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LOS ROSTROS DE CRISTO EN SANTA GERTRUDIS (V)

Santa Gertrudis, escultura de yeso y cemento, Emery Lin, Des Allemans, EEUU.

Ruberval Monteiro, OSB[1]

3. El encuentro con un Rostro

Con este enfoque teológico[2] (el acento en el misterio de la Encarnación, heredado de san Bernardo y de origen joaneo) y con aquella mirada litúrgica que se hace tan concreta en el drama teatral, la búsqueda del rostro de Cristo, de Jesús, por parte de Gertrudis, se hace concreta, y como tal será presentada en el Heraldo.

Se busca el rostro de Cristo con toda la carga que deriva de los diálogos y de las expresiones de los salmos, como lo canta la antífona: «Tibi dixit (...) vultum tuum Domine requiram» (Te dije: tu rostro buscaré, Señor). No hay presencia sin rostro. El rostro nos pone ante la persona concreta, con su figura (un jovencito, por ejemplo, en la primera visión de Gertrudis), una expresión (severa, benévola, etc.), que no nos permite reducir la suppletio a un intercambio de pecados y méritos, como lo presentaba Vagaggini cuando afirma:

De ahí también el temor de llegar al momento de la comunión o de la fiesta sin estar suficientemente preparada. Mas, ¿quién, confiando en sus propios esfuerzos puede juzgarse suficientemente preparado para ir al encuentro de Dios? Gertrudis lo sabe muy bien. ¿A qué discernir entonces? A su asidua práctica de la suppletio, es decir a pensar, ante todo, en los méritos de Jesucristo, en los dolores, en los deseos, en las plegarias, en el amor de su santísima humanidad; de unirse a ellos y ofrecerlos al Padre para que suplan su indignidad, sus negligencias, sus defectos, sus pecados. Con frecuencia recurre también Gertrudis a los méritos de la Virgen y de los santos. Hecho esto, a pesar de la fuerte conciencia de su indignidad y del escaso valor de sus esfuerzos ascéticos en prepararse al encuentro con Dios en la acción litúrgica, se queda plenamente tranquila. No solo no se encuentra en ella una mínima huella de mente jansenística o pelagiana o semipelagiana, sino ni siquiera de subconsciente sobreestima el esfuerzo voluntarístico del hombre en sus relaciones con Dios. Sin rasgo alguno de tendencia laxística o quietística, en su psicología domina tranquilamente la conciencia de la soberanía de la gracia de de la suppletio que hace Cristo a los pobres esfuerzos de aquellos que le están unidos sinceramente, con buena voluntad y pureza de corazón[3].

 

3.1. El rostro de Jesús y la «suppletio»: el rostro es la persona de Jesús

En Gertrudis, la suppletio es un intercambio de «personajes» entre personas (litúrgicamente sería el «propter» salvífico de Cristo), de un Rostro por otro, como el intercambio de Isaac entre Esaú y Jacob, o el intercambio sacramental del celebrante en la liturgia con Cristo mismo, o el intercambio de los actores en el drama, por el cual las hermanas de comunidad toman el papel de Magdalena, de María y de Jesús mismo.

Hay un rostro concreto que representa la presencia de Cristo y este rostro es sacramento del Corazón, es el rostro visible de la misericordia divina que entra de repente en relación con Gertrudis. Hay una cadena sacramental a seguir:

¡El abismo de la Sabiduría increada llama al abismo admirable de la Omnipotencia para exaltar la Bondad maravillosa que desborda tu misericordia y bajar hasta el valle profundo de mi miseria! Tenía veintiséis años cuando aquel lunes para mí felicísimo, anterior a la fiesta de la Purificación de María mi Madre castísima, el lunes 27 de enero (de 1281), hora entrañable después de Completas, al comenzar el crepúsculo, Tú, Verdad y Dios resplandeciente, superior a todas las luces, pero más oculto que el secreto más íntimo, determinaste aligerar la densidad de mis tinieblas y comenzaste a serenar suave y tiernamente aquella turbación que un mes antes habías levantado en mi alma (L II, 1)[4].

Hay un aspecto muy importante en la suppletio: desde su primer encuentro con el rostro de Jesús, Gertrudis ve reflejado en él su propio rostro. Y dado que el rostro de Cristo refleja el de Gertrudis (apareciéndole dulce o severo según corresponde al estado de su propia alma), así Cristo puede realizar la suppletio del rostro de Gertrudis ante el Padre. En términos teológicos se puede decir que el rostro de Jesús asume el rostro de Gertrudis y lo presenta al Padre. El rostro de Jesús asume la miseria de cada rostro humano.

Al mismo tiempo, los rostros de los santos (de la Virgen, etc.) reflejan el rostro de Jesús. Suppletio, rostro, sacramentalidad, son distintos nombres que permiten captar esta múltile presencia de Cristo en el «drama» de la vida de fe. Como dice Vagaggini, ha sido la liturgia la que le ha enseñado esta suppletio del rostro, que Cristo realiza por nosotros ante el Padre:

Cuando se piensa que textos semejantes se encuentran esparcidos por toda la obra de Gertrudis: que al mismo concepto expresado en ellos se añade el gran tema de la suppletio por medio de Cristo, tema tan central en las místicas de Helfta y tan importante, especialmente en santa Gertrudis, que los mismos temas del Sagrado Corazón, de la pasión de Cristo, de sus llagas, de la eucaristía como presencia real, tan destacado en ella, se unen íntimamente con el de la suppletio por medio de Cristo y son como otras tantas escalas por las cuales Gertrudis, por Cristo, sube hasta el Padre; que, finalmente, como aparecerá mejor en seguida, en las mismas gracias místicas de la más alta contemplación aparece en Gertrudis continuamente la mediación de Cristo, puede comprenderse cuán profundamente haya vivido Gertrudis el «Per Dominum nostrum Jesum Christum Filium tuum»  (Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo) de la liturgia[5].

