Inicio » Content » JUAN CASIANO: “CONFERENCIAS” (Conferencia XIII, capítulos 4-6)

Capítulo 4[1]. Objeción: ¿cómo se puede decir que los gentiles poseían la castidad sin la gracia de Dios?

 

4. Germán: “No podemos en absoluto desaprobar tu opinión como contraria a la piedad. Sin embargo, pareciera tener en contra suyo que tiende a destruir nuestra libertad. Así es como vemos en cantidad de paganos, que no merecen ciertamente la gracia del divino auxilio, virtudes tales como la frugalidad, la paciencia y aquello más maravilloso aún, la castidad. ¿Y cómo creer que estas virtudes les hayan sido concedidas por un don de Dios que habría conquistado el libre arbitrio de su voluntad? ¿No se dice acaso que los sectarios de la sabiduría mundana, ignorantes como lo eran no sólo de la gracia si no más aún del verdadero Dios, poseyeron la pura flor de la castidad en virtud de sus propios esfuerzos y es así como nos lo han enseñado las lecturas y relatos de muchos?”.

 

Capítulo 5. Respuesta: sobre la castidad imaginaria de los filósofos

 

Castidad y libre arbitrio

5.1. Queremón. «No me disgusta que el amor extremo por la verdad que arde en ustedes les haga apresurar en cosas tan difíciles. Gracias a la objeción, la fe católica aparecerá mejor cimentada y, si así puedo decirlo, más verdadera. ¿Podría un sabio haber aseverado cosas tan opuestas? ¡Ayer mismo ustedes afirmaban que la pureza celestial de la castidad no podría ser compartida por un mortal ni con la gracia de Dios, y hoy ustedes creen que los paganos mismos la han poseído por su propia virtud!

 

Los filosófos tuvieron solo la continencia corporal

5.2. Mas es el deseo de llegar al fondo de la verdad, como ya he dicho, lo que sin duda alguna les inspira esta objeción. Quieran ahora escuchar mi pensamiento al respecto. Ante todo debemos saber que los filósofos nunca llegaron a la castidad del alma que nos es exigida a nosotros. Pensemos en todo aquello que se nos añade: no es sólo la fornicación, es la impureza misma la que no debe nombrarse entre nosotros. Ellos tuvieron una cierta merikén (castidad parcial), es decir una continencia de la carne que consistía en reprimir solamente la pasión voluptuosa de la unión sexual. En cuanto a la pureza interior del alma, o la pureza constante del cuerpo, no han podido, diría yo, obtenerla realmente, sino tan solo tener una idea de ella.

 

Solamente se contienen

5.3. En síntesis, el más famoso de entre ellos, Sócrates, no se avergonzó en confesar por su cuenta, cómo se glorían de ello. Un día un physiognomon (“fisonomista”) se detuvo mirándolo y le dijo: “Ommata paiderastoy, es decir: He aquí los ojos de un corruptor de niños”. De inmediato sus discípulos querían arrojarse sobre el insolente y vengar el ultraje sufrido por su maestro. Pero él -se dice- contuvo su indignación con estas simples palabras: “Cálmense amigos míos, yo soy lo que él dice, pero me contengo”. Así está bien claro, no es que lo afirmemos sólo nosotros, lo confiesan ellos mismos: se contienen solamente de consumar sus pasiones haciéndose violencia para ello, pero el mal deseo y la voluptuosidad del vicio no son desterrados absolutamente de su corazón.

 

No conocieron la verdadera castidad

5.4. ¿Podríamos recordar, sin estremecernos, estas palabras de Diógenes? Es aquello que los filósofos de este mundo no se han avergonzado en publicar como un hecho digno de recordar. Nosotros no podemos repetirlo ni oírlo sin enrojecer. Un hombre iba a ser castigado por crimen de adulterio. Diógenes -según se cuenta- comentó al respecto: “To dorean poloymenon thanato me agoraze; es decir: No compren con sus vidas aquello que se da gratis”. Los hechos lo demuestran. Ellos no tuvieron siquiera la noción de la verdadera castidad que se nos pide a nosotros. Y se comprueba así que nuestra circuncisión, espiritual como lo es, no se adquiere sino por el don de Dios y se encuentra únicamente en aquellos que le sirven con toda contrición de espíritu».

 

Capítulo 6. Sin gracia la gracia de Dios no podemos llevar a cabo ningún esfuerzo

 

Necesidad de la ayuda de Dios

6.1. «En muchas cosas y, mejor dicho en todas, el hombre necesita sin cesar del auxilio divino. Esto podría demostrarse fácilmente. La fragilidad humana (humanam fragilitatem) no puede lograr (perficere) nada en lo que concierne a la salvación por sí misma y sin la ayuda de Dios (sine adiutorio Dei)[2]. Pero esta verdad no aparece en ninguna parte más evidente que cuando se trata de adquirir o conservar la castidad. Diferiremos por un instante el exponer cuán difícil es su integridad, trataremos brevemente, entre tanto, los medios que conducen a ella.

