JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO. Ciclo "A"

«Cuando se desprecia al pobre, se desprecia a Cristo; la falta es enorme. Pablo persiguió a Cristo cuando perseguía a los suyos, y por eso escuchó aquello de ¿por qué me persigues? (Hch 9, 4). Cada vez que demos algo, démoslo con las mismas disposiciones que si lo hiciésemos a Cristo, porque sus palabras son mucho más dignas de crédito que lo que ven nuestros ojos. Cuando veas a un pobre, acuérdate de esas palabras en que Cristo te revela que es a Él a quien puedes alimentar. Porque aunque el que está a la vista no es Él, sin embargo bajo aquella forma Él mismo es el que recibe y el que mendiga. ¿Te avergüenza oír que Cristo mendiga? Más bien avergüénzate de no darle nada cuando está mendigando. Eso sí que es vergüenza, eso sí que merece pena y castigo. Si mendiga es por bondad y tenemos que felicitarnos por ello; pero el no dar es una crueldad por tu parte. Si no llegas a creer que cuando desatiendes a un hermano pobre, es al mismo Cristo a quien desatiendes, sin duda que lo creerás cuando al comparecer en medio de los suyos, te diga: Lo que no has hecho por el menor de los míos, has dejado de hacérmelo a mí (Mt 25,45). Pero no quiera Dios que tengamos que aprender así esta lección; creamos más bien ahora; demos el fruto de nuestra fe, y merezcamos entonces oír aquella bienaventurada palabra que nos introducirá en el reino de los cielos»[1].

 


[1] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 88,3; PG 58,778-779; trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, W 20; y en BAC 146, pp. 704-705. Juan Crisóstomo -nació hacia 344-354-, afamado rétor y fino exegeta, primero asceta y monje; luego, diácono y presbítero en Antioquía; después obispo de Constantinopla (año 398). Aquí su seriedad de reformador y también su falta de tacto le llevaron a serios conflictos con obispos y con la corte imperial. Depuesto y desterrado, sus tribulaciones y muerte (14.09.407) en el exilio fueron una dolorosa prueba martirial para él y para el sector de la comunidad eclesial que se le mantuvo fiel. Su afamada elocuencia le valió el título de “Crisóstomo”, es decir: “Boca de Oro”, que le fue dado en el siglo VI.