GERTRUDIS LA GRANDE, UNA SANTA POCO CONOCIDA (IV)

Santa Gertrudis, portada del libro Philosophia coelestis, tradita ab aeterna sapientia, Salisburgi,

Typis Joan. Bapt. Mayr, 1673. Abadía de Sta. Mª la Real de Oseira.

 

Jacques Maritain[1]

La humanidad de Cristo es, según la enseñanza de santo Tomás[2], el instrumento conjunto y como el órgano de la divinidad[3]. Por lo tanto, es por su corazón y por las intenciones decididas por su amor, que pasan todas las gracias que llegan a nosotros. Cada una es un vínculo vivo de su corazón con el nuestro. Él está en el cielo, pero no como una imagen fija: como el Sacerdote eterno que obra constantemente. Actualmente y a cada momento, hay una relación personal entre la humanidad de Cristo y la nuestra. Su mirada humana nos envuelve a nosotros que lo miramos tan vagamente y tan poco. Literalmente, los latidos de su corazón son lo que hace vivir a las almas; “y su sangre colorea mis mejillas”, decía santa Inés[4]. Santa Gertrudis, con una gran variedad de imágenes, nos muestra en acción esta verdad teológica. A veces ella ve el divino corazón conectado por tubos de oro[5] a las almas entregadas a su beneplácito, otras veces ve a los santos tomar entre sus manos este Corazón, y en otras ocasiones ve al Espíritu Santo haciendo vibrar el corazón como un laúd[6] para alabar y glorificar a la Santísima Trinidad o la Virgen María.

Pero si el corazón del Señor es el instrumento de Dios para los hombres, también es el instrumento de los hombres hacia Dios, de manera que todo bien desciende y asciende por él. Así debe ser, puesto que Cristo es el mediador, no una vez, sino para siempre.

“Mientras se cantaban las vísperas, el hijo de Dios presentó a la gloriosa Trinidad su sagrado corazón, que llevaba entre sus manos como una lira melodiosa. En esta lira resonaban dulcemente ante de Dios el fervor de las almas y todas las palabras de los cánticos sagrados”[7]. Gertrudis vio que el corazón divino reparaba todas las imperfecciones de nuestra alabanza. Ella lo ve como una lámpara ardiente[8], como una copa[9] donde beben los santos, como un altar[10], como un incensario[11], una fuente[12] muy pura, similar a un hilo de miel, que destila en las almas de los elegidos.

“Para entender mejor -escribe Juan de Santo Tomás-, cómo los dones del Espíritu Santo proceden del amor del corazón de Dios...”, esta palabra dicha de pasada y por metáfora a propósito del amor increado, puede aplicarse de cierta forma el corazón del Verbo encarnado; esto nos hace entender por qué en las almas contemplativas se unen la devoción al sagrado corazón y la devoción al Espíritu Santo y quedan, por así decir, confundidas[13]. Es desde el corazón del Verbo Encarnado, que los posee en su plenitud, que derivan para nosotros los dones que hacen la vida sobrenatural y la contemplación; y a los impulsos del Espíritu, a los cuáles ellos nos hacen dóciles, siguen los latidos de este Corazón: “Tú deseas recibir el Espíritu Santo, dice el Señor un día a Gertrudis, siguiendo el ejemplo de los discípulos, debes tocarme el costado y las manos”[14].

“Cuando se cantaba en Tercia la antífona: Arte mira[15], el Espíritu Santo parecía surgir del corazón del Señor bajo el símbolo de un soplo muy ligero, que efluía y envolvía -por así decir- las siete piedras preciosas incrustadas en el pectoral que se ofrecía al alma como joya...”[16].

Santa Gertrudis es, ciertamente sin haberlo buscado, uno de los más grandes poetas de todos los tiempos[17]. Pero su lirismo deslumbrante no es más que una pura efusión de su amor. Cantare amantis est[18]. El alma cristiana es naturalmente lírica. “Del mismo modo - dice santo Tomás- que de las palabras exteriores, proferidas según la melodía y la proporción que conviene, resulta el canto sensible, de manera similar, de las palabras interiores de la inteligencia y también de los afectos del corazón dirigidos a Dios según la proporción y el orden debido, resulta de una cierta melodía espiritual y como un canto inteligible”[19]. Y Dios, autor de todo bien, “por el movimiento de quien sacude todas las potencias del alma, Dios, nos atrevemos a decir, Él mismo canta en nosotros, puesto que ora y gime en ella”[20]. Es así que el Señor Jesús canta una Misa en el cielo a una Virgen llamada Trutta, en el tiempo en que ella vivía en el cuerpo”[21].

