LA BELLEZA EN LOS ESCRITOS DE SANTA GERTRUDIS (II)

La visión del jardín[1], grabado publicado en el libro “Vida de Santa Gertrudis Virgen”, autor anónimo, Apostolado de la Prensa, Madrid, 1913.

Bernard Sawicki, OSB[2]

1.1. Plantas

La Santa misma está presentada de modo metafórico[3], lleno de sutil belleza, como “semejante al lirio radiante de candor, (...) puesta por Dios en el macizo fragante del jardín de la Iglesia (...). Al candor del lirio ella unía la magnificencia y la frescura de las flores de los elegidos, así que no solo fascinaba la vista sino que raptaba el corazón”[4]. Las plantas dan sentido al espacio, haciéndolo más habitado, acogedor y amigable y creando una atmósfera de confianza y de encanto. Las flores expresan las emociones y el amor que llenan el espacio:

(Gertrudis) es una rosa fragante, por el espíritu de paciencia que la mueve a dar gracias a Dios en la tribulación. Es una flor primaveral, sobre la cual reposo con complacencia, porque veo en su alma un celo ardiente por llegar a la cumbre de la virtud, a una altísima perfección[5].

Varias plantas componen un jardín y, gracias a ello aumenta la capacidad expresiva y simbólica del espacio:

El Señor, que deseaba consolarla e instruirla, le mostró un pequeño y estrecho jardín, lleno de variadas y frondosas flores, rodeado de espinas, por el que corría un riachuelo de miel, y le dice: “¿Preferirías a mí este placentero lugar con la belleza de estas flores?”. Responde ella: “De ninguna manera, Señor Dios mío”. Entonces le mostró un huertecillo fangoso, donde crecía una hierba escasa, con algunas florecillas sin perfume, de color lánguido, y le preguntó también: “¿Preferirías este jardín a mí?”. Se vuelve ella como indignada por tales palabras  y dijo: “¡Lejos de mi alma tal cosa!, elegir lo falso, lo vil, lo malo, en lugar de ti el único verdadero, sumo, firme, estable y bueno desde la eternidad”. El Señor: “Los dones con que he enriquecido tu alma son la prueba segura de que tienes caridad ¿Por qué te dejas oprimir por la turbación y la desesperación, a la vista de tus pecados? ¿No confirma la Escritura que ‘Charitas operit multitudinem peccatorum. La caridad cubre multitud de pecados?’. Te he mostrado el placer de una vida carnal, en la frondosidad de un lago pantanoso, que tú has despreciado; y te hice ver como un huerto florido, la vida dulce, placentera y sin adversidades, con la que tú podrías haber vivido cómoda y honestamente, sin contrariedad alguna, contando con el favor de los hombres y el reconocimiento de santidad, si no fuera que no prefieres tu voluntad a la mía”[6].

¡No basta la belleza de esta diversidad simbólica! Las flores se atribuyen a varias virtudes y asís su belleza conquista un nuevo horizonte. La concretización de los símbolos va junto con su riqueza y multiplicidad:

La santísima Virgen parece entonces inclinarse amorosamente para plantar en el corazón de Gertrudis la rosa de la caridad, el lirio de la pureza, la violeta de la humildad, el girasol de la obediencia y muchos otras bellísimas flores; de tal modo que Gertrudis reconoce que la Madre de Dios está siempre pronta a atender las oraciones de aquellos que la invocan con confianza[7].

La variedad de las plantas y la posibilidad de moverse entre ellas son el ambiente clásico de los amantes. Basta mencionar el Cantar de los cantares. La delicadeza y la belleza del amor se expresa justamente en este espacio del jardín y a través de la posibilidad que este ofrece:

El mismo día a la hora de Nona, Jesús se le aparece bajo el aspecto de un joven lleno de gracia y de belleza. Le pedía cogiera nueces de dicho árbol y se las ofreciera a él. Con este fin la levantó y la sentó  en una rama. Le dice ella: “¡Oh amantísimo joven! ¿Cómo me pides esto a mí que soy débil tanto en virtudes como por el sexo? Sería más oportuno que fueras tú quien me las ofrecieras a mí”. “No -responde él- la novia que se halla en la casa de sus padres como en la suya propia, puede actuar con más confianza que el pudoroso novio que acude alguna vez a visitarla. Pero si ella trata entonces con delicadeza a su novio cuando la recibe en su casa, éste la acogerá siempre a ella con todo el cariño y ternura”[8].