Ese simple «per», encierra toda la riqueza de la visión de Gertrudis sobre el drama litúrgico de la salvación. Lo que parecería ser un concepto teológico (Cristo mediador), se transforma en una realidad visible a los ojos de la santa. También la fórmula «Per Dominum se refiere a toda la realidad del Amor, del corazón de Jesús, su misericordia y caridad.

 

3.2 El desarrollo del drama

Como sugiere Vagaggini, en la vida de Gertrudis, el mundo del monasterio es visto como cuando una niña pequeña ve un gran teatro, con muchos personajes que se expresan por sus rostros. Y, por lo tanto, no hay rupturas entre la liturgia y lo vivido cada día, ni tampoco entre la liturgia y el conocimiento estético, de los sentidos, tal como lo representa el arte de su tiempo. Al contrario, por esas representaciones ella comprende qué significa participar «en persona». Así, aunque el rostro de Cristo está siempre presente en la historia de la espiritualidad, ya que pertenece al misterio de Cristo, «ver el rostro de Cristo» ha sido el aporte de Gertrudis, gracias a la lógica de la rapraesentatio bernardiana, como ella la conoció en su tiempo histórico. Y también, ella ha querido aclarar el sentido teológico de estas visiones y revelaciones:

Recapacitaba ella por qué el Señor la había instruido en esta como en otras muchas ocasiones con aquella visión tan material. El Señor le propuso lo que se canta en esta misma fiesta sobre la puerta cerrada que en otro tiempo vio en espíritu el profeta Ezequiel[6], y le dice: «Si en otro tiempo fue anunciado a los profetas mediante místicas imágenes y semejanzas el modo y el orden de mi encarnación, pasión y resurrección, también ahora no pueden explicarse al entendimiento humano las cosas espirituales e invisibles, más que por medio de semejanzas de cosas conocidas. Por ello, nadie debe despreciar lo que se muestra con imágenes de cosas corporales, antes bien debe cada uno esforzarse para que el entendimiento merezca saborear los dulces placeres espirituales por medio de comparaciones de las cosas corporales» (L IV, 12)[7].

 

3.3 El escenario

Así, al comienzo del capítulo 3 del Libro II, Gertrudis nos presenta el escenario de su encuentro, el Paraíso:

Tú actuabas en mí y movías mi espíritu aquel día entre la Resurrección y la Ascensión en el que bajé al jardín antes de Prima y me senté junto al estanque. Contemplaba la frescura del lugar, tan deleitosa para mí; la transparencia del agua que fluía; la frondosidad de los árboles que allí había; el revolotear de las aves y de modo especial la desenvoltura de las palomas; pero sobre todo el secreto descanso de un retiro solitario. Comencé a pensar qué debía hacer para que la fruición de estos momentos fuese total en mí. Me vino este deseo: «¡Si viniera un amigo cercano, amante, generoso y tierno que me consolara en mi soledad!» (L II, 3)[8].

Este paraíso, tanto en el claustro, como en el coro, en su celda, en la liturgia, es una sola realidad: es el mismo escenario de su vida, el de la Presencia de Jesús y de su rostro:

Mientras [Él] hablaba, aunque [yo] era consciente de encontrarme corporalmente en el lugar citado, me parecía estar en el coro, donde acostumbro hacer mi tibia oración. Allí oí las siguientes palabras: «No temas. Te salvaré, te libraré» (L II 1, 2) [9].

Siempre, para Gertrudis, el coro, la liturgia, serán el gran escenario donde hay un protagonista de la historia de la salvación y de la revelación de la misericordia divina.

Continuará

 


[1] P. Ruberval Monteiro da Silva nació en Brasil en 1961 y, desde 1983, es monje benedictino en la Abadía de la Resurrección de Ponta Grossa. Ha obtenido la licencia y el doctorado en teología oriental en el Pontificio Instituto Oriental de Roma, y desde 2014, enseña las materias de Arte y Liturgia de los primeros siglos del cristianismo en el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo. Es artista plástico y ha pintado en muchas iglesias de Brasil y también de Europa, de las cuales una decena en Italia

[2] Continuamos publicando aquí la traducción íntegra de las actas del Congreso: «SANTA GERTRUDE LA GRANDE, “DE GRAMMATICA FACTA THEOLOGA”. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 13-15 aprile 2018. A cura di Bernard Sawicki, O.S.B., Ruberval Monteiro, O.S.B., ROMA 2019», Studia Anselmiana 178, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2019. Agradecemos el permiso de Studia Anselmiana. Tradujo la hna. Ana Laura Forastieri, OCSO. Cfr. el programa del Congreso en: http://surco.org/content/congreso-santa-gertrudis-grande-grammatica-facta-theologa

[3] C. Vagaggini, Il senso teologico della liturgia, Paoline, 713-714; versión en castellano: Id., El sentido teológico..., 714.

[4] Gertrude, Le rivelazioni I, 87-88; MDT I, 134.

[5] C. Vagaggini, Il senso teologico della liturgia, Paoline, 719; versión en castellano: Id., El sentido teológico..., 719.

[6] Cfr. Ez 44,1 y 2.

[7] Gertrude, Le rivelazioni II, 62; MDT II, 73.

[8] Ib., Le rivelazioni I, 91; MDT I, 137.

[9] Ib., Le rivelazioni I, 88; MDT I, 135.

 

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