GERTRUDIS LA GRANDE, UNA SANTA POCO CONOCIDA (II)

Santa Gertrudis, litografía en portada del libro de Juan Bautista Lardito: “Idea de una perfecta religiosa en la vida de santa Gertrudis la Grande, hija del gran padre y patriarca san Benito”, Madrid, Francisco del Hierro,

1717. Reproducción cedida por la Biblioteca Nacional de Madrid.

 

Jacques Maritain[1]

Es una fiesta incomparable del espíritu[2], demasiado dulce quizá, imaginar lo que podría ser el humanismo de una Gertrudis en sus años jóvenes, de su amiga Matilde y sus compañeras de estudio o las monjas de la santa comunidad liderada por la gran abadesa Gertrudis de Hackeborn, un humanismo del estado de inocencia -si se me permite decirlo- alimentado y protegido por la gracia y la castidad perfecta. Aún desde el solo punto de vista de la perfección humana ¿qué hay más hermoso que este celo por las letras y la ciencia en corazones vírgenes, que la obediencia y el amor deberían conducir directamente a lo que supera todo sabor creado? Estoy pensando en la pasión de saber -muy bien justificada por el cargo de maestro- que animaba a un Tomás de Aquino y que fue mucho más violenta con él, que con los semidioses ebrios del Renacimiento pagano, pero de absoluta rectitud, y santa como el impulso de un espíritu puro. ¿Acaso no nos cuenta su compañero Reinaldo, que, cuando en sus comentarios sobre Isaías, Tomás llegó a un pasaje que no podía entender adecuadamente, lloró y ayunó y afligió por varios días, hasta que Dios, una noche, le envió a los apóstoles Pedro y Pablo para que lo instruyeran? Reinaldo oía que les hablaba y lo obligó enseguida a fuerza de ruegos, a que le confesara el asunto. Pero la ley del amor es sin misericordia y caridad, dea virtutum, exige que se deje todo por aquello que está por encima de todo. El gran doctor, hacia el final de su vida, interrumpe la escritura, ya que la luz viviente que él contempla hace parecer a sus ojos como paja la mayor ciencia creada. Gertrudis, a sus 25 años, es afligida durante un mes por tinieblas espirituales debido a su gran ardor a las letras profanas y los estudios humanos, entonces el Señor viene por sí mismo derrotar a “su indomable persistencia” revelando su ternura; y a partir de allí ella es arrebatada por la nube brillante de la sabiduría.

Queremos recuperar el espíritu de la liturgia, el significado de la oración de la Iglesia. ¿Quién nos ayudará en esto mejor que santa Gertrudis? Su contemplación sublime está ligada de manera vital con el oficio divino, con las funciones litúrgicas, con el curso de los tiempos sagrados; y la caridad informa tan bien todo en ella, penetra tan perfectamente la virtud de religión, impera tan puramente los actos, que el oficio divino no es para ella más que una efusión de amor y como un gran movimiento de contemplación.

Es por las palabras de la liturgia, o comentándolas, como el Señor la instruye; Él canta con ella los sagrados responsorios. Mejor que toda enseñanza teórica, más allá de toda controversia, el ejemplo de Gertrudis nos enseña cómo es inútil oponer la oración a la liturgia y cómo, en el orden de amor, el opus Dei es el medio por excelencia para la más alta contemplación; cómo la contemplación misma es, en el orden del culto, el medio necesario para la liturgia más perfecta. El alma que sigue y medita, durante todo el año eclesiástico y para concordar mejor con la vida contemplativa de la iglesia, las lecciones del Heraldo del divino amor[3] comprende cómo “la aguja del péndulo litúrgico imprime perpetuamente en nuestras almas la imagen divina”[4], cómo la liturgia nos hace participar en los estados de Cristo. “Antes de ser objeto de imitación para las almas individuales, los estados de Cristo son significados y reproducidos en los sacramentos y la liturgia. Las gracias de la oración y los estados místicos tienen su tipo y su fuente en la vida cultual de la Iglesia, son una resonancia en los miembros, de la imagen de Cristo que es perfecta y reside en la Iglesia en cuanto Cuerpo”[5]. Santa Gertrudis, al mismo tiempo que nos introduce en este misterio, nos preserva de una especie de purismo y materialismo ritual que amenaza a veces, lo digo con toda reverencia, a los devotos de la liturgia; ella nos hace amar la santa liturgia en espíritu y en verdad.

Continuará

 


[1] Jacques et Raïssa Maritain eran oblatos de la Abadía benedictina de Oosterhout, y Raisa había tomado como nombre de oblata el de Gertrudis.

[2] Continuamos publicando este artículo editado en 1922 por la Abadía benedictina de Oesterhout en la Revista Revue des Jeunes 32. Tradujo la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[3] En particular en el Libro IV, distribuidas según el orden de los tiempos y de las fiestas.

[4] Dom Delatte, osb, Commentaire de la Règle de saint Benoît, ch. VIII.

[5] R. P. H, Clérissac, Le Mystère de l'Eglise, Paris, Téqui.