Inicio » Santa Gertrudis

“FULGIDA SEMPERQUE TRANQUILA TRINITAS”, INTUICIONES MÍSTICO-TEOLÓGICAS SOBRE LA TRINIDAD EN SANTA GERTRUDIS (IV)

Santa Gertrudis, medallón de monja novohispana, esmalte sobre plata, fines del siglo XVIII, Museo Nacional del Virreinato, Tepotzotlán, México.

Francisco Asti[1]

4. De la experiencia mística a la reflexión teológica

La manifestación de la fúlgida Trinidad le acontece a Gertrudis[2] mientras se encuentra postrada por una grave enfermedad[3]. Así como le sucedía también a Matilde, que recibió las confidencias del Señor en un día en que su sufrimiento físico se había agudizado más[4]. La debilidad del cuerpo no es simplemente un dato biográfico repetido, sino que asume un valor teológico y espiritual. La situación recuerda lo que san Pablo había afirmado de sí: “Por esto me complazco en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias sufridas por Cristo: cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Co 12,10). La debilidad es el camino para que pueda resplandecer toda la potencia de Dios: «Él me ha dicho “te basta mi gracia: mi poder, en efecto, se manifiesta plenamente en la debilidad”» (2 Co 12,9). La relación entre la gracia-poder de Dios y la debilidad del hombre manifiesta, en realidad, la dinámica de la relación que se instaura entre el Creador y la creatura. La acogida de parte del hombre de la potencia de Dios tiene lugar sólo cuando constata que todo depende de Su voluntad. La disposición se hace total; tiene connotaciones de pasividad, en el sentido místico del término. En la debilidad personal, “el creyente experimenta cómo Dios se manifiesta y actúa, sin someter la naturaleza humana”, gratia non tollit naturam sed perfecit[5]. La perfección florece… allí donde el hombre advierte su falta y su pobreza. Gertrudis se describe como una pequeña y pobre plantita que debe ser continuamente regada por la bondad del Señor[6]. Es una pequeña brasa apagada que tiene necesidad de la vida divina para revivir, o un pequeño átomo de polvo al que se le ha concedido saborear algunas gotas de la divina presencia[7].

El tema de la debilidad y la fuerza se vuelve un modelo literario para afirmar la veracidad de las revelaciones recibidas, en cuanto no provienen de la propia capacidad, ni son fruto de ilusiones o influencias demoníacas, sino son originadas por Dios que ha elegido lo que es débil para confundir a los fuertes (1 Co 1,27)[8]. Gertrudis es consciente de lo que ha recibido y recibe de Dios, pero sólo puede balbucear algo de aquella grandeza: “Solo con el favor de la divina bondad he sido admitida de algún modo a gozar de Él; sin embargo, envuelta como estoy por todos lados, casi como de un cuero, por la corteza de mis vicios y de mis negligencias, no he podido aferrar más que la sombra de esta divina realidad, de cuya sobre eminente excelencia toda la ciencia angélica y humana juntas no lograrían decir ni siquiera una sola palabra”[9]. Para describir las revelaciones no hay palabras humanas que puedan trasmitir la divina. La monja utiliza expresiones superlativas para indicar al lector que hay una distancia entre la experiencia mística y su relato. Este último es sólo la sombra de lo que Dios comunica al alma. Esta última ha recibido los estigmas de las santísimas llagas de Jesús, los secretos de su intimidad y ha sido colmada de gracia, aun advirtiendo toda su pequeñez e ingratitud[10]. La veracidad de su experiencia y la transmisión a los lectores de lo que Dios le ha sugerido, son confiadas íntimamente [a los lectores] porque era firme voluntad de la escritora poner fin a su libro. Juzgaba inoportuno continuar escribiendo: “Tú sabes, oh Dios que me conoces íntimamente, que, si he podido decidirme a extender este relato, no por iniciativa mía, sino más bien contra todas mis inclinaciones personales, es sólo porque he aprovechado tan poco de tus gracias que no puedo resolverme a creer que me hayan sido concedidas para mi sola, ya que tu eterna sabiduría no puede ser frustrara por nadie”[11]. No querer escribir es signo evidente de una creciente conciencia de su propia pequeñez ante las revelaciones recibidas. En el día de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre) había tomado la decisión de desistir, pero el Señor, durante la santa Misa, le hizo comprender la finalidad del libro: “Quiero que en estos últimos tiempos, en los cuales he decidido difundir mis gracias en muchas almas, tus escritos sean un testimonio irrefutable de mi divina bondad”[12]. En la conclusión de su escrito recuerda el trabajo que le ha costado corresponder plenamente a la voluntad de Dios. Ha comprendido que su obra no la ensoberbece, porque pertenece a Dios, que quiere beneficiar a aquéllos que leerán este escrito. Hay una doctrina santa, porque depende de Dios que quiere santos a todos sus hijos e hijas: “Haz que todos los que lean con humildad este escrito, compartan conmigo el gozo de tanta dignación, se compadezcan de mi indignidad y reciban la gracia de la compunción para su propio provecho”[13].

