SANTA GERTRUDIS, MONJA DE HELFTA (II)

Santa Gertrudis, grabado español anónimo, siglo XVIII.

 

Thomas Merton, ocso

Santa Gertrudis, entonces, entró en la escuela del monasterio a la edad de doce años[1]. Era una niña inteligente, con un gusto por la literatura secular. Por desgracia, sin embargo, esta afición se volvió demasiado absorbente. Aunque en sí misma era inocua e incluso buena, creció en tal proporción y llegó a ocupar un espacio tan desordenado en su vida que ahogó el desarrollo de la gracia. Inconscientemente y apenas sin saber cómo o por qué, la joven monja pronto se encontró en una condición en la que nada de la vida espiritual tenía atractivo para ella. Estaba completamente devorada por esta pasión, por el placer que encontraba en la lectura de la literatura del mundo.

Psicológicamente hablando, lo que había sucedido era una exteriorización completamente insalubre de todo su ser. Había adquirido el hábito de derramarse a sí misma, desperdiciando sus energías en la búsqueda de su propia satisfacción. Es cierto que la satisfacción en sí misma era buena, como todas las demás satisfacciones creadas, pero se había vuelto completamente desordenada y eso era lo malo. Y debido a este desorden, sus estudios ya no eran más de verdadero provecho para su alma. En vez de hacerle avanzar en la vida interior, sólo obstaculizaban su progreso.

Nuestro Señor permitió que el proceso siguiera su curso hasta que Gertrudis se encontrase en lo que comúnmente se conoce como el estado de “tibieza”. En otras palabras, había llegado al punto en que francamente prefería su propia voluntad y su propia satisfacción a la voluntad de Dios, en todo excepto lo que fuera pecado mortal deliberado. Estaba viviendo para sí misma, no para Dios. Por lo tanto, no sentía más que disgusto por los ejercicios y deberes destinados más bien a la gloria de Dios que a su propia satisfacción. Pero al mismo tiempo, la inexorable ley de su misma naturaleza, que le hacía imposible encontrar satisfacción en las criaturas fuera de Dios, comunicaba el mismo disgusto a todo en torno suyo. Finalmente llegó a tal estado que no podía estar satisfecha con nada. Era completamente miserable. Tal vez todavía se las arregló para encontrar un poco de dulzura en el canto, en una página de poesía, pero esto en seguida se le volvía amargo.

¿Cuál fue el siguiente paso? ¿Pecado mortal? ¿Apostasía? Por la infinita misericordia de Dios, fue preservada de ambos. Después de que esta prueba en su forma aguda se había abatido sobre su alma con un peso aplastante durante varios meses, de repente tuvo una visión de Cristo.

Fue una noche después de Completas. Se dirigía a su cama en el dormitorio cuando alzó la vista y vio a un joven hermoso, de unos dieciséis años de edad, que le habló con estas palabras de las Escrituras y de la liturgia de Adviento: “Tu salvación vendrá rápidamente: ¿por qué te has consumido de tristeza? ¿No tienes nadie que te de un consejo, viendo que el dolor ha ganado tal poder sobre ti? Pero no temas, yo te salvaré y te libraré”. Después, extendiendo su mano, tomó la de ella en la suya, como haciendo un pacto de sinceridad y dijo: “Tú has estado lamiendo la tierra como mis enemigos, tratando de chupar algunas gotas de miel de entre las espinas. Vuelve a mí y te embriagaré con el torrente de mis placeres divinos”[2].

Mientras hablaba con ella, parecía crecer entre ambos un seto alto y espinoso y santa Gertrudis se iba llenando de un intenso deseo de no separarse más de él, junto con un gran sentido de su impotencia para superar la barrera. Pero una vez más extendiendo su mano, él la levantó fácilmente sobre el seto, y luego, mirando hacia abajo, ella vio que aquellas manos estaban traspasadas de heridas, y reconoció a su interlocutor.

En cierto sentido, todo su misticismo está contenido en germen en esta primera visión: la renuncia a todas las cosas por Cristo, un ardiente deseo de su amor, el sentido de su propia e inmensa indefensión equilibrada por una confianza ilimitada en los méritos de su sagrada pasión y en el amor de su Sagrado Corazón, todo está aquí. Pero otra de las características claves de su misticismo es la gran profusión de sus visiones; Cristo, su Madre Santísima y sus santos se dignaron aparecérsele tan a menudo y hablar con ella tan familiarmente y llenar su corazón con la luz de tantas revelaciones consoladoras, que nos asombramos de la cantidad, variedad y riqueza de todas ellas.