En otra ocasión, le responde Jesús: “Cuando el esposo lleva a la esposa a un jardín para cortarle rosas con las que ella pueda entretejer una guirnalda, la esposa goza tanto con el dulce coloquio del esposo que ni siquiera le dice que rosas prefiere, sino que al llegar al jardín cualquier rosa que le corte el esposo y le ofrezca para tejer la guirnalda, la toma con gozosa prontitud sin pensar en nada. De igual modo el alma fiel cuyo sumo gozo es mi voluntad y se deleita en ella como en un jardín florido, acepta con la misma conformidad que yo me complazca en no devolverle la salud o que ponga fin a su vida presente, porque se entrega con total fidelidad a mi disposición paternal”[9].

También el crecimiento de las plantas tiene un significado no solo por la gestión del espacio de que hablamos sino también por la saturación de este con varios símbolos:

No continuó meditando aquellas palabras, como si se refirieran solo a personas que vivieron en tiempos pasados; más bien se consideraba a sí misma como planta pequeñita que recibía los beneficios divinos por su cercanía con el Corazón divino, radiante de ternura, pronta a recibir su dulce influjo. Pero después, por momentos se secaba a causa de las culpas y negligencias cometidas, hasta quedar como reducida a ceniza, postrada como tizón apagado. Entonces se volvió hacia el benignísimo mediador Jesucristo, Hijo de Dios y le ruega se digne purificarla y presentarla al Padre. Parecía que el mismo amantísimo Jesús la atraía hacia sí con  el aliento del amor de su Corazón traspasado y la lavaba con el agua que de este fluía. Luego la rociaba con la sangre precisa y vivificante de su santísima herida. Esto reavivó aquel insignificante carboncillo y lo convirtió en un árbol frondoso, cuyas ramas se abrían en tres direcciones como vemos en un lirio. El Hijo de Dios tomó ese árbol y lo presentó con gratitud y gloria a la siempre adorable Trinidad. Una vez presentado, toda la santa Trinidad se inclina hacia él con tanta benevolencia que Dios Padre con su divina omnipotencia puso en las ramas más  altas todos los frutos que aquella alma habría producido si se hubiera confiado debidamente a la omnipotencia divina. Igualmente parecía que el Hijo de Dios y el Espíritu Santo ponían en las otras dos ramas los frutos de la sabiduría y de la bondad.

Después de recibir el Cuerpo de Cristo contempló su alma bajo la forma de un árbol que tenía sus raíces sumergidas en la herida del costado del Señor y experimentó de modo misterioso que de la misma herida subía una savia vivificante, desde las raíces hasta las ramas, las hojas y los frutos para comunicar a todos la fuerza de la divinidad y la humanidad del Salvador[10].

Las plantas mismas son también un universo de “entre”: flores, frutos, ramas, pero también colores, perfumes, la diversidad de superficie y otras cualidades de contacto. Estas dan al espacio nuevas dimensiones extendiendo su espesor y densidad:

Entonces cada una de estas obras representadas en los frutos del árbol, comenzó a destilar un licor generoso. Una parte se derramaba sobre los que estaban en el cielo para llenarlos de alegría; otra se derramaba en el purgatorio para mitigar sus penas; y otra se derramaba en la tierra para aumentar en los justos la dulzura de la gracia y en los pecadores el dolor de la penitencia[11].

También una flor puede llegar a ser una manifestación del “entre”. El microcosmos de su estructura permite otras referencias simbólicas. Pero ante todo se siente la delicadeza y la excepcionalidad de la planta misma que presta sus propiedades al tema simbolizado:

Mientras oraba de la misma manera el día siguiente, apareció la misma Madre virginal, siempre en presencia de la adorable Trinidad, bajo la imagen de blanca azucena con tres pétalos como suele presentarse, uno erguido y los otros inclinados. Comprendió entonces por qué la bienaventurada Madre de Dios es llamada con razón “blanca azucena de la Trinidad”: por haber recibido en sí de la adorable Trinidad, plenísima y dignísimamente más que ninguna otra criatura, unas virtudes que nunca contaminó con el más mínimo polvillo del pecado venial.

