en tono festivo acompañado a su derecha e izquierda por su bienaventurada Madre y el discípulo amado Juan Evangelista. Les seguía una innumerable multitud de ambos sexos de toda la corte celestial y de manera especial el ejército de las blancas Vírgenes, que parecían llenar todo el monasterio ese día de la agonía, mezcladas entre la comunidad, que también ese día permaneció junto a la enferma, expresando su desolación con llantos y suspiros, y encomendado a Dios el tránsito de madre tan amada con fervorosas oraciones. Acudió el Señor Jesús junto al lecho de su amada, parecía acariciarla con gestos tan tiernos, que muy bien pudieron calmar la amargura de la muerte. Cuando se leyó ante la enferma el texto de la Pasión: “E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30), El Señor Jesús, como si no pudiera contener el amor, se inclinó sobre la agonizante, abrió con ambas manos su propio Corazón y lo extendió sobre ella» (Legatus V 1,1-2).

[2] Antonio Montanari es docente de Historia de la Espiritualidad e Historia de la Hermenéutica Bíblica en la Facultad Teológica de la Italia Septentrional (Milán) y de Historia de la Espiritualidad Antigua en el Centro de Estudios de Espiritualidad de la misma Facultad, del cual es también el Director. Es autor de estudios sobre temas de espiritualidad y de exégesis patrística y  medieval.

[3] De nuevo se puede notar el influjo de la liturgia en las modalidades expresivas de Gertrudis. La expresión “Melliflui facti sunt coeli, los cielos destilaron miel”, deriva en efecto del segundo responsorio de las Vigilias de Navidad: “R. Hodie nobis de coelo pax vera descendit: * Hodie per totum mundum melliflui facti sunt coeli. V. Hodie illuxit nobis dies redemptionis novae, reparationis antiquae, felicitatis aeternae. R. Hodie per totum mundum melliflui facti sunt coeli: R. Hoy descendió para nosotros, la verdadera paz del cielo * Hoy para todo el mundo los cielos destilaron dulzura. V. Hoy diste a luz para nosotros el día de la nueva redención, de la antigua reparación, de la felicidad eterna. R. Hoy para todo el mundo los cielos destilaron dulzura.

[4] La imagen del vellón impregnado de rocío ya había sido releída en sentido cristológico por Orígenes en la octava homilía sobre el Libro de los Jueces: “Y descendió sobre el vellón que es el pueblo de la circuncisión, y como gotas que destilan sobre la tierra, es decir sobre el resto de la tierra. Así ha descendido nuestro Señor Jesucristo, destilando también sobre nosotros y trayéndonos a nosotros también las gotas del rocío celestial (Homilía sobre los Jueces 8). Esta interpretación ha plasmado la antiquísima antífona para la fiesta de la Circuncisión: “Quando natus es ineffabiliter ex Virgine, tunc impletae sunt Scripturae: sicut pluvia in vellus descendisti, ut salvum faceres genus humanum, te laudamus Deus noster, Cuando nació de modo inefable de la Virgen, entonces se cumplieron las Escrituras: como la lluvia descendió sobre el vellón, así salvas al género humano. Te alabamos Dios nuestro”.

[5] Legatus II,6.

[6] Bernardo de Claraval, Sermones super Cantica 42,1.

[7] Efectivamente, en el sermón 10,3 había comparado los dos senos de la esposa a la “congratulación” y a la “compasión”, es decir a la capacidad de compartir la alegría de otros y de sufrir con el que sufre (“duo sponsae ubera congratulationem definisse atque compassionem, los dos pechos de la esposa se han de definir como la congratulación y la compasión). Esta etimología de los dos términos latinos está confirmada por la cita paulina: “Gaudere cum gaudentibus, flere cum flentibus, gozar con los que están alegres y llorar con los que lloran” (Rm 12,15).

[8] Bernardo de Claraval, Sermones super Cantica 42,2.

[9] Cf. Legatus III,42.

[10] Legatus II,16.

[11] Si se debe a Bernardo de Claraval la elaboración de una tierna devoción a la humanidad de Jesús, una verdadera y propia “teología de los iconos” en la literatura cisterciense debe serle atribuida en cambio a Guillermo de Saint-Thierry (1075-1148). Remito para este argumento a mi ensayo: “Sabbatum delicatum. La recherche de Dieu dans le “désert” cistercien”, Collectanea Cisterciensia 69 (2007) 67-81, en particular al tercer capítulo titulado: “Sacra Imago”, dedicado a la devoción a la humanidad de Cristo en el camino pedagócigo de la oración.

[12] Cf. S.F. Chen, “Bernard’s Prayer Before the Crucifix that Embraced Him: Cistercians and Devotion to the Wounds of Christ”, Cistercian Studies Quarterly 29 (1994) 23-54.

[13] Guillermo de Saint-Thierry, Meditativae orationes 10,7. Bernardo, aún sin tener una teoría tan clara, se detuvo en varias ocasiones a contemplar con transporte las heridas del Crucificado. Encontramos un bellísimo ejemplo en el sermón 61,4 Sobre el Cantar de los Cantares, en el que comenta el versículo de Ct 2,13: “Columba mea en petrae foraminubus, paloma mía en las grietas de la roca”: “Han atravesado sus manos y sus pies, han perforado con una lanza su costado: a través de estas aberturas puedo chupar la miel de la roca y el aceite de la piedra más dura. [...] Los clavos que penetran fueron para mí las llaves que abren, para que pueda ver la voluntad del Señor. ¿Cómo no verla a través de las grietas de la roca? Los clavos y las heridas claman que, efectivamente, en Cristo, Dios ha reconciliado al mundo consigo mismo. La lanza lo ha perforado hasta llegar a su corazón, por lo que ahora puede simpatizar con mis debilidades. Y a través de las heridas de su cuerpo, que hacen patente el secreto de su corazón, todo el mundo puede contemplar el misterio de su amor infinito (illud magnum sacramentum pietatis) y las entrañas de misericordia de nuestro Dios, por las cuales nos visitó como sol que nace de lo alto.

[14] Legatus II,4.