Esta primera visión fue pronto seguida de otras, y aunque por un tiempo ella no podía ver a Cristo claramente -podía verlo como se ve en la penumbra antes del amanecer- Él la animó a desear una visión más clara y a orar y trabajar por ello, y en poco tiempo sus oraciones fueron atendidas.

Así, de un salto, por así decirlo, santa Gertrudis pasó de la tibieza a la más estrecha intimidad mística con el Sagrado Corazón. Su caso es inusual en los anales de la espiritualidad, pero este carácter repentino sólo resalta que ello estaba totalmente fuera de su alcance y era un puro don de Dios. De hecho, a pesar de los grandes favores que recibió, santa Gertrudis parece no haber abandonado los caminos ordinarios de la oración. Usaba oraciones vocales, meditaba sobre las Escrituras y los Padres de la Iglesia y sacaba mucho provecho de la liturgia y del canto sagrado. Parece haber preparado el camino para muchas de sus revelaciones por la oración afectiva ordinaria.

Así, una de sus mayores gracias le llegó en respuesta a la devota recitación de una oración vocal que había encontrado en un libro. La oración pedía a Cristo que imprimiera sus heridas en su corazón, y después de rezarla, estando en la colación de la tarde[3] de repente recibió los estigmas en su interior, de acuerdo con los términos de la oración.

Los demás medios a los que recurría para complacer al corazón de su Esposo fueron todos del tipo de los que están al alcance de cualquier simple persona consagrada. Trataba de hacer de cada nota que cantaba en el coro un acto de amor por Jesús[4]. Incluso aplicó la forma más elemental de atención, llamada “atención material”, al punto tal de considerar la música “como quien no la conocía de memoria y tenía que mirar el libro”[5]. Este es un interesante detalle de la vida conventual de aquel tiempo y que explica el pequeño formato de los antiguos libros de coro. Ni los monjes ni las monjas tenían que confiar en grandes antifonarios y graduales como lo hacemos hoy[6], sino que pasaban muchos de sus intervalos aprendiendo los responsorios y antífonas de memoria. Una vez, entonces, mientras se dedicaba a esto, santa Gertrudis vio en una de sus visiones simbólicas, como cada nota que cantaba volaba como una flecha al Corazón de Jesús dándole gran delicia, y añadía gloria accidental al santo cuya fiesta se celebraba, así como también, obtenía muchas gracias para los vivos y las almas del purgatorio[7].

Continuará

 


[1] Este ensayo publicado en Cistercian Studies Quarterly 38.4 (2003): 451-58 (Copyritgh 2003 del Thomas Merton Legacy Trust), pertenece a los escritos monásticos tempranos de Merton, dentro de una serie de presentaciones biográficas de los santos y beatos de la edad de oro cisterciense (siglos XII y XII). Traducción y publicación con autorización de Cistercian Studies Quarterly y del Thomas Merton Legacy Trust. Tradujo la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[2] L II 1.

[3] La Collatio fue, en los primeros tiempos de la Orden, una lectura espiritual pública que tenía lugar en el claustro después de las Vísperas, véase Consuetudines 81. A pesar de la reglamentación explícita de que la comunidad debía ir directamente a Completas al final de esta lectura, Vacandard, con alguna probabilidad, cree que existía la costumbre de tener un tiempo de conversación recreativa en este momento (Véase Florent Z. E. Vacandard, Vie de saint Bernard, abbé de Clairvaux, 2 vols. [Paris, Gabalda, 1927] 1:58, especialmente el Nº 2). La traducción francesa del Heraldo menciona este incidente en la vida de santa Gertrudis como teniendo lugar en el refectorio. El mismo capítulo de las Consuetudines donde se legisla sobre la colación, se dan las prescripciones para aquellos que llegan tarde a biberes, es decir la bebida que se tomaba juntos en el refectorio al atardecer, en lugar de la cena, los días de ayuno. Puede ser que las monjas de Helfta tuvieran su collatio y biberes juntas en el refectorio.

[4] L III 25 1; cfr. también L II 59 1.

[5] L II 4.

[6] El autor se refiere a la costumbre litúrgica vigente a mediados de los años cuarenta del siglo XX.

[7] L III 24 1.