El pétalo recto designa la omnipotencia de Dios Padre; los dos inclinados, la sabiduría y la bondad del Hijo y del Espíritu Santo, a los que ella tanto se parecía. También le enseñó la dichosa Virgen que si alguien la saluda devotamente diciendo: “Cándida azucena de la Trinidad y rosa brillante de celestial candor”, le mostraría de modo especial el poder que ha recibido de la omnipotencia del Padre; le enseñaría cuantos recursos ha recibido de la sabiduría del Hijo para lograr la salvación del género humano y con qué inestimable abundancia se llenaron sus entrañas de misericordia por la bondad del Espíritu Santo[12].

Se le apareció esta Virgen gloriosa envuelta en un manto verde y brillante tachonado por todas partes de flores doradas de tres pétalos y le dijo: “Mira, cuantas palabras ha pronunciado cada una de las personas por las que has orado y que tú me ofreces, otras tantas flores han puesto para adornar mi manto. Estas flores tienen mayor o menor frescura cuanta mayor o menor era la intención con que se aplicaban a la oración. Yo revierto ahora el resplandor de estas flores sobre las almas de cada una de esas personas que me las ofrecieron, para que puedan así complacer a mi Hijo y a toda la corte celestial”. También parecía que la Santísima Virgen llevaba entremezcladas con las flores de tres pétalos algunas rosas muy brillantes de seis pétalos. Entre esos pétalos había tres que parecían de oro maravillosamente adornadas con variadas piedras preciosas. Los otros tres aparecían diferenciados con gran variedad de incomparables colores. En los tres pétalos de oro entendió se significaban las tres partes del Saludo Angélico [el Ave María] que ella había recitado con gran esfuerzo durante su enfermedad. El Señor Jesús quiso, en su inmensa bondad, añadirle a aquellos pétalos preciosos, los otros tres de incomparables colores: el primero por el afecto que había mostrado al saludar y ensalzar a su dulcísima Madre; el segundo por la discreción expresada al sentirse sin fuerzas, de no elegir más que tres partes en su oración; el tercero por la plena confianza con la que esperaba que tanto el Señor como su bendita Madre aceptarían lo poco que ella podía hacer[13].

Continuará

 


[1] El grabado ilustra los textos del Legatus Divinae Pietatis que el autor cita en esta publicación y la próxima.

[2] Bernard Sawicki, osb, es monje de la Abadía benedictina de Tyniec (Cracovia) en Polonia, se graduó en teoría de la música y piano. Es doctor en teología. Fue abad de Tyniec entre los años 2005 y 2013. Desde 2014 es Coordinador del Instituto Monástico de la Facultad de Teología del Pontificio Ateneo San Anselmo en Roma.

[3] Continuamos con la publicación de la traducción de las actas Congreso: “LA “DIVINA PIETAS” E LA “SUPPLETIO” DI CRISTO IN S. GERTRUDE DI HELFTA: UNA SOTERIOLOGIA DELLA MISERICORDIA. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 15-17 novembre 2016. A cura di Juan Javier Flores Arcas, O.S.B. - Bernard Sawicki, O.S.B., ROMA 2017”, Studia Anselmiana 171, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2017. Cfr. el programa del Congreso en esta misma página: http://surco.org/content/convenio-divina-pietas-suppletio-cristo-santa-gertrudis-helfta-una-soteriologia-misericordia. Traducido con permiso de Studia Anselmiana y del autor, por la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[4] Legatus, I Prol.

[5] Legatus, I,3.

[6] Legatus, III,4.

[7] Legatus, III,19.

[8] Legatus, III,15

[9] Legatus, III,56.

[10] Legatus, III,18,5.

[11] Ibid.

[12] Legatus, III,19.

[13] Legatus, IV,48.