Dominus vobiscum, dilecta[22], le dijo: Et spiritus meus tecum, Praedilecte![23], respondió  Gertrudis. Los Ángeles cantaron el Kyrie[24], la Virgen María entonó el Sanctus[25], los Santos continuaron: Dominus Deus Sabaoth[26]. “Entonces el Señor Jesús, verdadero sacerdote y Pontífice Supremo, se levantó de su trono real y presentado con ambas manos a Dios Padre, su Santísimo corazón, en la forma del altar de oro ya mencionado...”[27].

El mundo, al enfriarse, ha visto secarse las fuentes de lirismo sobrenatural. Al mismo tiempo han disminuido el ardor y ternura, el don del canto y el don de lágrimas. Debido a que lloramos mucho en la Edad Media, y mucho más en el siglo XVIII, pero no eran las mismas lágrimas; el agua de humedad condensada[28], vertida por los ojos sensibles de los devotos de Jean-Jacques[29] no es más que un sustituto patológico de las aguas de vida del corazón que la caridad hacía florecer antes. Hoy en día no sólo nos hemos enfriado, sino congelado. Es este frío en el corazón el que paraliza la inteligencia y hace tan tímida y tan deficiente su adhesión a la verdad. Y si Pascal tenía razón al decir que en estos tiempos “la verdad está tan oscurecida y la falsedad tan establecida que, si no amáramos la verdad, no la podríamos conocer”[30], entonces debemos creer que es sólo por el “calentamiento de nuestro amor a la revelación de los misterios del corazón de Cristo”[31] que volveremos a ser capaces de la verdad divina.

Santa Gertrudis no ha dejado de trabajar en la revelación de estos misterios. En nuestros días, Cristo la dio como amiga y patrona especial a  Sor María del Divino Corazón; se le apareció varias veces y la animaba en su misión, a partir del Papa León XIII. Este, consagrando toda la raza humana al Sagrado Corazón, coronó públicamente la labor iniciada por santa Gertrudis en el secreto del claustro y la oración. Por este acto solemne afirmó la pertenencia de todos los hombres -incluso de aquellos que viven fuera de la Iglesia- al Verbo encarnado, cabeza de la humanidad. Y santa Gertrudis ¿acaso no tenía un sentido exquisito de esta universalidad admirable del reinado del divino corazón, cuando un día, en la fiesta de la Epifanía, recorriendo espiritualmente el mundo y buscando por todas partes algo que pudiera ofrecer a Aquél que amaba, pero no encontrando alguna ofrenda que fuera digna de él, recogió ávidamente todas las tristezas y las angustias que las criaturas hayan podido sufrir, no por la gloria de Dios, sino como resultado de la debilidad humana; y toda la falsa santidad, la devoción de los hipócritas, los fariseos y los herejes, y por último el afecto natural y el amor falso e impuro dispensado en vano por tantas criaturas, y se lo ofreció todo a Dios como mirra, incienso y un muy preciado oro?[32] Y Dios acepta todas estas cosas, purificadas por la caridad de Gertrudis.

 

 


[1] Jacques et Raïssa Maritain eran oblatos de la Abadía benedictina de Oosterhout, y Raisa había tomado como nombre de oblata el de Gertrudis.

[2] Continuamos publicando este artículo editado en 1922 por la Abadía benedictina de Oesterhout en la Revista Revue des Jeunes 32. Tradujo la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[3] Suma. Theol., I - II, q. 112, a. 1, ad 1 y ad 2; III, q, a. 62, 5.

[4] Responsorio para la fiesta de santa Inés. Cfr. Santa Gertrudis, Ejercicio III: “He recibido de sus labios, su miel y su leche, y su sangre ha coloreado mis mejillas, si le toco soy pura, si le poseo soy virgen”.