La intención del texto es la de mostrar la grandeza de Dios, que guía a todo tiempo y lugar a aquellos que se confían totalmente a Él. Gertrudis ha sido elegida por Dios como testigo veraz de cómo Dios obra en el corazón y en la mente de sus fieles. En ella ha obrado el Espíritu de Verdad que quiere conducir a todos al único Dios. La santificación y la perfección vienen, porque el diálogo íntimo y constante con Dios fecunda la cotidianidad de la monja; da sentido y significado a la historia personal, que se desenvuelve con los ritmos de la oración. Gertrudis experimentó la presencia de Dios a los veintiséis años, en la fiesta de la Purificación de la Virgen María, mientras recitaba Completas: “Tú, oh mi Dios, verdad más clara que toda luz y más íntima a mí, que todo secreto pensamiento mío, te complaciste en disipar mis densas tinieblas”[14]. La acción divina comienza con un proceso de pacificación de los sentimientos. Infunde en su corazón el espíritu suave y dulce, que la dispone a acoger su presencia. La turbación vivida hasta aquel momento es explicada por Gertrudis como una prueba de Dios, que la quería purificar de la soberbia y la vanidad propias del estado religioso. Se necesita un corazón libre, para que el Señor pueda hacer escuchar su palabra y pueda mostrar su gloria. Gertrudis reconoce que la dificultad espiritual que vivía no era producida por su estado interior, sino por la acción divina. Hay una pars destruens (acción de destruir), que demuele las certezas humanas, para hacer espacio al soplo del Espíritu, que renueva y reconduce a su verdadero origen, el corazón y la mente de la creatura. Dios quiere guiar a la monja a entrar en sí misma, a escrutar todos los rincones de su propia existencia. Cuanto más se entra en la intimidad de Dios, más uno se conoce a sí mismo. En Dios, la propia existencia se vuelve más limpia, si el creyente corre el riesgo de mirarse sin caer en el temor, por la pobreza que encuentra en sí mismo. La gracia sostiene el proceso de purificación, porque Dios quiere hacer su morada en el corazón de su fiel[15].

Continuará

 


[1] Francisco Asti es sacerdote, Profesor ordinario de Teología y Decano de la Pontificia Facultad de Teología de la Italia Septentrional Santo Tomás, Consultor teólogo de la Congregación para las Causas de los Santos y Párroco del Santísimo Redentor, en Nápoles.

[2] Continuamos publicando aquí la traducción íntegra de las actas del Congreso: “SANTA GERTRUDE LA GRANDE, “DE GRAMMATICA FACTA THEOLOGA”. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 13-15 aprile 2018. A cura di Bernard Sawicki, O.S.B., Ruberval Monteiro, O.S.B., ROMA 2019”, Studia Anselmiana 178, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2019. Agradecemos el permiso de Studia Anselmiana. Tradujo la hna. Ana Laura Forastieri, OCSO. Cfr. el programa del Congreso en: http://surco.org/content/congreso-santa-gertrudis-grande-grammatica-facta-theologa

[3] Santa Gertrudis, Le rivelazioni, L. II, VII, 104-105, Cantagalli, Siena 1994. Citaremos también el texto critico publicado en la colección Sources Chrétiennes, edición de P. Doyère, Gertrude d’Helfta, Cerf, Paris 1968, L. II, VII, 1, 4-5.

[4] Santa Matilde, Il libro della grazia speciale, L. III, 3: «En otra ocasión, mientras sufría una grave enfermedad, Matilde dijo al Señor: “¡Qué pobre es mi espíritu en este momento! No soy capaz ni de alabarte, ni de suplicarte”».

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, I, q. 1, a. 8, ad 2. Cf. P. Luislampe, “La grâce est signe de l’amitié de Dieu, Gertrude d’Helfta”, in Collectanea Cisterciensia 48 (1986): 71-870.

[6] Santa Gertrudis, Le rivelazioni, L. II, X, 111. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, X, 2, 7-8.

[7] L. II, VI, 102. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, VI, 1,11.

[8] L. II, IV, 96: “No sabría decir si fui inducida a tales revelaciones por acción de tu Espíritu, oh mi Señor y mi Dios, o se lo hice movida de un afecto puramente humano”, Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, IV, 2, 8-10.

[9] L. II, VIII, 107. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, VIII, 5, 10-17.

[10] L. II, XXIII, 147-148. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, XXIII, 18, 1-5.

[11] L. II, V, 100-101. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, V, 5, 1-6.

[12] L. II, X, 111. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, 1, 14-17.

[13] L. II, XXIV, 151. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, XXIV, 2, 1-5.

[14] L. II, I, 87. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, I, 1, 9-11.

[15] L. II, II, 89: “Desde aquel momento descubrí muchas cosas que ofendían tu suma pureza y muchos movimientos desordenados e inapropiados que te impedían establecer en mí tu morada”. Gertrude d’Helfta, Le Héraut, L. II, II, 1, 1-10.