 

Imposibilidad de las prácticas ascéticas sin la ayuda divina

6.2. ¿Quién, les pregunto, así su fervor sea grande, será de la talla que pueda soportar el horror de la soledad y contentarse con pan seco como alimento cotidiano aún teniendo con qué satisfacer su apetito, es decir, por sus propias fuerzas y sin el sostén de las alabanzas humanas? ¿Quién podría sin ser consolado por el Señor soportar una sed cotidiana, sustraer a sus ojos de hombre el dulce y delicioso sueño matinal y determinar como ley perpetua que su reposo no sobrepasará nunca el límite de las cuatro horas? ¿Quién sería capaz, sin la gracia divina, de una constante aplicación a la lectura y trabajar asiduamente en algo tan poco provechoso para los intereses del mundo?

 

Necesitamos la fuerza del Señor

6.3. Hay tantas cosas que nos es imposible al menos desearlas perseverantemente sin la inspiración de Dios, como lograrlas sin su ayuda. Las lecciones que da la experiencia y que podemos verificar por nosotros mismos y ciertos indicios y pruebas harán más manifiesta esta verdad. Repetidas veces nos sucede que deseamos realizar algún proyecto útil, no falta nada, lo deseamos ardientemente y tampoco falta una perfecta buena voluntad. Sin embargo ¿no es cierto que cualquier debilidad (fragilitas) que nos acometa hacen inútiles las metas que nos habíamos propuesto e impide el buen logro de nuestras resoluciones, si el Señor en su misericordia no nos da la fuerza (virtus Domini) para realizarlos? Es innumerable la cantidad de aquellos que desean lealmente consagrarse a la búsqueda de la virtud pero, si ustedes cuentan a aquellos que logran realizar su sueño y perseveran en sus esfuerzos ¡qué pocos encontrarán!

 

No podemos hacer todo lo que queremos, aun cuando sea algo bueno

6.4. Y no lo he dicho todo. Aún cuando ningún desfallecimiento se nos presente como obstáculo, no tenemos la libertad total de realizar todo lo que queremos: no somos estrictos como quisiéramos en el silencio del retiro, ni en la rigurosa observancia de nuestros ayunos, ni en la asiduidad de la lectura; en el momento en que podríamos hacerlo, se presentan ciertas ocasiones que nos alejan, a pesar nuestro, de nuestras saludables prácticas, tanto que es preciso implorar del Señor nos dé los momentos y lugares favorables para consagrarnos a ello.

 

Perseverar en medio de las dificultades

6.5. En efecto, el poder hacerlo no es suficiente, es preciso que Él nos conceda la ocasión propicia para poder cumplir aquellas cosas que nos son manifiestamente posibles. Dice el Apóstol al respecto: “Intentamos ir a su encuentro una y otra vez, pero Satán nos lo impidió” (1 Ts 2,18). Y aún más, a veces es por nuestro bien que nos sentimos alejados de nuestros ejercicios espirituales. Cuando el impulso de nuestra jornada se encuentra, a pesar nuestro, trabado y nos permitamos aflojar en algo a la debilidad de la carne, estamos llamados, aún sin proponérnoslo, a una saludable perseverancia. El santo Apóstol nos dice algo parecido concerniente a la conducta divina: “Por tercera vez -afirma- rogué al Señor que ese ángel de Satán se apartara de mí y Él me respondió: ´Mi gracia te basta porque es en la debilidad (in infirmitate) donde mi fuerza se muestra perfecta’ (2 Co 12, 8-9)”; y de nuevo: “Nosotros no sabemos cómo pedir, ni orar como conviene” (Rm 8,26)».


[1] A partir de este capítulo reproducimos la traducción castellana del P. Fernando Rivas, publicada en Cuadernos Monásticos n. 148 (2004), pp. 87-113.

[2] Casiano dice: perficere que puede traducirse como “terminar completamente, acabar” o “realizar”. Gazet, tan indulgente habitualmente, lo comprende en el primer sentido y desde ese momento califica a Casiano de semi-pelagianismo (decir que el hombre no puede acabar por sí mismo podría hacer entender como que puede al menos comenzar; cf. PL 49,906-907). Hemos preferido el segundo sentido, ya que Próspero, tan puntilloso en general, no ha encontrado nada a reprochar en este capítulo (Contra Collatorem 2,2).