[5] Cfr. L III 26; III 30; IV 49 4.

[6] L IV 48: lira del Espíritu Santo; cfr. también: L IV 12: instrumento en el que sopla el Espíritu Santo; L III 49: órgano de la Santísima Trinidad; L V 1: instrumento de suaves cadencias.

[7] L IV 41 2. Cfr. también: lira del Espíritu Santo (L IV 48); instrumento en el que sopla el Espíritu Santo (L IV 12), órgano de la Santísima Trinidad (L III 49), instrumento de suaves cadencias (L V 1).

[8] Cfr. l III 25

[9] Cfr. L III 46; cfr. también: cáliz (L III 30 2); vaso (L IV 23).

[10] Cfr. L IV 59.

[11] Cfr. L IV 26.

[12] Cfr. L III 30 1; cfr. también L IV 17; III 53; III 9 4.

[13] N de T.: cita no identificada.

[14] L IV 32 1.

[15] “Con arte admirable…”.

[16] L IV 12 7.

[17] El P. Hostachy (op. cit.), creo que después de la Sra. Lucie Faure Goyau (El monasterio de Helfta, en el cristianismo y cultura femenina), dice que Dante fue inspirado por una visión de Gertrudis en la canción XXII del Paraíso. En realidad, la cosa parece más dudosa.

[18] N. de T.: Cantar es amar.

[19] Santo Tomás de Aquino, Segundo comentario sobre el Cantar, Prólogo.

[20] R. P. H. Clérissac, El misterio de la Iglesia.

[21] Cfr. L III 8.

[22] N. de T.: “El Señor esté contigo, amada”.

[23] N. de T.: “Y mi espíritu contigo, Amado”.

[24] N. de T.: Señor, ten piedad.

[25] N. de T.: Santo.

[26] N. de T.: Señor, Dios de los ejércitos (continuación del Sanctus).

[27] Los manuscritos completos del Heraldo ubican al final del Libro V una pieza distinta de los cinco libros titulada: “Missa quam Dominus Iesus Christus personaliter decantavit in coelo cuidam virini adhuc esistenti in corpore nomine Trutta”. El texto describe una misa celebrada por el Señor para Gertrudis mientras ella yacía en su lecho de enferma. El tema ya aparece con menos desarrollo en L III 8. La edición de Solesmes que sigue Maritain (de acuerdo a la edición de Lanspergius), ubica esta pieza al final del libro IV por su trama litúrgica. La edición crítica de Sources chrétiennes pone este texto al final del Heraldo, como pieza separada, formulando objeciones a su autenticidad. En todo caso, el texto citado por Maritain se refiere a esta pieza que él encuentra al final del Libro IV del Heraldo.

[28] Traducimos por “humedad condensada” la palabra francesa déliquescence, definida en francés como la propiedad de ciertos cuerpos de absorber la humedad del aire y disolverla.

[29] Jean-Jacques Rousseau (Ginebra, 28 de junio de 1712 - Ermenonville, 2 de julio de 1778) fue un polímata suizo francófono: a la vez escritor, pedagogo, filósofo, músico, botánico y naturalista; definido como un ilustrado, sin embargo, presentó profundas contradicciones que lo separaron de los principales representantes de la Ilustración (por ejemplo de Voltaire), y es considerado uno de los primeros escritores del prerromanticismo. Sus ideas imprimieron un giro copernicano a la pedagogía centrándola en la evolución natural del niño y en materias directas y prácticas, y sus ideas políticas influyeron en gran medida en la Revolución francesa y en el desarrollo de las teorías republicanas, aunque también se le considera uno de los precursores del totalitarismo; incorporó a la filosofía política conceptos incipientes como el de voluntad general (que Kant transformaría en su imperativo categórico) y alienación. Su herencia de pensador radical y revolucionario está probablemente mejor expresada en sus dos frases más célebres, una contenida en El contrato social, «El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado», la otra, presente en su Emilio, o De la educación, «El hombre es bueno por naturaleza».

[30] N. de T.: cita no identificada.

[31] Cfr. L IV 4 4.

[32] Cfr. L IV 6 3.